La noche no da para novelas

Lo anterior puede ser la explicación de por qué un escritor en ciernes, generalmente, se acerca primero al Cuento o al relato breve como ejercicio de escritura. Este primer acercamiento al Cuento tiene que ver más con el bagaje del escritor y la familiarización con ese tipo de estructura que con la facilidad de su ejecución o la noción de este como género-taller, opinión bastante extendida.

 

Por: Giussepe Ramírez

La noche no da para novelas. La tradición oral tampoco.  

El primer contacto que un niño tiene con la literatura, aun cuando no sabe leer, es a través del cuento. A ninguno, al ir a dormir, le leen En busca del tiempo perdido, Madame Bovary, Cien años de soledad o cualquier apoteosis del ripio como a bien tuvo Julio César Londoño en llamar a la novela. Aunque estas lograrían el mismo efecto que busca cualquier padre, quizá con resultados más instantáneos, el niño se va a perder y las historias le van a quedar borroneadas en la mente (tal vez subestimo la memoria de un infante). En cambio, sí nos vamos a acordar de Caperucita roja, Pinocho, los cuentos de Las mil y una noches o uno de Rafael Pombo (o, en sentido estricto, las traducciones con un toque muy personal que hizo Rafael Pombo de cuentos anglosajones).

Lo anterior puede ser la explicación de por qué un escritor en ciernes, generalmente, se acerca primero al Cuento o al relato breve como ejercicio de escritura. Este primer acercamiento al Cuento tiene que ver más con el bagaje del escritor y la familiarización con ese tipo de estructura que con la facilidad de su ejecución o la noción de este como género-taller, opinión bastante extendida. Valga decir que el género es muy dúctil a la hora de los talleres de escritura por cuestiones de tiempo, pues se pueden leer varios autores y ejecutar distintos ejercicios para poner en práctica los artificios de los maestros.

No sé en qué momento las editoriales empezaron a desdeñar y subestimar al Cuento (ahora parece tomar un nuevo aire), porque es indudable que a la gente le gusta leer y que le cuenten cuentos. Aventuro que quizá fue un capricho esnobista de algún editor al considerarlo un género de origen inevitablemente popular y de tradición oral, aunque ya se ha teorizado e intentado encontrar las características del género, dándole un tinte más académico, complejo y crítico (gracias Piglia).  

Digan lo que digan, y a pesar del debate que aún se mantiene sobre su tamaño, y dizque haya cuentos de doscientas páginas (horror), la principal característica del género es la brevedad y la concisión (precisamente está diseñado para ser contado en circunstancias donde el tiempo es reducido y la persona está muy ávida de historia y le urge saber el final. Es contradictorio que los adultos, con menos tiempo de ocio, prefieran la novela al cuento, o que así lo crean las editoriales), ya sea por extensión o por ritmo. Por extensión no hay mucho que decir, se entiende, aunque sea arbitrario decir cuántas páginas son un cuento, y si a partir de ahí se convierte en otra cosa. Respecto al ritmo, se puede decir que tiene que ver con la intensidad de la historia, con las pausas y las aceleraciones para llegar a cierta acción dramática. Y el ritmo del cuento no le puede dar tregua al lector, lo debe agarrar de cuello y nariz y sacudirlo, hacerle sentir quince páginas como si fueran tres.

Comenta Piglia en Formas breves, específicamente en Nuevas tesis sobre el cuento:

«Hay un resto de la tradición oral en ese juego con un interlocutor implícito; la situación de enunciación persiste cifrada y es el final el que revela su existencia.

En la silueta inestable de un oyente, perdido y fuera de lugar en la fijeza de la escritura, se encierra el misterio de la forma.

No es el narrador oral el que persiste en el cuento sino la sombra de aquel que escucha.

[…] El arte de narrar para Borges gira sobre ese doble vínculo. Oír un relato que se pueda escribir, escribir un relato que se pueda contar en voz alta» (p. 120).  

Después agrega:

«Borges considera que la novela no es narrativa, porque está demasiado alejada de las formas orales, es decir, ha perdido los rastros de un interlocutor presente que hace posible el sobreentendido y la elipsis, y por lo tanto la rapidez y la concisión de los relatos breves y de los cuentos orales» (p. 121).

Y como ya sabemos, Borges jamás escribió una novela. Nada más que decir respecto a la esencia del cuento.

La intención aquí no es desbarrar de la novela, sino darle su lugar al cuento. Vuelvo a Borges: «Creo, además, que el cuento es un género más antiguo que la novela y quizás pueda outlive, quizás pueda vivir más allá de la novela».

Es increíble que un género con una tradición tan larga, desde antes de que se escribieran libros (la novela necesita al libro para sobrevivir), haya sido considerado en una época un género menor, el calentamiento necesario para escribir una novela.   

@Animalmoribundo