Según la Red Nacional de Información – UARIV, 2,613,485 jóvenes son víctimas del conflicto armado; del total general de víctimas, representan el 34 %.

 

LEONARDO PARRAPor: Leo Parra Cubides

“Los jóvenes de una nación, son los depositarios de la posteridad”, lo dijo alguna vez Benjamín Israeli y “si ustedes los jóvenes no asumen la dirección de su propio país, nadie va a venir a salvárselo. ¡Nadie!”, lo expresó Jaime Garzón, creyendo en el verdadero significado de ser joven, más allá de una condición legal. Indiferente de posturas ideológicas que tuvieron estos dos personajes, sus frases llevan a la reflexión en esta época de terminación del conflicto armado en el país, donde los jóvenes han sido víctimas y comodines de una guerra impúdica que se convierte en esperanza al tener la voluntad de revertirse.

Ya es común escuchar en cualquier evento o escenario de discusión en el que hay presencia de jóvenes, referirse sobre ellos que son el presente, ya no solo el futuro de la sociedad, una expresión que resume lo consagrado en el artículo 45 de la Constitución Política, definiéndolos como actores principales en las decisiones del Estado. Pero si la terminación del conflicto armado es una política estatal, ¿cuál es el rol de ellos como presente y futuro en la construcción de la paz? ¿Qué garantía debe brindarles el Estado para su participación?

Según la Red Nacional de Información – UARIV, 2,613,485 jóvenes son víctimas del conflicto armado; del total general de víctimas, representan el 34 %. De estos, algunos datos que preocupan y llaman la atención, es que 14, 149 jóvenes y adolescentes del país han sufrido desaparición forzada, 41, 999 han sido víctimas de amenazas, 10, 726 lo han sido por acto terrorista, 1,832,900 han vivido desplazamiento forzado, 1,394 fueron víctimas de secuestro y 1,262 lo fueron por minas antipersonal, sin desconocer también que la representación en el conflicto armado también en gran medida ha sido como victimarios. Pero al ejercer el derecho al voto, solo el 45 % de las personas entre 18 y 28 años lo hacen, siendo el rango etario más bajo que acude a las urnas.

Estas estadísticas que expresan como los jóvenes colombianos también representan un gran porcentaje del conflicto armado, constituyen una realidad acerca de la legitimación en la participación de la construcción de acciones para la terminación del conflicto. Los diálogos de paz se convirtieron en oportunidad para que no sean ajenos a las decisiones políticas del país, pero su incidencia debe ser hasta la finalización del proceso y su implementación en el postconflicto, es decir, sin ellos no puede esperarse efectividad de los acuerdos.

La juventud colombiana ha sido ejemplo de grandes logros y movimientos sociales, tal es el caso de la séptima papeleta que trascendió en la reforma constitucional mediante la convocatoria de la Asamblea Constituyente, esto demuestra mayor legitimidad en la construcción de la paz como derecho colectivo, plasmado en la misma norma suprema de la cual fueron precursores.

De allí que al hablarse del plebiscito para la refrendación de los acuerdos en los diálogos de La Habana cuente con la participación simbólica de personas entre los 14 y 17 años, también represente un avance y un aporte importante de ellos que son presente y futuro. El voto simbólico es poner en funcionamiento la Ciudadanía Juvenil plasmada en otro logro del movimiento juvenil en Colombia, la Ley 1622 de 2013, una norma que en su carácter de estatutaria los reconoce como agentes de desarrollo y construcción social. Sin embargo, para que esta participación sea efectiva y no un ejercicio fallido, se debe garantizar la pedagogía suficiente en los diferentes escenarios posibles y en asocio de los diferentes espacios de liderazgo, democracia y participación juvenil como los Gobiernos Escolares, Plataformas de Juventud, CMJ, Mesas de Juventud y organizaciones formales, no formales e informales.

Entre los derechos y deberes que impone el Estatuto de Ciudadanía Juvenil, está el de “participar en la vida social, cívica, política, económica y comunitaria del país”, pero de ninguna manera se podría ejercer este deber si no se dispone de los elementos, herramientas y momentos para su consecución.

El proceso de paz, la coyuntura política más importante del momento, también merece ser autenticado con la participación de una población que ha sido víctima, reconocida por el Estado, que tiene su forma de organización y ha demostrado procesos productivos en la historia.

Por esto, la oportunidad que se tiene es grande, si se mira desde una visión de empoderamiento, encauzarlos en decisiones donde puedan ser beneficiados o afectados y, por qué no, fomentar la democracia que revierta en mayor porcentaje por ejemplo la misma abstención electoral. Pero esto solo se logra con la importancia que se les dé y la forma de hacerles sentir la política en su real significado y no a lo que están acostumbrados ver.

En este orden de ideas, la actualización de las políticas públicas de juventud en los territorios y la formulación a partir de la elección de los consejos de juventud – como lo plasma la Ley – de la política nacional de juventud, debe comprender adicional a los ya establecidos, un enfoque de construcción colectiva hacia la paz y que la participación juvenil a través de las figuras que se crearon para fortalecerla sea transversal a políticas de Estado.

La esencia de la paz es la democracia en todos sus órdenes, del postconflicto otro actor principal son las actuales y nuevas generaciones, la juventud colombiana no está excluida del Contrato Social y cuenta con una ciudadanía que significa participación, ejercicio del deber y cumplimiento del derecho, actuación en las decisiones del Estado en el que también han sufrido su ausencia, el reclutamiento para formar las filas de grupos armados y el reclutamiento para combatirlos a través del servicio militar obligatorio. Cuestiones estas que subyacen al tenor de las verdaderas causas de la guerra, que en esencia fundamentan el conseguir la paz verdadera, la de terminar las desigualdades y las diferencias que promueven el odio y la intolerancia.