Mi abuela se retira del borde de la terraza dejando tras ella un rumor de poesía

Mateo Ortiz GiraldoMateo Ortiz Giraldo

 Mi abuela es una mujer sumamente sentimental, la conmueven situaciones que ante aquellos que la vida se desliza bajo la puerta, que se expone ante sus ojos sin ningún trasfondo, son cotidianas, monótonas y por tanto carecen de interés real. Actos como el atardecer, el nacimiento de sus nietos, la graduación de sus hijos, una canción de los poetas de antaño, crean en ella un sinfín de sensaciones que hacen las mariposas de su estómago aletear y los telarañas de su memoria irse a volar.

Mi abuela está en estos momentos parada en la terraza de su casa en la mitad de la ciudad, yo le observo oculto tras las ropas lavadas y extendidas, son exactamente las 5:46 p.m del nueve de Mayo del dos mil catorce. Está de pie, al borde del mirador. Apoya su mano derecha sobre los ladrillos mohosos, mientras su mano izquierda sostiene una taza de café recién colado, toda la casa tiene ese aroma romántico de esa sustancia amarga que destila nostalgia, que aflora recuerdos de otrora con su humo tonificador.

Me desplazo silencioso hasta el lavadero, desde esta posición puedo observar su rostro. Toda la terraza es bañada por la  bella luz del crepúsculo; el cemento erosionado yace colorido por una tonalidad naranja. Luz Dary, mi abuela, mira las montañas y en sus ojos se reflejan las nubes rosa, naranjas, amarillas, azules, verdes; ella es parte de este atardecer. Ella continúa con su mirada fija en el vacío lleno de recuerdos, cuando de repente una lágrima  nace callada y húmeda, la observo salir lentamente del lagrimal y deslizarse por su párpado inferior, luego es amortiguada por sus arrugas: Una cascada de una sola gota que baña con su juventud las tierras secas que los años, golpeándole con su minutero, se encargaron de volver un lienzo tarjado. Esa lágrima sigue su curso dejando un camino tras de sí, regresándole juventud a un rostro golpeado por el tiempo y los pesares. Le veo allí, tan triste, tratando de fundirse con este día a punto de morir; se agarra más fuerte del ladrillo, bebe un sorbo de café y… sonríe, enseña esa contracción mágica que sólo los humanos poseen.

Voltea su rostro un poco y por un instante puedo verla como si fuese el año 1974 y contase con veinte años de edad.

De inmediato llega a mí imaginación la siguiente escena:

Una dama griega está sentada en a la orilla del mar Egeo, en la isla de Mykonos, tiene la mirada fija en las nubes que se van lejos al ritmo de las olas que golpean las rocas del puerto. Su morena piel es teñida por los últimos suspiros del astro que muere, es su única compañía, el que le abraza en el día y la arroja al olvido en la noche. Ella llora largamente alucinando con un barco que carga su amor, sus lágrimas se funden con las aguas del mar.

A poca distancia un navegante va rumbo al mismo puerto donde la joven dama se baña con las lágrimas que su dolor producen, él es completamente ignorante de lo que ocurre en tierra firme. Ya está a punto de llegar a su lugar de destino, toma un poco de agua salada, con ella enjuaga su rostro, justo en ese instante sus lágrimas afloran, pues a su mente llegó un recuerdo que hace mucho no le agobiaba: su madre.  Llevaba años navegando errante por el Mediterráneo, así que no tenía tiempo para pensar en algo aparte de estrellas y cartografía. Pero ahora su mente evocaba a su madre, una anciana de cabellos canos que gustaba de mirar el crepúsculo para enjuagar con sonrisas su profunda pesadumbre.

El navegante, seca su rostro, su modesta embarcación encalla en la playa blanca justo al lado la mujer. Posa su mirada  en ella y reconoce en ese rostro el su madre, es en este instante, cuando el sol muere por fin, la mujer desaparece.

 

Mi abuela se retira del borde de la terraza dejando tras ella un rumor de poesía:

 

Llora el niño, llora el anciano

Golpea la muerte la puerta con su bastón

Llora el nostálgico y el alegre.

La lágrima no tiene edad,

Ella es atemporal.

 

Ven lágrima,

Tócame con tus húmedos dedos,

Dame la vida que los otros me han negado

Ven, sáname

Lame mis heridas

Atiza el fuego de mi corazón

Sé la sangre de mi alma.

 

Llanto, elixir de vida

Arrástrame con tu poder hasta el bordo del mar

Contágiame con tu frescura y juventud.

Permíteme que me vaya lejos,

Donde el sol no se oculte.

 

Luz Dary se limpia con una servilleta el bordo humedecido de sus ojos. El cielo ya ha sido contagiado por la noche, por sus faroles pálidos. Mi abuela arrastra pesadamente sus años y sus recuerdos. Entra a la casa de nuevo para preparar la cena, mientras cierra la puerta tras de sí, un navegante griego abraza la arena de la playa y piensa en su madre, la anciana de cabello cano y eternamente joven.