Las narices de la iglesia

La iglesia católica no tiene autoridad moral para deslegitimar una decisión arraigada en el repertorio de derechos contemporáneos, y en este caso el derecho que les asiste a las mujeres a interrumpir el embarazo por causas asociadas a violaciones, por ejemplo, o malformaciones del feto.

 Por Carlos Victoria

Resulta jarto pero necesario tener que dedicar unas líneas a la arremetida de la iglesia católica contra las libertades individuales, y especialmente contra  los derechos de las mujeres en pleno siglo XXI. La interrupción voluntaria del embarazo tiene al menos cinco razones en el contexto jurídico y científico. Otra cosa distinta es que el aborto siga siendo prohibido. Lo que es inadmisible es que prime el moralismo inquisidor, como institución oprobiosa del pasado.

Las razones son muy concretas. En primer lugar se eleva como derecho fundamental constitucional la interrupción voluntaria del embarazo, reiterado por medio de la sentencia T-585 de 2010, con fundamento en un análisis sobre los derechos a la dignidad humana, libre desarrollo de la personalidad, y los derechos reproductivos como la salud física y mental. En cambio para los sectores políticos y religiosos más retardatarios esto es sencillamente un crimen.

En segundo término a todas luces es claro que penalizar el aborto en Colombia es agravar el problema. Es someter a las mujeres a la práctica ilegal del mismo. El sistema de salud debería estar enfocado a la prevención del mismo con campañas educativas, informando a las mujeres y sobre todo a las más jóvenes sobre métodos anticonceptivos y salud sexual. La iglesia por el contrario sataniza toda práctica en ese sentido.

En tercera instancia es evidente el auge de un derecho muy innovador e interesante, como es el derecho a beneficiarse de los avances científicos. Este iría relacionado con el derecho a informarse, a tener la posibilidad de conocer y ser informado sobre los métodos científicos para la toma de decisiones que tenga que ver con la salud sexual, mental y física. En el Medioevo la iglesia, especialmente, condenaba cualquier desarrollo científico que  sacara a la humanidad del oscurantismo.

En cuarto lugar está en juego el derecho a la equidad. En una sociedad marcadamente machista el género femenino se encuentra en desventaja sobre el masculino en temas de salud sexual y reproductiva, es por ello que la Constitución de 1991 se hizo para generar igualdad y equidad entre todos y todas. En contraposición a la modernidad las posturas más conservadores pugnan por un tipo de orden que privilegia el sometimiento.

Y  en quinto término también es evidente que los sectores que están en contra-vía del aborto tienen argumentos que surgen de posiciones morales y religiosas, sin asidero científico. Por ello, el Estado debe velar porque las decisiones que impactan a todos los ciudadanos sean tan neutrales como sea posible; sin embargo, en Colombia los sectores religiosos y determinados funcionarios, como el Procurador General,  basan la mayoría de sus decisiones sobre moralismos dogmáticos, aunque la Constitución nos catalogue como un Estado laico. Todo este debate prueba que estamos lejos de serlo.

La iglesia católica no tiene autoridad moral para deslegitimar una decisión arraigada en el repertorio de derechos contemporáneos, y en este caso el derecho que les asiste a las mujeres a interrumpir el embarazo por causas asociadas a violaciones, por ejemplo, o malformaciones del feto. Las mismas a que han sido sometidas cientos de mujeres por curas abusadores y violadores, pero finalmente humanos.

 La jornada que hoy se propaga en todos las iglesias es una verdadera afrenta contra todo lo que signifique dignidad, autonomía y razón de ser, a cambio del dogma, el miedo, el sometimiento, y la mentira.  Iglesia que no ha sabido leer los tiempos, y menos aún descifrar los contextos sociales y culturales en los que vivimos. No olvidemos que  “La iglesia colombiana se ha mantenido entre las más conservadoras del continente, oponiéndose a posiciones activas en contra de las desigualdades sociales” (Hartlyn, 1993).

Ya quisiera ver a la iglesia metiendo las narices pero en las fauces del poder; denunciando y combatiendo a los verdaderos destructores de la vida; asumiendo con ahínco la defensa de los males débiles. Por fortuna todavía hay sectores del catolicismo comprometidos en la defensa de los derechos humanos, la justicia y el presente de millones de seres sin esperanza. El pasado 4 de octubre el mundo recordó a Francisco de Asís, un hombre moderno en medio del hambre, las guerras y la tiranía: con su ejemplo sirvió a la humanidad.

Las amenazas de muerte contra nica Roa prueban hasta donde los fanatismos son criminales y confirman que  la propia complejidad del asunto que no se puede despachar desde un púlpito.