Las guerras de independencia engendraron otras: las de los estados federales, la de los mil días, la de liberales y conservadores, las de las guerrillas, las de los narcotraficantes, las de los paramilitares, las del ejército y la policía.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

La imagen es de sobra conocida: Simón Bolívar, libertador de cinco naciones, escurriéndose desnudo desde el balcón de su amante Manuelita Sáenz, en un episodio conocido en la Historia  oficial de Colombia con el nombre de “Conspiración septembrina”.

Nada más tragicómico que una pareja sorprendida en las urgencias del sexo.

Lo que en principio es privado se convierte en asunto público y, por lo tanto, susceptible de escarnio.

A desnudar las facetas trágicas y cómicas de nuestra Historia nacional se consagra el escritor

Antonio Caballero en las cuatrocientas veinticuatro páginas de su libro Historia de Colombia y sus oligarquías (1498- 2017), publicado en edición de lujo por el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia.

Son quinientos años y dos décadas de malentendidos, a través de los cuales constatamos una y otra vez que nuestra historia nacional da vueltas y se repite con otros ropajes en un perpetuo carrusel del absurdo.

Fue Karl Marx quien anotó que la Historia se vive primero como tragedia y luego se repite en tono de farsa.

Es decir, que incluso los asuntos más serios devienen caricatura a poco que uno descorra el telón.

Aparte de gran escritor, Antonio Caballero es un excelente dibujante y caricaturista.

Por eso los trece capítulos de su Historia de Colombia están ilustrados con imágenes que nos brindan algunas claves del devenir nacional desde el momento mismo de la llegada de los europeos, hasta estos tiempos en los que la corrupción, la coima, el consumo y el derroche alcanzaron el estatus de religión.

Lo de la religión no es solo una metáfora. De hecho, el libro de Caballero está narrado sobre esas claves.

No por casualidad, el primer capítulo se llama Los dioses y los hombres, al tiempo que el último lleva el título de Los jinetes del Apocalipsis, principio y fin de un relato marcado por la estela de sangre que dejan  en la tierra la ambición y el despropósito de los hombres.

Uno a uno, en una suerte de viacrucis redivivo, el autor desgrana los episodios que nos han marcado como habitantes de un territorio que nunca acaba de definirse.

Para empezar, los europeos no descubrieron un continente: tropezaron con él en su búsqueda de una ruta para llegar al país de las especias. Por eso lo llamaron Las indias, plantando el primer eslabón de una interminable cadena de equívocos.

A partir de ese momento, ni América ni Colombia han podido encontrarse.

Se han mirado en el espejo de España, de Francia, de Inglaterra primero y de los Estados Unidos después, sin descubrirse jamás.

Paso a paso la ácida pluma de Caballero desvela las claves de esa suma de desaciertos. De la búsqueda de El Dorado a los horrores del narcotráfico y el paramilitarismo. De los esclavos secuestrados en África a esa nueva forma de servidumbre llamada globalización. Del sitio de Cartagena a las aberraciones de los políticos contemporáneos.

Y siempre, en medio, una ilusión fallida. Un rosario de engaños urdidos por el poder político y económico: conquistadores, curas, encomenderos, traficantes de esclavos, caudillos, libertadores, políticos, dueños de periódicos.

Y siempre la Patria Boba reeditada una y otra vez en esa obsesión por exterminarnos unos a otros.

La razón puede ser cualquier cosa: una idea, un prejuicio, una bandera, un pedazo de tierra, un color de piel, una mina de oro, un contrato, una ruta para el narcotráfico.

Por ese camino hicimos del crimen una institución.

Las guerras de independencia engendraron otras: las de los estados federales, la de los mil días, la de liberales y conservadores, las de las guerrillas, las de los narcotraficantes, las de los paramilitares, las del ejército y la policía.

La Patria boba siempre encuentra la máscara adecuada para cada época.

Y Antonio Caballero siempre encuentra las palabras precisas para mostrarnos la dimensión de nuestra insensatez.

Todos los protagonistas de esas guerras han inventado la manera de justificarse. Por eso el bando al que uno pertenece siempre es el bueno, mientras los demás quedan confinados en el batallón de los malos.

Buenos y malos: otra figura religiosa para simplificar la honda complejidad de nuestros desencuentros.

Los de militaristas y legalistas, representados en la historia oficial por las figuras de Bolívar y Santander.

Los de creyentes religiosos y librepensadores. Los de librecambistas y proteccionistas. Los de campesinos y citadinos.

Siempre hemos tenido una razón a la mano para marcar al vecino con el sello del estigma.

Escéptico como es, Antonio Caballero nos regala en este libro una buena dosis de documentación histórica y de humor  bien administrado para ayudarnos a no sucumbir del todo en medio de nuestra interminable saga de penas y olvidos.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada