La semana del 25 al 31 de diciembre el tiempo entra en una suerte de suspensión. En una tierra de nadie.

Por: Gustavo Colorado

El frenesí navideño de compras, agasajos y derroche alcanzó el clímax. Ahora viene la caída: la tristeza post coitum que tanto inquietara a san Agustín.

Son siete días en los que una niebla lánguida lo cubre todo: el  hálito de la incertidumbre  vuelve por sus feudos. Resaca, llaman a eso en algunos lugares del mundo. Guayabo, le decimos por estos lados. Es algo así como una desilusión que  no se resuelve del todo a aceptarse a sí misma.

Nada como esos días para sentarse a contemplar, libreta en  mano, el paso de la vieja y conocida locura humana, esa compañera de viaje que nos desnuda y nos deja expuestos en cualquier esquina con total impunidad. Y entonces resulta inevitable constatar cómo una época del año, destinada en principio a celebrar valores como  la austeridad, la solidaridad y la amistad se convirtió  a la vuelta de unas décadas en una comparsa histérica de compradores y vendedores.

Sentado a mi mesa del café vi pasar multitudes acarreando paquetes y canastas repletas de juguetes, ropa, aparatos electrónicos, comida, bebidas y una colección completa  de cachivaches inútiles que en un par de meses desbordarán los camiones de la basura. De repente, una señora entrada en años -y en carnes- se transforma en pulpo  ante  mis ojos: ni una decena de brazos le alcanza para abrazar tantas cosas.

Es la glorificación de la mercancía  convertida en fetiche supremo. La liturgia del capital llevada a su más alto grado de sofisticación. Estamos ante la epifanía del mercado como ser vivo y poseedor de una voluntad. No de otra manera se explican titulares como estos en las páginas económicas de los periódicos: “Los mercados se excitan”. “Los mercados se conmueven”. “Los mercados se contraen”.

Leyéndolos, no sé por qué pienso en esas criaturas proteicas, omnívoras y malignas  creadas por el genio  de H.P Lovecraft. Puestos a buscar explicaciones, lo más fácil sería decir que todo ese delirio es el resultado de la manipulación de publicistas y magos del mercadeo. Pero sería asignarles  facultades y talentos que no poseen: en realidad su único papel consiste en pescar en el río revuelto- y a menudo turbio- de los anhelos, ansiedades, temores, deseos, frustraciones y apetitos humanos.  A lo sumo, hurgan como buscadores de perlas en las entrañas del desasosiego ajeno.

Esa es la otra parte de la historia. En diciembre, un sentimiento de culpa  se apodera del mundo  entero. Es la culpa por las cosas no dichas, por los encuentros aplazados, por las citas incumplidas, por los besos negados. Y entonces todos se arrojan -ebrios o sobrios- en brazos de todos, conscientes al fin de que la vida se agota y no da lugar a plazos.

“El resto del año uno carece de tiempo para esas cosas”, me dice, contrito, un compañero de trabajo mientras me entrega un paquete  adornado con motivos navideños. Lo abro, y descubro un disco de Tom Waits, el santo patrono de los desesperados. Cuando  intento dar las gracias el hombre  está  unos treinta metros más adelante, repartiendo aguinaldos  a una velocidad de vértigo, como si en ello le fuera la vida.

Me prometo que el próximo año le regalaré alguna cosa. No sé. Una corbata. Un perfume. Algo así.

A medida que se acerca la víspera de año nuevo las cosas me resultan más claras. Como a lo largo de trecientos treinta y cinco días la gente no hace una pausa para tomarse un café a la lumbre de una charla desprevenida o para dedicarse a su pasatiempo  favorito en compañía de los viejos compinches, pretende recuperar todo lo perdido en treinta días, como  si esas cosas fueran acumulativas y uno las pudiera retirar del depósito cuando las necesita.

Por eso el desbordamiento de los últimos  treinta días. Regalos van y comidas vienen en una especie de ritual crispado, más parecido a una maratón de cumplidos que a un intercambio de afectos. Personas que a lo largo del año a duras penas nos  saludan, de repente se nos arrojan al cuello y alcanzan  incluso a soltar unos cuantos lagrimones.  No contentas con eso insisten, con agobiante vehemencia,  en que es cuestión de vida o muerte reunirse  a cenar.

“Es el espíritu de la navidad”, recitan sin demasiado entusiasmo.

De momento, prefiero dejarlo pasar.

Ya vendrán los tediosos días de enero a poner las cosas en su sitio.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

 https://www.youtube.com/watch?v=6MZsGQRirbI