Puede ser una novela dividida en dos partes que se complementan, dos cuentos largos que pueden leerse como una unidad, o como una consciencia que se hace lenguaje y se enfrenta a lo inefable con la lucidez de quien sabe que nunca podrá asomarse a la esencia del misterio.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

La muerte no sólo realiza su andadura a nuestro lado: también nos precede y nos sucede.

Posee la sapiencia de lo eterno.

Por eso puede susurrarnos al oído la única verdad inaplazable: que no podemos olvidarnos de vivir porque nuestros días están contados.

No habrá ni uno más ni uno menos.

Por esa cuerda floja  transita La sentencia de muerte, la obra de Maurice Blanchot traducida por Manuel Arranz y publicada por la Editorial Pre-Textos en su colección Narrativa Contemporánea.

Y digo la obra, porque de entrada el libro es inclasificable dentro de los parámetros establecidos para los géneros literarios.

Puede ser una novela dividida en dos partes que se complementan, dos cuentos largos que pueden leerse como una unidad, o como una consciencia que se hace lenguaje y se enfrenta a lo inefable con la lucidez de quien sabe que nunca podrá asomarse a la esencia del misterio.

Por eso persiste con la tenacidad de quienes  se saben derrotados de antemano.

Esa consciencia se narra  a sí misma, instalada en esa sutil frontera que, a fuerza de no separarlos, une los terrenos de la vida y de la muerte, del olvido y la memoria.

En esa medida nos recuerda que somos eternos observadores a punto de descubrir algo que al final se nos escapa.

Igual que Sísifo en el mito griego. El relato que nos devuelve siempre al sinsentido  que es a la vez el sentido de la vida: la persistencia ante lo inútil. De entrada, en el primer párrafo el narrador nos advierte:

Estos sucesos me ocurrieron en 1938. Siento, al hablar de ellos, una enorme desazón. Varias veces ya, he intentado darles una forma escrita. Si he escrito libros, fue porque esperaba, mediante los libros, terminar con todo aquello. Si he escrito novelas, las novelas surgieron cuando las palabras empezaban a  retroceder ante la verdad. Yo no le tengo miedo a la verdad. No temo confesar un secreto. Sin embargo, las palabras, hasta ahora, han sido más débiles y más cautas de lo que me hubiera gustado. Esta cautela, lo sé, es una advertencia. Sería más noble dejar a la verdad en paz. Le sería  extraordinariamente útil a la verdad, el permanecer oculta. Pero, ahora, espero acabar pronto. Acabar, esto  también es noble e importante.

Ustedes ya lo habrán notado: La sentencia de muerte es un relato con muchas comas. Tantas, como la respiración acezante –y acechante– de Ella  que agoniza y se renueva  en un interrumpido viaje de ida y regreso entre  el enigma  que le corre por las venas  y sus improbables soluciones.

La vida y la muerte como acertijos. Cartas trucadas en las que los dioses de un mundo sin dioses juegan una eterna partida.

La sentencia de muerte es un libro de atajos que conducen siempre al punto de partida… o de llegada, que es lo mismo.

Los sucesos apenas sugeridos por el narrador acaecen en un trasfondo que es el de la Segunda Guerra Mundial.

Pero ese es apenas un dato que le añade más penumbras a un ámbito de por sí crepuscular.

En medio de esas sombras se da el devenir de los testigos de lo que pasa. Aunque ésta última expresión, lo que pasa, carece de  relación alguna con lo que aceptamos como el mundo de lo real.

¿Sueña el narrador? ¿Sueña la agonizante? Sueñan los testigos? ¿Sueña el lector?

Imposible responder a esas preguntas. Sobre todo si recordamos que el concepto de sueño es un viejo tópico de las literaturas del mundo.

De a poco, sin darnos cuenta, nos sumergimos en la segunda parte de La sentencia de muerte.

De repente, nos adentramos en el reino del deseo y del amor, esas conocidas máscaras de la fatalidad y de la muerte.

En una habitación de hotel pasan cosas misteriosas. Esa habitación es el mundo. O, si se quiere, una metáfora del mundo con su inagotable acervo de absurdos y milagros.

En este lado de la cuerda floja Ella adquiere un nombre: Nathalie. Además tiene una hija: Christiana. Pero su esencia sigue siendo igual de etérea.

Lo inasible define su ser y por lo tanto su rol en la aventura del narrador.

Todo intento de aprehensión a través de los viejos trucos del amor y el deseo convoca la presencia de la muerte.

Igual que en algunas películas de Ingmar  Bergman. El director sueco debió haber leído a Blanchot en algún punto de su trayectoria.

Por lo menos una buena parte de sus  imágenes se aproximan a esta descripción del narrador:

Me pareció exageradamente hermosa. La veía pasar delante de mí, ir y venir desde un lugar muy próximo pero infinitamente distante, como si estuviera detrás de un cristal.

A lo mejor aquí reside la clave de esta historia: todos están siempre detrás de un cristal. Y ese cristal es la metáfora de lo inasible. De la imposibilidad de acceder a ese paisaje en el que la vida y la muerte son una sola entidad.

Allí donde toda sentencia de muerte es a la vez una sentencia de vida.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada