Para ordenar y descifrar la ciudad urge aclarar, antes que nada, si con la palabra ciudad nos referimos a los ideales frustrados e inviables, o a la escoria que esconde bajo su piel un camaleón y que tratan de ocultar los discursos oficiales.

 

juan-alejandro-jaramillo-colPor: Juan Alejandro Echeverri

La materia se llamaba teoría del signo, también conocida como semiótica. Además de las teorías indigeribles, recuerdo una máxima irrefutable: el significante no siempre es equivalente al significado. Es decir que, por esas místicas complejidades del lenguaje, el concepto (o el significado) representado por una palabra varía según el lugar, la cultura, la edad o estrato social del receptor –entre otros.

De tantos, hay un caso particular, y personal, que ilustra la validez de la teoría.

La ciudad, históricamente conjugada en singular, es mucho más que una selva de cemento o el epicentro de la producción a gran escala. La ciudad, fiel reflejo del hombre y la sociedad que habita, no es una sino muchas ciudades.

La ciudad agrupa gran cantidad de factores heterogéneos, pero no es capaz de engranarlos y ponerlos en función de un objetivo común.

A la humanidad parece haberle pasado lo que le sucedió a Victor Frankenstein: ambos engendraron una criatura que al  crecer atenta contra su progenitor. Aunque no es la primera vez que nos pasa eso, mucho antes habíamos parido otras criaturas ingobernables y contraproducentes: entre ellas el amor, el poder, el azar…

La ciudad se ha revelado. Y lo revelado cada vez se parece menos a lo que quisieron crear los humanos. Basta con verlos caminar: marchitos, automáticos, ahogados, quejumbrosos, y compitiendo por el premio al ceño más fruncido.

Al principio, todo marchaba bien. La obra era tan perfecta que todos querían ser parte de ella, y quienes hacían parte de ella se sentían privilegiados. Pero un día, la raza superior citadina, estupefacta, se negaba a creer que fuera capaz de parir tanto caos. En realidad, los abrumaba no saber qué hacer con esa hija malcriada.

Y a pesar de tantas medidas implementadas –que pretenden tapar el sol con un dedo- el reflejo de nosotros es turbio, adulterado, incoherente y sectario. Cada día aumenta la dificultad de armar el rompecabezas ciudad. Y sus habitantes siguen esperando los días no hábiles para huir de ella.

En Armenia, por citar un ejemplo, al norte las personas viven como quieren, al sur las personas viven como pueden; la “ciudad milagro” los días hábiles es inundada por ríos de carne humana, los domingos es un desierto de concreto; en la capital del Quindío, los ricos viven cerca al cielo, los pobres viven cerca al rio; en Armenia, la clase pudiente, escucha serenatas en las plazoletas de los centros comerciales, mientras que los parásitos del capitalismo, en la misma ciudad, ven un oasis en cuanta caneca o bolsa plástica encuentran. 

Si la pretensión es ordenar y descifrar la ciudad urge aclarar, antes que nada, si con la palabra ciudad nos referimos a los ideales frustrados e inviables, o a la escoria que esconde bajo su piel un camaleón y que tratan de ocultar los discursos oficiales.

@j_alejo16