“Yo, Nils Gugstrum, juro que si no llego a ser miembro  del club  de campo de Gory Brook antes de cumplir los veinticinco años, me ahorcaré”.

Por: Gustavo Colorado Grisales

Gory  Brook es un campo de golf, y Nils Gugstrum es el  ausente protagonista de un cuento titulado Una visión del mundo, incluido en la antología de relatos de John Cheever, publicada por Random House en 2018.

En realidad, Una visión del mundo podría ser el título de la obra toda de Cheever, amasada con la materia de los más puros desastres: los de las ambiciones personales, los del contrato social, los de los atavismos religiosos y los de la competencia incesante por ascender en la escalera de la vida económica y social.

Por eso mismo, porque sospechan que cada paso en la ruta de  su arribismo es en realidad una aproximación al despeñadero, las criaturas de Cheever van por el mundo con el aire crispado de quien presiente lo ineludible.

Los círculos de su infierno van de la alcoba conyugal a las reuniones de la empresa. De las fiestas y asados donde compiten y a la vez se reconocen en su fragilidad a los momentos de suprema soledad que solo las canciones y el alcohol pueden mitigar.

A lo largo de 861 páginas siempre encontramos a alguien  destapando una botella de vino, de whisky, de ginebra o de coñac. Siempre hay un marido o una esposa intentando seducir a la pareja del vecino en un último intento de redención o de disolución total. En las historias de Cheever la gente espía las desdichas del vecino como una forma de consolación: si no hay algo parecido a la  felicidad en estas vidas, lo mejor es curarse las propias heridas comparándolas con las desventuras del prójimo.

Estoy sentado al sol bebiendo ginebra. Son las diez de  la mañana. Domingo. La señora Uxbridge se ha ido a algún sitio con los niños. La señora Uxbridge es nuestra ama de llaves. Prepara las comidas y se ocupa de Peter y de Louise

¿Puede alguien imaginar una escena más desolada que un padre de familia embriagándose una mañana de domingo, el día que se supone asignado a la felicidad familiar, al hogar dulce hogar tantas veces celebrado por el cancionero popular?

Y si: eso le pasa al narrador de un cuento cuyo título es en realidad una premonición: La cuarta alarma.

El hombre bebe porque ha visto al edificio del Sueño americano desplomarse a sus pies… con él y los suyos adentro.

Y Cheever sabe tanto de esas cosas. Nació en 1912, lo que equivale a decir que se hizo grande en medio de las dos guerras mundiales, es decir, el periodo de la historia en el que la fe en el progreso, fundada por el Renacimiento y afirmada por la Revolución Industrial, se hizo trizas arrastrando consigo las ilusiones de varias generaciones.

Más tarde, el escritor  fue testigo de una curiosa variación de las aspiraciones trascendentes: el momento en que Norteamérica redujo el tamaño de sus expectativas a poseer una casa con barbacoa en el antejardín, un Ford en el garaje y una colección entera de aparatos domésticos.

En otras palabras, una suerte de liturgia donde la gente les endosa sus preocupaciones cotidianas a los objetos para entregarse en cuerpo y alma a su desesperación.

Cuando ya no resisten más, estos hombres y mujeres huyen hacia las casas de campo, a los supermercados, a los autocines, a los restaurantes, a los hoteles de paso y a los sitios nocturnos donde la voz convulsa de Louis Amstrong canta: What a Wonderful  world.

Ustedes ya saben: dime de qué presumes y te diré  qué te hace falta.

Ricos, célebres, exitosos o  ansiosos por serlo, los personajes de Cheever son una procesión de almas en pena que se aferran a la fiesta, a la botella o a la cópula furtiva como a una última tabla de salvación. Se apellidan Pommeroy, Hollis o Harley. Pero esas son solo maneras de nombrar la épica del fracaso que surca sus vidas. Antes que cuentista, Cheever es una suerte de sismógrafo que traduce en cuentos la desventura de estos seres que siempre están repitiendo una eterna letanía prefigurada en el título del primero de los cuentos de esta selección:

Adiós, hermano mío.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada