A diferencia de sus congéneres argentinos, los jóvenes colombianos no pretendían tanto reformar la universidad como transformar el país. Su utopía era de estirpe socialista. El historiador colombiano Álvaro Acevedo Tarazona se propuso rastrear las motivaciones, las consecuencias y, sobre todo, la vida, pasión y muerte del movimiento estudiantil surgido en las principales universidades del país, entre ellas la Universidad Industrial de Santander.
Por: Gustavo Colorado Grisales

Todo empezó en Córdoba, Argentina. Corría el año de 1918. Para la época solo existían tres universidades en el país: las de Buenos Aires, La Plata y Córdoba. Con algunas excepciones, el acceso a ellas estaba monopolizado por las élites enriquecidas con el negocio de la carne y los granos.

Entonces, los estudiantes se tomaron la universidad pidiendo una auténtica democratización. Demandaban mayores oportunidades de ingreso y unos programas acordes con los cambios experimentados por el mundo a partir de hechos como la industrialización y la Revolución Rusa.

En pocos meses la agitación se contagió a otros lugares del mundo.

Colombia no fue ajena a esa fiebre.

Aunque controlados por la iglesia, así como por los partidos liberal y conservador, los universitarios colombianos se harían visibles en los años treinta, liderados por intelectuales como Germán Arciniegas, Carlos Lleras Restrepo y Alfonso López Michelsen. Estos últimos serían presidentes de la República unas décadas más tarde.

Pero fue después de la Revolución cubana en 1959 cuando la onda expansiva de la rebelión llegó a las aulas y sacudió la pacata sociedad de la época.

A diferencia de sus congéneres argentinos, los jóvenes colombianos no pretendían tanto reformar la universidad como transformar el país. Su utopía era de estirpe socialista. El historiador colombiano Álvaro Acevedo Tarazona se propuso rastrear las motivaciones, las consecuencias y, sobre todo, la vida, pasión y muerte del movimiento estudiantil surgido en las principales universidades del país, entre ellas la Universidad Industrial de Santander.

Precedido de un análisis del panorama local y mundial se despliega un coro de voces de quienes fueron protagonistas o testigos de una protesta que de a poco sumó fuerzas hasta provocar una reacción en cadena que obligó a los gobiernos del momento a tomar medidas cada vez más drásticas, sin excluir la ocupación física del campus o el uso de armas para reprimir las manifestaciones públicas cada vez más vehementes y numerosas.

Memorias de una época es el título del libro. Por sus quinientas páginas desfilan hombres y mujeres, que desde y uno y otro bando, protagonizaron algunos de los momentos más dramáticos de la segunda mitad del siglo XX en Colombia. El padre Camilo Torres Restrepo o el líder estudiantil y más tarde guerrillero Jaime Arenas, cobran vida en los testimonios de quienes los conocieron de cerca y combatieron a su lado. En la otra orilla aparecen figuras de la vida política nacional como Horacio Serpa Uribe o rectoras de la Universidad Industrial de Santander como Cecilia Reyes de León, recordada por la mano fuerte utilizada para enfrentar protestas que llegaron incluso a amenazas contra su vida.

Entre coro y relato nos acercamos a la compleja urdimbre que hizo de las organizaciones estudiantiles y los partidos de izquierda el germen de grupos guerrilleros anclados de ahí en adelante en la historia nacional. Muchos de esos jóvenes abandonaron las aulas y se marcharon al monte atraídos por el canto de sirenas de su propia utopía. Como era de esperar en personas inexpertas, murieron por centenares en las filas del Eln, el Epl, el M-19 o las Farc. Con su sangre se escribieron capítulos enteros de una suma de violencias y sueños fallidos cuyas secuelas no acabamos de resolver.

El mayo de 1968 acabaría de prender el fuego en una sociedad de por sí bastante convulsionada por sus propias injusticias y por la cantidad de exclusiones generadas por el Frente Nacional, que le entregó el país a liberales y conservadores, dejando por fuera al resto de expresiones emergentes.

Ese sería el segundo capítulo de la historia, que nos lleva al debilitamiento progresivo del movimiento estudiantil. Las causas fueron muchas. La represión, que alcanzó su clímax con el estatuto de seguridad de Turbay Ayala. El fracaso del experimento socialista en otras latitudes. El pragmatismo de la Guerra fría y sus repercusiones en Colombia. El advenimiento de una sociedad basada en el consumo compulsivo y, por lo tanto, en el egoísmo más atroz. La desintegración de la Unión Soviética. Todas las anteriores fueron razones para que el empuje inicial se redujera a la mínima expresión.

Sobre ese arco de espacio y tiempo viaja el libro de Acevedo Tarazona, haciéndonos testigos de un momento de nuestra historia que los más jóvenes no vivieron y que otros olvidaron o no requieren recordar, pero que debemos revisitar si queremos entender nuestro siempre incierto presente.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=lKcwkDUGZg8