La doble mochila de la culpa

La pregunta que surge en los minutos iniciales de la película es por qué Lee actúa de esa manera tan impersonal, por qué es tan metódico y capaz de enfrentar asuntos que un doliente cualquiera no asumiría de una forma tan racional, por qué parece anestesiado.

 

Por: Giussepe Ramírez

 Atención: spoilers

 Manchester junto al mar no es sobre el dolor. Es sobre la culpa. Y la culpa es una mochila más pesada que la del dolor, que nos aleja de los demás para no herir. Quien se siente culpable busca la expiación a través de un castigo que dure toda la vida, o busca la muerte como un escape al suplicio que implica no poder perdonarse. Sin embargo, es una culpa que no tiene retorno, una marca indeleble. Quien carga con la culpa no está interesado en la absolución o el perdón del otro. Sabe que el perdón ajeno no importa, que el perdón a sí mismo nunca llegará. Por lo tanto no hay peor angustia para quien es culpable y así lo considera, que no recibir un castigo y prolongar la existencia para tener que lidiar en soledad, a oscuras, en un sótano, con ese acto que causó una tragedia. Es la única manera de pagar la pena. Entonces busca un lugar en los márgenes para odiarse a sí mismo y emitir sentencia y rumiar los hechos una y otra vez. Es una doble carga: la causalidad del acto y la imposibilidad de redención. En este sentido es honesto el humor cruel y la frialdad de Lee Chandler (Casey Affleck) ante la muerte de su hermano, que es sobre lo que trata la primera parte de la película. Después, lentamente, con comentarios al margen y flasbacks, se va construyendo la historia que justifica la marginalidad de Lee.

La pregunta que surge en los minutos iniciales de la película es por qué Lee actúa de esa manera tan impersonal, por qué es tan metódico y capaz de enfrentar asuntos que un doliente cualquiera no asumiría de una forma tan racional, por qué parece anestesiado. Esta aparente anestesia es a la vez una lucidez que le permite sopesar posibilidades en un momento doloroso, como el estado ideal para enfrentar el inminente choque de un avión en el cual nos encontramos, o la evacuación de un edificio mientras la tierra se mueve fuerte. El siguiente interrogante es por qué terminó su matrimonio, por qué una vida rodeada de gente termina en soledad; el alcohol se perfila como respuesta.

La angustia silenciosa de Lee de a poco cobra sentido y hallamos su asidero en el pasado. Yo no preveía la aparición de una segunda historia tan dramática, y sin embargo no me tomó por sorpresa cuando la descubrí. Todos los elementos ya estaban ordenados para que la recibiera de manera natural, como la única forma posible de explicar, de entender a Lee.

Lee no recibe castigo penal. Fue absuelto sin juicio, con un simple interrogatorio en la estación de policía. La comprensión de las autoridades de que el acto fue cometido sin dolo, que a cualquiera le habría podido pasar, se vuelve contra el culpable, pues le quita responsabilidad pero no culpa. Sin embargo, los habitantes de Manchester, New Hampshire, comentan el episodio y no lo quieren cerca. Es una crueldad hipócrita, mojigata, sin el linchamiento que Lee tanto anhela. Randi (Michelle Williams), su esposa, es la única capaz de descargar todo el odio por el descuido de Lee, de mandarlo al infierno a pesar de que lo amaba. Años después lo perdona y le reconfirma su amor. De nada sirve, solo abre de nuevo las heridas.  

Entonces este acto de condena de su esposa impulsa a Lee a intentar huir de sus fantasmas y redimir su culpa limpiando la mierda de los otros (de los pocos clichés que encuentro en la película). Tras la muerte de su hermano, regresa a Manchester. No debería tomarle más de una semana arreglar los asuntos formales. Pero entonces aparece un giro que nos lanza a descubrir la historia de Lee: debe convertirse en el tutor de su sobrino, un joven roto por la ausencia de su madre alcohólica (otra vez el alcohol). Y con esa extensión de la visita a Manchester empiezan a rondar de nuevo los fantasmas en el momento en que se enfrenta a la posibilidad de retornar y asentarse de nuevo en la ciudad.    

El destino de Lee lo cifra un acto de amor, de protección, que provoca una tragedia. Toda una paradoja que nunca podrá superar. Pero de alguna manera su hermano, como un último acto de amor, lo deja a cargo de su sobrino y le ofrece una opción distinta a la soledad, aunque Lee rehúye un poco este compromiso. A pesar de la carga dramática de la película, del uso excesivo del Adagio de Albinoni para enfatizar la vida destrozada del protagonista, el final es la decisión de Lee de tomar un salvavidas, pero sin la posibilidad de salir del agua algún día, sin la indulgencia de olvidar el hecho que signó su alma.   

@Animalmoribundo