La escritora es, además, una gran lectora, una consumidora voraz de mundos de papel que logra plasmar su experiencia en textos limpios y que, con un toque, congelan la cotidianidad. Ojalá la podamos ver pronto publicada por una editorial colombiana para que en el país tengamos noticias suyas más cercanas.

 

“Solo unas cuantas palabras para desarmar el mundo”

(Lugar, Maria José Navia, p. 164)

  Por: Mateo Ortiz Giraldo

Hallar un “lugar” es complicado. Constantemente nos sentimos dislocados y sobrepuestos. Como en esa canción de Radio Head donde Thom Yorke reclama “What the Hell I’m doing here?” (¿Qué demonios hago aquí?).

Esa exploración del lugar físico (del espacio, diría Gastón Bachelard) –y de ese otro “lugar” figurativo, el que se traslada al cuerpo–, las situaciones y los cambios, es lo que explora María José Navia, escritora chilena y docente en su libro de cuentos Lugar (De la lumbre, 2017).

Navia nos propone una excavación en la cotidianidad: excavación porque ahonda en lo que consideramos “normal” y rodea de preguntas aquello que solemos pensar como estable. Este libro nos regala una sensación de naturalidad interrumpida que se extiende y amplía en los 12 cuentos que lo componen.

Yasujirō Ozu, director de cine japonés, llamó a esta sensación de “naturalidad”, poética de lo cotidiano. Es decir, una construcción en la cual el espacio de las relaciones íntimas, de la experiencia vital personal y de las historias mínimas, son el punto de partida y el fin último.

Para retratar esto, propone Ozu, y bien lo aplica Navia, se requiere de un ojo afinado y de una capacidad específica para darle forma a las historias que por “cotidianas” nos parecen poco interesantes.

Para entender un poco mejor qué nos cuenta Navia, demos un recorrido por sus 12 cuentos. En ellos ingresamos a la vida de personajes que no dan largas para exponer su entraña y mostrar que en ese zoom a la realidad íntima hay un exploración en lo humano: como pequeñas piezas de Hockney a todo color, potentes y vívidas. Es un libro que seguro Perec quisiera leer.

Todo inicia con Canción. En este cuento se recorre el lenguaje de la enfermedad. Se cuestiona cómo nombran los enfermos al tiempo: un constante presente, tenso. Parece que Millás (el del El orden alfabético) se hubiese colado en esta narración mostrando cómo se desintegra el lenguaje frente a la muerte.

Aquí nos propone una lectura sobre el nomadismo moderno, de personajes que no viven más de tres meses en un mismo lugar. Ellos habitan como fantasmas, recorren espacios sin nombre. No se permiten la posibilidad ser nombrados o de crear apegos.

Después, Cera: es un relato sobre la contención. La mujer que lo protagoniza, se contiene hasta lo último para estallar. El mutismo lleva a un grito profundo de pérdida y culpa. Ella explora el dolor propio en carne de otros. Es cómico y terrible: perder algo y no poder expresar lo que siente o no sentir nada.

Más tarde, Afuera: tres temas cruciales: el desarraigo, la migración y la distancia. La cuerda floja que pone en medio el límite del idioma. Estos elementos tocan, excavan y muestran cómo estar fuera es dejar de estar dentro, perder el confort. Irte.

El quinto relato es Instrucciones para ser feliz: las mujeres de este cuento están quietas. Esperan algo. Nada está bien y ellas creen que sí. Buscan que lo estén. No hay manera de lograrlo, pues al no nombrarlo, no ocurre… entonces, siguen esperando.

En Álbum familiar, padre e hija han perdido a alguien. Ambos no saben cómo curarse, ni cómo dejar de sentirlo. Pero siguen su curso. Alejándose para huir, pero también para hallar una manera de volver. Siempre regresando al pasado para entender… no hay respuesta.

El sexto cuento es Rebajas: se rompe algo. ¿Puedes oírlo? Entonces, no se rompió. Maria José Navia deja al lector suspendido, pensando cómo entender este cuento. Deja un collage de imágenes. Seguro algo terrible se oculta detrás.

Shopping es, quizás, mi cuento favorito. Algo parecido ocurrió donde vivo, la muerte acechando. Por eso, al leerlo siento que todo es un constante presentimiento. Saber que ocurrirá. Que los cuerpos caerán como trozos de hielo desde el cielo. Navia emplea aquí su capacidad para generar suspenso cuando ya se sabe de antemano el desenlace.

El angustiante séptimo relato es En caso de emergencia: Llame este número. Si no lo tiene, está solo. ¿Qué hacer ahí? ¿Qué hacer cuando estás lejos y no tienes quién sustente tu muerte y te ponga nombre? Nada. Estás solo. En las vidas “cotidianas” la soledad es constante.

Lobos: el dolor sobrepasa el lenguaje. Un aullido puede ser más contundente. Extraer del centro de la tierra un sonido antiguo. Conjurar la despedida.

Una por la mamá: hay verbos que usamos de manera indiscriminada. Aquí, tener y poseer. De eso se trata todo. Somos expertos en tener, es transitivo, momentáneo. Poseer es agarrar. Estos personajes buscan poseer lo que nunca les fue propio. En eso, se aferran a espectros.

Por último, Salir corriendo: ¿Qué mejor manera de cerrar un libro con tanta espera y contención que con una huida? Gente que escapa. Todo termina con una transformación.

Estas son reducciones y lecturas parciales. La sencilla contundencia con que Navia relata hace que todo lo descrito se anule hasta que el lector no se avecine al texto de manera directa. La autora nos ofrece una profunda reflexión sobre el lenguaje y sobre la pérdida. Con sus personajes, que cuestionan esos límites de las palabras, cuando decir nada es la respuesta natural y el silencio invade.

Navia lanzará el próximo mes su nueva novela Kintsugi, editada por Kindberg, que espero poder leer pronto. También se estrenará como traductora. La escritora es, además, una gran lectora, una consumidora voraz de mundos de papel que logra plasmar su experiencia en textos limpios y que, con un toque, congelan la cotidianidad. Ojalá la podamos ver pronto publicada por una editorial colombiana para que en el país tengamos noticias suyas más cercanas.