El llamado Séptimo Arte se ha había convertido en un eslabón de la cadena de consumo instalada en esos templos modernos que son los centros comerciales: un almacén de ropa por aquí, una sección de comidas por este lado, un salón de juegos en aquella esquina, un dispensador de Coca- Cola… y media docena de teatros con proyección digital y películas desechables para completar el paquete.
Por: Gustavo Colorado Grisales
En Fitzcarraldo, la película de Werner Herzog, el delirio de un hombre empuja un barco selva adentro, porque quiere que la voz de Enrico Caruso reine sobre la algarabía de los micos y las guacamayas.
En Pereira, un grupo de empecinados empuja un viejo proyector de cine por calles y esquinas hasta encontrar un local donde asentarse con su feria de imágenes en 35 milímetros. Hablamos de una aventura llamada Cine Club Borges
De ese tamaño son las pasiones humanas.
Lo del Cine Club Borges siempre tuvo un tinte heroico, desde que se instalaron en el Teatro Comfamiliar al despuntar los años noventa del siglo anterior. La última gran utopía se desplomaba arrastrando consigo el Muro de Berlín y el cine ya no era el espectáculo de masas que desencadenaba histerias colectivas en esos grandes teatros construidos al nivel de la calle y diseñados para albergar un millar de personas.
El llamado Séptimo Arte se ha había convertido en un eslabón de la cadena de consumo instalada en esos templos modernos que son los centros comerciales: un almacén de ropa por aquí, una sección de comidas por este lado, un salón de juegos en aquella esquina, un dispensador de Coca- Cola… y media docena de teatros con proyección digital y películas desechables para completar el paquete.
Pero estos tipos querían un teatro a la vieja usanza. Y lo armaron: compraron sillas de salas clausuradas, consiguieron proyectores en mercados de las pulgas, insonorizaron su sala con vacíos panales de huevos y se pusieron a proyectar películas en una sala- café- bar cercana al Lago Uribe de Pereira.
Querían mantener vivo el cine como expresión estética y la gente les respondió. Día tras día, peregrinos de varias generaciones ocupaban el café y la sala de proyecciones para tomarle el pulso a la movida cultural de la ciudad.
Jaime Andrés Ballesteros, novelista, cuentista, profesor y realizador audiovisual se propuso contar la crónica de esa aventura.
Fuentes documentales y testimoniales no le iban a faltar: no por nada fue uno de los fundadores del cine club, en compañía de Nelson Zuluaga, Fernando Espinal y Jhon Wilson Ospina, entre otros apasionados del arte que hicieron grande hombres como Frank Capra y Luis Buñuel.
El resultado es un libro de 205 páginas, titulado El cine contra las películas, recuerdos del último teatro barrial de Pereira, publicado en febrero de 2016.
“Habíamos extendido la gran lona en el piso. De alguna forma ese lienzo, que parecía pertenecer a un pintor gigante, indicaba de golpe la verdadera dimensión de la empresa en la que nos habíamos metido. Ese inmenso rectángulo que iba cobrando su pulcritud blanca, gracias al restriegue enérgico que le propinábamos con cepillos, agua y detergente en cantidades generosas, sería en pocas semanas, si todo resultaba de acuerdo a lo planeado, la pantalla donde se proyectarían las películas del Cine Club Borges”.
Así, en ese tono de epopeya urbana desplegado en el primer párrafo está contada la historia. De ahí en adelante, como quien teje el guión para una película de aventuras, el narrador nos lleva a través de una suma de imágenes al nacimiento y peripecias de una de las más valiosas empresas culturales gestadas en la región.
En su recorrido evocamos títulos de películas como Cinema Paradiso o El silencio de los inocentes, claves en la imaginería de quienes se hicieron adultos en los años noventa. Asistimos a anécdotas como la de aquella vez que la policía ingresó a la sede del cine club, con el fin de interrumpir una fiesta de disfraces. Recordamos la presencia de importantes directores de cine colombianos y, sobre todo, admiramos el tesón de ese grupo de personas que, poniéndole cara a las dificultades financieras, reinventaban cada día el milagro de abrir las puertas de su sala, justo cuando se cerraban miles de cines de barrio en el mundo entero.
PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada


