GaleanoLas familias, los niños, los padres, nosotros, sentados a la espera del siguiente poema, el poema que removiera las fibras más íntimas de nuestro ser.

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea.

Ahora que lo recuerdo, la invitación que me hicieron para viajar a Santuario a ser jurado de un concurso de poesía, no era la primera. Ya hacía algunos meses había conocido la imponencia del Tatamá; hablé de filosofía a un grupo de estudiantes; recorrí la historia del municipio de la mano de un hombre, gran conocedor de pueblo; y, como si fuera poco, vi los tesoros que guardaba un viejo guaquero. Historia, paisajes, filosofía, marcaron un primer encuentro.

Mi regreso no se daría por alguno de los dos motivos anteriores. La poesía sería la encargada de permitirme disfrutar, de nuevo, de la majestuosidad del Tatamá. Como siempre sucede, del diálogo de dos amigos pueden nacer ideas de distintos  tamaños, colores y matices, en este caso, surgió la idea  de realizar un encuentro poético en Santuario, así me lo contaron a mí esos dos quijotes, hijos del Tatamá. Todo, con el simple motivo de leer poemas de escritores nacidos en Santuario, Pereira, o de donde fueran, pero leer. Leer para romper el tedio del ruido, para cambiar  la rutina de siempre en el parque y ganarle unas horas al sonido más ensordecedor de las discotecas y bares.

La poesía en su acepción  fundamental comprende la musicalidad y a la sombra del Tatamá no podía faltar el buen ambiente que generan los sonidos de la flauta y el piano. Lo mágico, y que nos disculpen los dueños de la palabra y la academia, por utilizar términos tan “ambiguos”, fue ver danzar las palabras, en un baile que se dio en medio de la noche, acompañadas de notas musicales. Las familias, los niños, los padres, nosotros, sentados a la espera del siguiente poema, el poema que removiera las fibras más íntimas de nuestro ser. Así, uno a uno, salieron al frente, salimos a contar -cantar-  y  escuchar.

Al final, todo salió como debía, se rompió con la monotonía de siempre, para escuchar y ser escuchados, algo no tan común en estos tiempos pero tan necesario. Nos retiramos a jugar ajedrez, reír y tomarnos un café, hablar del poema de Gonzalo, de aquel otro que nos revolvió el corazón. Varios jaque mate se dieron en esas mesas, pero sin lugar a duda, esta partida, a la sombra del Tatamá, apenas comienza.

Postada: Ya el segundo encuentro se realizó y la noticia que más alegra es que se esté planeando hacer el siguiente, esperemos que el sueño de esos quijotes, hijos del Tatamá, dure bastante.