De las mentiras y otros demonios

Y cuando creí que yaceríamos en el fondo –nuestro fondo– un político de apellido Vélez sale a decir que la materia prima del triunfo político de su colectividad fue la ignorancia ciudadana.

 

juan-alejandro-jaramillo-colPor: Juan Alejandro Echeverri

Juan Carlos Vélez, excandidato a la alcaldía de Medellín, reconoció en una entrevista concedida al diario La República, que la campaña que promovía el voto por el No en el plebiscito buscó despertar la indignación entre los votantes para que salieran a votar “verracos”.

Con el cinismo típico de los de su especie, Vélez agregó:

“Unos estrategas de Panamá y Brasil nos dijeron que la estrategia era dejar de explicar los acuerdos para centrar el mensaje en la indignación. En emisoras de estratos medios y altos nos basamos en la no impunidad, la elegibilidad y la reforma tributaria, mientras en las emisoras de estratos bajos nos enfocamos en subsidios. En cuanto al segmento en cada región utilizamos sus respectivos acentos. En la Costa individualizamos  el mensaje de que nos íbamos a convertir en Venezuela”.

En lo personal esperaba que el plebiscito (proceso que no terminaba con la firma de los obsoletos acuerdos) fuera ese proyecto fundacional, tan seductor, que lograra comprometer a toda la sociedad colombiana.

Algunos ingenuos optimistas, entre ellos la periodista Claudia Morales, pensábamos que a partir del 2 de octubre se acabarían la excusas “para que cada uno de nosotros siga eludiendo las responsabilidades que corresponden”; que había llegado la hora “de poner nuestra cuota de trabajo para que Estado y Farc” cumplieran lo pactado.

Pero esta nación literaturesca, que se empeña en poner a prueba nuestra capacidad de asombro, hizo de la paz un espectáculo empalagoso y absurdo.

La paz –nuestra paz– nos dejó al desnudo ante el mundo y ante nosotros mismos. El plebiscito para el mundo fue una gran sorpresa, para nosotros fue la confirmación de un estilo de vida, de un método, de un credo, de una jerarquía, de una brecha social más grande que Júpiter.

El 2 de octubre a las siete de la noche pensé que nuestro país, por fin, había tocado fondo.

Pero dos semanas después me atormenta como un hierro caliente esa pregunta sin respuesta que se hizo Martín Caparrós: “¿Sirve para algo tocar fondo? ¿O sólo para saber que, en realidad, el fondo está todavía más abajo?”.

Y cuando creí que yaceríamos en el fondo –nuestro fondo– un político de apellido Vélez sale a decir que la materia prima del triunfo político de su colectividad fue la ignorancia ciudadana.

Y cuando un político le dice la verdad a un país –que ellos (nuestros políticos) son muy inteligentes y el pueblo muy estúpido– esa verdad provoca la erupción del volcán indignación.

Y cuando el volcán explota, el mentiroso publica un comunicado en donde trata de maquillar una mentira con otra mentira.

Y cuando ni el mentiroso cree en sus mentiras, la mentira se convierte en un arma de destrucción masiva.

Y cuando la mentira es terrorismo de Estado, no hay fondo que pueda parar la hecatombe.

Tal vez tocar fondo –nuestro fondo– nos sirva para reconocer lo que somos: una fosa común de más de un millón de metros cuadrados: repleta de engaños creíbles, de trampas legítimas, de impunidades justificadas, de mentiras glorificadas.

Al fin y al cabo Juan Carlos Vélez, en un acto cargado de filantropía, confirma que el mayor miedo de los colombianos, y del ser humano, es mirarse al espejo y descubrir lo que somos: obreros de una fosa común que no tiene fondo.

@j_alejo16