De ahí el  enorme desafío implícito en los actos de leer y escribir: siempre estamos al lado de acá de lo inefable.
Con todo, escritor y lector lo intentan una  otra vez: a veces, algunas veces, las metáforas nos permiten un atisbo a  la sagrada esencia del misterio: el de la infancia, el de la vida, el del  deseo, el de la muerte.
Por Gustavo Colorado Grisales
¿Cómo tornar al éxtasis de sol, a la luz ebria de mis siete años,
al sabor maduro de la mora,
a todo aquel territorio desconocido por la muerte,
a esa palpitante luz de la pureza,
a todo esto que soy yo y que ya no es mío?
Darío Jaramillo Agudelo
              
Quizá el único viaje auténtico sea  el que nos lleva de las entrañas de la madre al temprano descubrimiento del mundo con su alijo de milagros y pavores: el pleno instante de la infancia.
El  único momento en que nos es dada la eternidad.
Esa aventura se  inicia con el fuego del deseo, continúa con nuestra estancia en el elemento líquido primordial, hasta devenir encuentro, confrontación y comunión con la tierra y el aire del afuera.
Luego volvemos al punto de partida, a la disolución implícita en el simbolismo del ouróboros, la serpiente que se muerde la cola.
La gran literatura siempre ha intentado, de múltiples maneras, repetir los pasos de ese viaje iniciático, en procura de alguna  forma de conocimiento del mundo y de uno mismo.
En su destino errante, la escritora colombiana Albalucía Ángel ha trasegado en cada uno de sus libros de narrativa por ese sendero, en busca de las claves del reino perdido de la infancia: “esa palpitante luz de la pureza” de la que nos habla el poeta Darío Jaramillo Agudelo.
En buena hora, la Secretaría de Cultura de Pereira ha decidido reeditar, con autorización expresa de la autora, la narrativa  completa de la  escritora nacida en  Pereira en 1939 y convertida en hija del mundo  a fuer de andar y andar los caminos.
Gracias a un acuerdo con  la editorial  Random House, quienes una vez nos asomamos a sus cuentos y novelas tenemos hoy  la oportunidad de releerlos.
Otros emprenderán por primera vez el recorrido  por el universo literario de esta andariega que supo  sustraerse  a  la influencia de sus amigos del boom latinoamericano, para forjarse un estilo propio, calificado desde un comienzo como vanguardista por parte de los críticos  del momento.
Los resultados de ese periplo empiezan a darse a conocer con la publicación de las novelas Girasoles en invierno (1970) y Dos veces Alicia (1972), historias situadas en París y Londres, en las que  la viajera consignó las vivencias de buena parte de  su estancia en Europa. Girasoles en invierno  había obtenido una mención  en el Concurso Esso de Literatura en 1966.
En 1975 publica  su obra cumbre: la novela Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, un desafío narrativo y estilístico en el que  Albalucía Ángel explora  a fondo el mundo de su infancia   en Pereira, al tiempo que se sumerge en una indagación sobre raíces de una  de las muchas violencias que han surcado con sus ríos de sangre la historia de Colombia: la confrontación entre liberales y conservadores, cuyo detonante mayor fue para muchos el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948.
De hecho, el título de la novela funciona a modo de conjuro infantil contra el torbellino que envuelve a  sus protagonistas.
El virtuosismo de la obra le valió  el  premio   en la Bienal Nacional de Novela, Vivencias de Cali,  otorgado en  1975.
Más tarde vendría el libro de cuentos cortos  ¡Oh gloria imarcesible! (1979), además de Misiá Señora (1982) y Las andariegas, toda una indagación acerca de las muchas formas de ultraje  padecidas por las mujeres a  lo largo de los siglos.
Motivaciones políticas aparte, la narrativa toda  de  Albalucía  Ángel está surcada de principio a fin por una búsqueda de los potenciales del lenguaje para expresar la esencia del espíritu humano en su confrontación con lo real o, al menos, lo que entendemos  por realidad.
En las fuentes de ese lenguaje está, desde luego, el habla coloquial: las palabras forjadas por el pueblo en sus intentos siempre renovados por expresar la riqueza de la cotidianidad. La narradora sabe, como el poeta Serrat, “que lo sencillo no es lo necio”, y por eso se abisma  en los muchos sentidos de los vocablos usados por el tendero de  la esquina, por la costurera, por el borracho y por el guachimán de la plaza en su intento de acercarse a  los misterios del mundo.
De su mundo.
En esa búsqueda, la autora nos recuerda que la palabra poética, pariente de la música al fin y al cabo, tiende a velar más que a revelar la hondura de las cosas.
De ahí el  enorme desafío implícito en los actos de leer y escribir: siempre estamos al lado de acá de lo inefable.
Con todo, escritor y lector lo intentan una  otra vez: a veces, algunas veces, las metáforas nos permiten un atisbo a  la sagrada esencia del misterio: el de la infancia, el de la vida, el del  deseo, el de la muerte.
Ese desafío es el que nos propone la Secretaría de Cultura de Pereira con la reedición de la narrativa completa de Albalucía Ángel.
Estamos todos invitados a asumirlo.
PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.