Los hombres, como de costumbre sordos ante las palabras de las mujeres, prefieren ignorar los pedidos de igualdad política y continuar como si nada pasara.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

La lucha por los derechos de las mujeres siempre ha sido difícil y tortuosa. Las sufragistas es una película que retrata una de las mil batallas que han llevado las mujeres, en este caso a principios de siglo XX en Inglaterra, por conquistar el derecho al voto.

La virtud de la película radica ofrecer un cuadro de las penurias que sufrían las obreras en el ámbito laboral, familiar y sexual. Lo que causa mayor asombro es que este cuadro persiste en estos tiempos con formas más sutiles de violencia.

Ahora bien, las mujeres pasaron poco a poco a convertirse en una fuerza laboral importante dentro del proceso de industrialización; sin embargo, ese terreno que se ganó en el espacio laboral fue llenado por un discurso machista y religioso que las seguía viendo como seres inferiores.

La película muestra esta contradicción, pues abundan escenas donde se observa el trabajo femenino en las empresas; cientos de mujeres se entregan a las labores industriales, a costa de su bienestar y esperando poder sobrevivir, tanto ellas como sus familias.

Al tiempo que las mujeres realizan sus labores, son vistas con una falsa misericordia por parte de los patronos, la cual escondía abuso del poder y el deseo de acceder a favores sexuales de las obreras. ¿Cuántos jefes no ocultan detrás de la venia y halago otras intenciones sobre sus subalternas?

A su vez, Colombia no estaba en ese momento pasando por algo muy distinto. Salvando las proporciones y las diferencias, como se muestra en el libro Gente muy rebelde (Tomo III), donde el profesor Renán Vega Cantor hace un recuento de las penurias que sufrieron las mujeres en la década del veinte del siglo pasado. Las primeras formaciones industriales en algunas ciudades del país comenzaron a recibir la fuerza laboral femenina, abundante y barata.

Pero a la par que se conformaban los grupos obreros femeninos que trabajan en fábricas textiles y tabacaleras, se configuraba un discurso moralista sobre las mujeres.

De este modo, el clero exigía tener “inspectores de la moralidad” en las fábricas, vigilando que estas no fueran a tener un mal comportamiento o provocaran a sus pares masculinos.

Al mismo tiempo, las mujeres tenían largas jornadas laborales y salarios paupérrimos. Además de vetarse en las fábricas a madres solteras o divorciadas; consideradas un atentado contra la moral pública y el buen comportamiento.

En esa misma línea, las mujeres inglesas recibían un discurso paternalista y protector por parte de los hombres. Los esposos estaban encargados del buen comportamiento de las mujeres, ellos tenían el amparo de Dios y la ley sobre las acciones de sus esposas. De ahí las escenas en las cuales el marido de una de las protagonistas es llamado constantemente a que imparta disciplina sobre su díscola mujer.

Resulta lamentable el panorama de los hombres en la película, porque si las mujeres están encasilladas en una estructura social que las reprime, los hombres están condicionados a actuar de una manera establecida.

Los hombres deben actuar como instrumentos del orden ante los ataques histéricos de la mujer; mantener el orden en la estructura familiar para que se preserve el orden social.

No obstante, hay un elemento interesante dentro de la película: el llamado de las mujeres a actuar. Las palabras no bastan ante la indiferencia del establecimiento por escuchar sus exigencias.

Los hombres, como de costumbre sordos ante las palabras de las mujeres, prefieren ignorar los pedidos de igualdad política y continuar como si nada pasara. Era normal que las mujeres trabajaran más, sufrieran acoso sexual y estuvieran sujetas a la palabra del hombre. ¿Por qué iban a querer perder sus privilegios?

Tampoco es extraño encontrar como entre las mujeres de Las sufragistas existía poca solidaridad (sororidad sería el concepto preciso). Ante el reclamo de algunas compañeras, otras observan con desconfianza y recelo, observan y guardan silencio, asumen que el voto y las mejores condiciones labores no son para ellas alcanzables, en realidad no se sienten merecedoras de aquellos reclamos.

Aquellas que alzan la voz y realizan acciones intrépidas, actúan bajo los efectos de la estulticia y la histeria. Ven, con grave peligro, como el enemigo son las mujeres que actúan diferente.

Es decir, se han interiorizado las formas de opresión y el enemigo es el igual, a saber, la mujer que también es explotada, pero se niega a padecer ese destino. Freud llamará a este fenómeno narcisismo de las pequeñas diferencias.

La película ofrece muchos aspectos a discusión, más en estos momentos donde abundan los casos de abuso de poder, discriminación de género y maltrato. Las mujeres nunca han tenido una tarea fácil, desde la responsabilidad de criar a los hijos y mantener el hogar, hasta la férrea batalla por ganar un puesto merecido en un mercado laboral diseñado para la gloria de los hombres.

A pesar del horror de muchos, se hace necesario generar condiciones de igualdad entre  hombres y mujeres, en todos los espacios: laborales, cotidianos, hogareños, académicos, para así evitar entonar aquel bolero “Voto de la mujer” del Trío Matamoros que se cantaba en la década del treinta del siglo pasado en tierras colombianas:

No puede ser representante la mujer

ni mucho menos senador;

la mujer no sirve más que para ser mujer.

No le den el voto por favor,

que mal gobiernan

las mujeres

porque son cobardes

las mujeres

no van a la guerra

las mujeres

se quedan en casa

las mujeres

porque son cobardes

las mujeres

cuidan los niños

las mujeres

cuidando los perros

las mujeres

no le den el voto

a las mujeres

porque son cobardes

las mujeres.