Esto se evidencia, entre otros muchos rasgos, por la forma tradicional de nuestra política, ejemplo de ello: el  estar sujetos a los gamonales de turno de cada región, que dictan sus órdenes y deciden a quién nombrar o no en determinado cargo y demás bisuterías del poder económico y político local.

 

christian-camilo-galeano-benjumea-colPor: Christian Camilo Galeano Benjumea

Después de haber pasado tres semanas del plebiscito y de las borracheras colectivas a favor y en contra de los resultados y, por ende, de su respectivo guayabo moral, resulta importante reflexionar alrededor de una idea política clave en este hecho, a saber: la opinión pública.

Ya Habermas, el filósofo alemán, realiza un trabajo notable en rastrear los orígenes de la opinión pública y su desarrollo en el ejercicio político moderno en el libro Historia y crítica de la opinión pública.

La opinión pública se configura, según Habermas, como el ejercicio deliberativo de una clase social (burguesía) sobre los asuntos de toda la sociedad, tomando la potestad de nombrarse a sí mismos como los guías y faros de la sociedad, pues su poder económico les permite saber cuál es el “camino correcto” que debe seguir la sociedad, a través de órganos de difusión como los periódicos.

En este punto Habermas se ubica en las estructuras sociales y clases emergentes de una sociedad capitalista; sin embargo, el ejercicio reflexivo va mucho más atrás y halla (para nuestra utilidad) la forma como se ejerció la opinión pública en la Edad Media.

Durante este período histórico, la opinión del Rey era la palabra de Dios y los súbditos debían acatar sin vacilar las ideas u opiniones que el rey desde sus augustos palacios dictaba, a través de los pregoneros (medios de comunicación del momento).

¿Por qué remitirnos hasta las ruinas medievales para realizar una lectura de la caótica política colombiana? Sencillo, porque no es un misterio que a pesar de que Colombia se halle en pleno siglo XXI, con sus autopistas 3G, grandes aeropuertos, urbes que crecen desaforadamente, los colombianos (en términos generales) tienen una estructura medieval de pensamiento.

Esto se evidencia, entre otros muchos rasgos, por la forma tradicional de nuestra política, ejemplo de ello: el  estar sujetos a los gamonales de turno de cada región, que dictan sus órdenes y deciden a quién nombrar o no en determinado cargo y demás bisuterías del poder económico y político local.

Pero si hay gamonales locales, también hay un pequeño reyecillo, que desde su título de expresidente y senador, se ha sabido instalar en el inconsciente colectivo como el salvador y padre bondadoso (tiránico también) que va ordenar el país asolado por las demoniacas huestes guerrilleras. Y su palabra pareciera ser palabra de Dios para muchos de sus seguidores.

Aquí viene el momento en el cual, sea por una acto fallido o un cándido error del vencedor, el jefe de la campaña del No (Vélez Uribe) relató como la campaña publicitaria se construyó con base en aumentar el temor y el caos, amparados en las sabias palabras del pequeño reyecillo senador y expresidente.

Claro que la campaña por el SÍ tampoco está libre de culpas. Proclamar a viento y marea que llegaríamos a un paraíso terrenal de absoluta fraternidad no caló en las mentes del electorado del No, y menos en la indiferente masa que se abstuvo de votar.

Se puede observar que el ejercicio publicitario de la opinión pública se enfoca en orientar la opinión de las personas en las palabras del sabio guía, que puede tomar las vestimentas de reyecillo o nobel de turno, pero que buscan, a fin de cuentas, que sus palabras, como las de Dios, sean la Verdad.

Tristemente, la idea de opinión pública como eje deliberativo en nuestra sociedad sigue siendo una tarea pendiente.

Twitter: @christian1090

Correo: ccgaleano@utp.edu.co

 

 

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