Bueno, puede ser una parábola sobre la Historia  de Colombia. Una finca. La finca imaginada como una suerte de refugio, devenido escenario de violencias tempranas. A ese territorio, por lejano y bien escondido que se encuentre, tarde o temprano llegarán los bárbaros, en el viejo sentido de esa palabra.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Rara vez los escritores de poesía  y de ficción son conscientes de los caminos transitados en sus  procesos creativos.

Y está muy bien que sea así: de esa manera los protagonistas y sus circunstancias fluyen desde las fuentes más profundas hasta alcanzar la superficie, donde  se  enfrentarán a los únicos que pueden dar cuenta de su existencia: los lectores.

Porque no existe historia escrita sin lector.

En ese tránsito el escritor es apenas un intermediario. Invaluable, sí, pero intermediario al fin y al cabo.

Por eso, a pesar de que el libro físico pudiera parecer algo fijo e inmutable, en últimas  es todos los libros que sus lectores imaginan.

Es más: el mismo lector puede modificarlo a su  antojo, dependiendo del tiempo y las circunstancias.

Recordé ese detalle cuando el  poeta y gestor cultural Giovanny Gómez me invitó a compartir una charla con el escritor Héctor Abad Faciolince, a propósito de su novela La oculta.

¿Qué es para mí La oculta?

Bueno, puede ser una parábola sobre la Historia de Colombia. Una finca. La finca imaginada como una suerte de refugio, devenido escenario de violencias tempranas. A ese territorio, por lejano y bien escondido que se encuentre, tarde o temprano llegarán los bárbaros, en el viejo sentido de esa palabra.

Es decir, los fronterizos empujados por su propia codicia y por el atractivo de un  pedazo de tierra sin invadir.

Eso lo aprenden muy bien Pilar, Eva y Antonio Ángel, quienes un día descubren todas las maneras del dolor inscritas en la propia piel, al modo de esos tatuajes que cuentan en imágenes cifradas la aventura de una comunidad.

Pero también es una metáfora del desarraigo. De un anhelo inefable de volver a las raíces.

A partir de los años cuarenta del siglo anterior, expulsados por una de nuestras cíclicas carnicerías disfrazadas de pugnas partidistas, miles de colombianos ocuparon la periferia de las capitales.

Al igual que  Bogotá, Cali, Manizales, Pereira y Armenia, Medellín recibió a  hombres y mujeres  despojados  hasta de sí mismos. En sus fábricas y almacenes muchos encontraron la forma de reinventarse la vida.

Otros se quedaron al margen de todo y de todos.

Pero en ambos alentaba la nostalgia del solar. De un pedazo de tierra que les sirviera de asidero.

Unas décadas más tarde sus descendientes convertirían las secuelas del despojo en un anhelo: tener la propia finca.

“Así sea media cuadra de tierra donde caerse muertos”, decían  Martiniano y Ana María, mis abuelos maternos, ellos también desplazados, despojados, humillados y ofendidos durante los tiempos de la violencia liberal conservadora.

Comprar una finca, volver a la tierra, a las raíces, resumía toda posible forma de redención.

En ese trasegar, podríamos decir que La oculta es el  reino perdido de la infancia, tan caro a los grandes espíritus románticos.

Quizá para curarse de esos males, muchas casas urbanas conservaron durante años un área interior donde  los dueños  plantaban mangos, guayabos, naranjos, bananos y todas las variedades posibles de flores y hierbas aromáticas.

Era lo más parecido a la finca que podían tener. Una fracción de paraíso al alcance de la mano.

El solar.

Finalmente, La oculta me lleva a pensar en un país con un pie anclado en la modernización y otro en  los meandros del feudalismo con sus prejuicios, sus atavismos y su peculiar manera de ordenar el mundo en blanco y negro.

Miles de colombianos pasan el sábado en el centro comercial, es decir, en su particular versión de lo urbano y lo cosmopolita.

Pero  el domingo buscan sosiego en el campo, en la finca, en las raíces.

Por supuesto, no son conscientes de ello.  Pero lo buscan con ahínco.

Ese viaje les ayuda a emprender la siguiente semana con algo parecido a una esperanza rediviva.

No creo que cuando escribió La oculta, Héctor Abad Faciolince haya sido consciente de esas cosas.

Ni falta que le hace.

Pero en mi condición de lector, ese viaje me remitió a  su primer libro, Tratado de culinaria para mujeres tristes.

Era un ejemplar de tapas azules regalado, cómo no, por Juan Carlos Pérez.

Corrían los años noventa del siglo anterior.

Cuando terminé de leer La oculta, sentí que había estado en realidad frente a un nuevo capítulo de ese largo, gozoso y tantas veces tortuoso camino que nos lleva de la cocina familiar a las turbulencias de la historia individual y colectiva.

En  ambos casos siempre estamos abandonando el solar o a punto de volver a él.

De esa materia está hecha la buena literatura.

PDT. Les comparto enlace a dos bandas sonoras de esta entrada