El café, por supuesto, se consume en grupo en esos lugares donde a veces los intelectuales se reúnen a conversar activamente, considerados en muchas ocasiones como los nidos de la conspiración.

 

Por: Marco Antonio Herrera Velásquez

El hombre vive de sus impresiones. Por ellas se motiva o se desconcierta. El hombre atento es capaz de vibrar con ciertas músicas, colores o sucesos que al vulgar parecerían tan comunes como la misma rutina. Creo que el aguzamiento de los sentidos por la embriaguez ofrece una purificación muy similar a la que los pitagóricos veían en la música.

Pero no pasemos a mayores asuntos o a tanta negligencia. El café es capaz de lograr eso y trasciende las insípidas alertas de salud. Cataliza el grandioso recuerdo de los objetos superiores que alguna vez inspiraron la alta poesía.

El café, por supuesto, se consume en grupo en esos lugares donde a veces los intelectuales se reúnen a conversar activamente, considerados en muchas ocasiones como los nidos de la conspiración. También en ellos han prosperado poetas y toda clase de artistas. Baste mencionar a los Panidas, “fumívoros y cafeístas”, con quienes se crio nuestro gran poeta León de Greiff.

El café como lugar de encuentro y espacio para crear a través de una de las más exquisitas artes: la charla sin fin, amenizada en algunos casos por el envenenamiento progresivo con algo más espirituoso, basten para ello dignos ejemplos en el poeta de la ´Balada del disparatorio báquico…´, o en el Rimbaud convulsivo por tantas noches en la taberna, pero alcanzando el mérito de su ´Barco ebrio´ y otros poemas posteriores.

La auténtica inspiración arrastra una alucinada valentía. Para esta gente la poesía está muy lejos de ser una simple profesión. Va más allá, llenando las concavidades del espíritu y buscando, con ayuda de la técnica poética, un escenario que sepa adecuarse y acoger los ritmos de la extravasación de la energía vital.

Con el abandono del prosaísmo seguirán apareciendo buenos poetas que participen o no de las formas tradicionales, y vislumbrarán el nuevo rumbo de la humanidad; o, en otras palabras, la música inefable del alma.