Desde luego, existen distanciamientos de lector y autor(es), porque ‹‹el amor acaba y hasta la belleza cansa››, según afirma Rafael Pérez Botija en una canción que escribió  para que fuese tersa interpretación de José José.

 

Por: Édison  Marulanda Peña

Seguramente los lectores duchos han comprobado que su relación con los libros puede ser problemática. No me refiero aquí al formato si es digital o físico, sino a la experiencia de asumir los libros como seres vivos. Dialogar con el texto haciéndole preguntas, elegir conversar con aquel ‹‹desconocido›› en pos de la promesa de un encuentro ya sea que resulte en tensiones o placentero.

Por otra parte, hay quienes consideran a la lectura solamente una herramienta para alcanzar un fin: aprendizaje, manera de ganarse la vida (preparar una clase, una conferencia, ser editor de textos, traductor, corrector de estilo), ojear un manual de instrucciones, leer una encuesta escrita, la partitura del músico que participa de un concierto y la lectura que exige el mayor esfuerzo: las cifras de la factura de servicios públicos domiciliarios. ¡Ah! para que los colombianos se animaran a superar ese precario guarismo de lectura por habitante al año, según las mediciones formales, un extranjero concibió Whatsapp (aplican restricciones, solo para usuarios de teléfonos inteligentes, entonces poco ayuda a ‹‹democratizar›› la lectura al mantener la brecha tecnológica y social). En esta enumeración de casos se trataría de un lector interesado, es decir, un individuo que lee como forma de atender un interés inmediato, hace lectura utilitaria, limitada por este afán.

El primero que se describió arriba es un lector enamorado de la relación con los libros, que intenta el modo silencio de sus prejuicios como condición necesaria para poder escuchar al otro(s) que habla desde la página; se asombra por la diversidad de mundos, de seres y emociones que hay en las obras literarias, en una biografía, un perfil, un retrato. Por supuesto, no está exenta de altibajos. Comprende que como toda relación que vale la pena, la otra parte demanda un compromiso genuino, que lo confronta dejando al descubierto qué tan amplia o exigua resulta la capacidad de aceptar la diferencia, cuando menos no juzgar otras concepciones y estilos de vida, de resolver las necesidades humanas, de reflexionar sobre la existencia o no de la espiritualidad; que las filias y fobias personales no deben ser su criterio para la convivencia social; que algún personaje de la obra que lee lo sacude porque es su antípoda al tiempo que tácitamente le sugiere ponerse en su lugar para comprender cómo son los anhelos, sueños y luchas de un ser así y en tal contexto (lo que propone Martha Nussbaum como imaginación narrativa).  

Desde luego, existen distanciamientos de lector y autor(es), porque ‹‹el amor acaba y hasta la belleza cansa››, según afirma Rafael Pérez Botija en una canción que escribió  para que fuese tersa interpretación de José José. Y existen hallazgos propiciados por el azar que pueden llegar a ser  memorables. 

El más reciente de ese tipo de hallazgos me ocurrió en la pasada Feria Internacional del Libro de Bogotá. En el recorrido por el pabellón 3 de las editoriales universitarias, llegué al sitio de Eafit. Al hacer la pregunta por novedades de biografía, hábilmente la librera del lugar quiso ‹‹seducirme›› con títulos de las colecciones Fernando González y Gonzalo Arango, el primero un pensador atípico de Antioquia conocido en la primera mitad  del siglo XX, considerado el abuelo de los nadaistas. Sin embargo, ninguno encajaba en lo solicitado.

Tal vez para mostrar su hospitalidad paisa y motivar al visitante al intercambio comercial me obsequió un pequeño gran libro forjado con fragmentos de poemas, canciones, entrevistas de varias décadas y citas, que tienen en común el ser trozos luminosos de una especie de collage-biografía titulado Leonard Cohen, voz y pluma de nuestro tiempo (1934–2016).

Está bellamente editado, tiene abundantes fotografías en policromía y la lucidez de los textos seleccionados muestran la sapiencia de quien tuvo a su cuidado este trabajo, Juan Antonio Agudelo, en equipo con el Fondo Editorial Eafit y Extensión Cultural. Las dos páginas finales contienen las referencias de su discografía: álbumes de estudio, en directo, homenajes, bibliografía de libros de poesía y dos novelas. Llama la atención que las páginas no están numeradas, ¿algo así es una metáfora que sugiere que la poesía de un hombre sabio es imposible de cuantificar? Es un producto con valor de uso sin valor de cambio, diría un marzista  (alguien nacido en marzo).  

‹‹Nadie como Cohen –empieza un párrafo debajo de una foto en sepia– para crear atmósferas sensuales y eróticas en su poesía como en su música. Cohen propone alejarse de lo predecible, de lo evidente, de los vanos y deliberados trucos visuales que se le imponen al artista y a su creación››.

Tan solo tuve tiempo de decirme en silencio: ella acaba de disuadirme de cualquier comentario crítico por la ausencia de biografías en el puesto. Un hombre es lo que él hace y los sueños de los que es capaz de dejar una huella, algún registro. Los hechos del eterno errante, como llaman al cantor judío canadiense Leonard Cohen, son sus poemas empacados en canciones originales para ser llevados y traídos por el viento de las culturas hasta la piel de sus contemporáneos, oyentes-lectores-amigos-disidentes-críticos-políticamente incorrectos.  

A esa altura me sentía exhortado y conmovido para retribuir con una compra de algún título que coqueteara a mi entusiasmo de lector. Pronto apareció un hijo menor del género biográfico, Retratos de José Zuleta Ferrer. Del cual hablaré  la próxima semana, contando con un poco de su paciencia.

A manera de comprobación transcribo unas líneas de honestidad cáustica, que están en Chelsea Hotel, uno de los clásicos de Leonard Cohen (dedicado a la cantautora Janis Joplin, visitada por la parca a los 27 años).

Te recuerdo muy bien en el Chelsea Hotel

Hablabas con tanto dolor y dulzura

Haciéndome sexo oral

en la cama deshecha

mientras las limusinas esperaban en la calle

esas eran las razones y eso era New York.

Íbamos tras el dinero y la carne

Y eso era el amor para los obreros de la canción

Quizá aún  lo sea para los que quedan

Pero tú te fuiste ¿no, nena?

Le diste la espalda a la gente

[…]