Si la vida pasa de largo y nos deja varados a la vera del camino, sólo nos quedan las palabras para nombrar nuestra particular forma de la disolución. Esa convicción alienta en los cantos del Rey Salomón y en la ebria lucidez de Li-Po.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Difícil el oficio de poeta en estos tiempos de estruendo: al fin y al cabo, lo suyo es esculpir en el silencio.

Esa dificultad trae consigo una ventaja: de antemano, el poeta sabe que la batalla está perdida y eso lo salva: puede consagrar su vida entera a la búsqueda del silabario cifrado donde anida el misterio.

De modo que cada día reemprende su tarea sin que nada ni nadie lo apremie.

Ni siquiera las musas, extinguidas hace ya tanto tiempo.

En su lugar, presta atención al fraseo del viento, al rumor del agua, al mutismo de las piedras.

Es en esas entidades milenarias donde la poesía resiste los embates del ruido.

El poeta Uriel Hincapié Montoya lo sabe. Por eso labra sus versos con los aleteos del colibrí, con el deslizarse de la lluvia sobre una hoja de plátano. Con las voces que lo interpelan desde las entrañas de la roca o la madera.

Como corresponde a los buenos poetas lo suyo es, si se quiere, otra forma de la mística.

La de los sabios de oriente, que abrevan en los koanes del budismo zen o la de los iluminados cristianos como sor Juana o san Juan de la Cruz.

Esa forma de transitar la luz constituye la materia de Río de olvido, el breve poemario que resultó ganador en la convocatoria de la Secretaría de Cultura de Pereira en 2018.

Sus tópicos son los de siempre: el olvido que horada nuestras más firmes certezas. El amor que nos calcina y arroja nuestras cenizas al viento.

La muerte que cierra el círculo de la vida y así le da sentido a todo.

Lo importante aquí es la manera de decirlo. Como en este poema titulado Súplicas de amor:

Todo lo que se encuentra en el medio está en el final: una verdad nos mira a la cara, explora la infancia, revisa el ser. Pero ya no estamos, la vida pasó de largo: un niño en el abandono se da de bruces contra el destino, no sabe de caminos ni de metas, no acaba de comprender

Lo de Uriel Hincapié es poesía en prosa, o prosa poética, según cada lector lo quiera interpretar.

Si la vida pasa de largo y nos deja varados a la vera del camino, sólo nos quedan las palabras para nombrar nuestra particular forma de la disolución. Esa convicción alienta en los cantos del Rey Salomón y en la ebria lucidez de Li-Po. En La arboleda perdida de Rafael Alberti y en el vuelo de las aves que surcan el cielo de los versos de Aurelio Arturo.

Sin embargo, presa de engañosa ensoñación de la corriente, la piedra anhela convertirse en agua. ¿Y qué piden las hojas? Abundante lluvia pues el lugar reclama vida y no muerte. Así una sombra lúgubre rodee al Maestro, no huye del Monte de los Olivos. Río, piedra, oración, lluvia, ruta de hogar con dulce canto de pájaros.

Monte de los Olivos es el título de ese poema que se nos cruza en la página cuarenta y dos para recordarnos que, más tarde o más temprano, a todos nos aguarda el encuentro con lo más cierto de nuestro ser en el punto más elevado de la montaña.

Si regresamos purificados o no, dependerá de nuestros aprendizajes en el tránsito hacia la luz tejida con las voces del camino.

Al menos eso es lo que se desprende del poema titulado Detrás de las colinas:

Habrá de cumplirse nuestro anhelo más alto: disolvernos en la tarde tocando con las manos la hierba fresca. En todo viaje es menester saludar la luz que aparta todo consuelo. El descanso verdadero se construye detrás de las colinas. Lo sabe la mariposa que no cesa de nacer en su proceso.

Entonces lo comprendemos: no es que la vida pase de largo. Es que no cesamos de nacer y por eso cada recodo es el comienzo y el final del camino.

De ese Río de olvido que nos sugiere Uriel Hincapié en el título de su libro.