La profesión del escritor

elbert coesLa libertad es el camino y el fin. Solo ella permite la constancia de la creación de todas las cosas, aunque en apariencia, al principio esta creatura se presente en letras.

Por: Elbert Coes

La vida del escritor debería ser distinta a la vida del ciudadano corriente. Distinta no quiere decir extravagante; mucho menos cavernaria. Sino vida abierta y libre. La apertura mental (no se confunda con vulnerabilidad) es condición necesaria no solo para abordar una investigación literaria o para plasmarla en un trabajo final, sino además para que, en tiempo de crisis, propio de esta profesión, el individuo tenga la audacia de recurrir a métodos alternativos de supervivencia. Los va a necesitar.

Al embarcarse en el viaje de escribir, se debe estar, no preparado —la preparación es otorgada por la experiencia—, pero sí consciente de que serán incontables los momentos críticos, que en general incluyen dificultad de interacción social, monólogos interiores existenciales y, por supuesto, la reducción económica manifestada en rugidos estomacales. La vida del escritor (si se me permite la metáfora) es más o menos un constante Naked and afraid del Discovery Channel; cuando no se está escribiendo, siempre se trata de supervivencia.

Presento aquí dos ejemplos manidos (ya que este no es un tratado): García Márquez y Bukowski. En verdad, la lista sería infinita.

Hay que ser pobres. La pobreza es la verdadera musa. Es la que impulsa la transpiración, la que, en aras de desprenderse de la propia carne, el escritor vagabundea en sus creaciones para ignorar los rugidos estomacales.

No obstante, lo verdaderamente admirable es que el escritor haga de la escritura una profesión. Que cuando se le pregunte a qué se dedica, no responda bajito de volumen, que es ingeniero, abogado, médico u otra análoga para no sentirse menospreciado. Que diga con orgullo Soy escritor. De eso se jactan actualmente los norteamericanos. De eso se jactaron los modernos y los clásicos, ricos y pobres. Y de eso debe enorgullecerse el escritor latinoamericano. Más cuando la tarea de escribir significa una muerte segura (aunque siempre digna), una autoflagelación, una inmolación repetitiva, un sacrificio en pro de la humanidad. ¿Qué otra profesión que no sea arte hace esto?

El escritor se anula, deja de existir, se pierde, desperdicia la vida, su niñez y su juventud, en palabras, para salvar a la humanidad, para que ésta continúe existiendo por encima del tiempo que se le profetizó sería su límite. Sobre todo, para que siga construyendo la vida.

El escritor debe ser libre en todos los sentidos. Si ha de trabajar ocho horas diarias, que sea escribiendo o ejecutando una pasión. De lo contrario es un escritor muerto, esclavo de sistemas de dinero y de industrias. Tal como lo dijo un amigo ya mencionado: la esclavitud se extendió a todas las razas del mundo en forma de trabajo.

La libertad es el adorno por antonomasia de la literatura. En esto se funda su bandera. Es el estandarte de la creación; sin ella no se concibe una obra. Sin ella el escritor es una imitación de arte, semejante a una religión, un credo o dogma. La libertad es el camino y el fin. Solo ella permite la constancia de la creación de todas las cosas, aunque en apariencia, al principio esta creatura se presente en letras.