La etimología de la palabra “frontera” se relaciona con el sustantivo latín “frontis” que, paradójicamente, indica todo lo contrario a lo que entendemos hoy por la frontera de un país. Frontis es donde empieza un edificio, mientras que frontera es donde termina un país.

Por Wooldy Edson Louidor

Frontis remite a las imágenes arquitectónicas de fachada, frente, parte anterior, frontispicio, es decir, lo primero que se aprecia en un edificio. Por su parte, la noción de frontera indica los límites geográficos (reales o imaginarios, “naturales” o artificiales) que separan el país, la nación, el Estado, el pueblo -o como se le quiere llamar- de otros (los vecinos). Frontera es el límite de un territorio soberano, y frontis es el inicio de una relación con el otro. La frontera impide el paso a potenciales enemigos, y el frontis invita a entrar a potenciales amigos.

Sin embargo, cuando uno llega a una frontera muy viva, tal como Cúcuta (frontera de Colombia con Venezuela), Tabatinga (frontera de Brasil con Colombia y Perú), Ouanaminthe (frontera de Haití con República Dominicana) o Arica (frontera de Chile con Perú y Bolivia), salta a la vista la vida humana que se teje en estos espacios, enunciados por los Estados como líneas divisorias que hay que controlar y vigilar celosamente.

Estas fronteras constituyen tejidos de relaciones humanas en toda su complejidad. Allí puede haber mucha violencia y discriminación, así como mucha convivencia y solidaridad. En algunos casos, es tan fuerte el lazo humano que se vive allí que se vuelve difícil ver la línea divisoria –real o imaginaria-.

Para muchos habitantes de frontera, el país comienza en la relación con el vecino –que en muchos casos es un hermano, una hermana o un primo lejano o cercano-. La frontera es pues la entrada al propio país, es donde se da la bienvenida a nuestro hogar patrio. Es un frontis.

En Colombia, el simple hecho de cruzar una frontera (hacia Venezuela, Ecuador, Panamá o Brasil) permitía a muchas personas y familias salvar sus vidas a lo largo de más de medio siglo de conflicto armado interno. Hoy en día, muchos venezolanos y colombo-venezolanos ven en el lado colombiano de la frontera una posibilidad para conseguir alimentos, medicina y trabajo, frente a la crisis humanitaria que se vive en su país.
Para otros (por ejemplo, algunos pueblos indígenas y comunidades binacionales o transnacionales), la frontera es la casa común que siempre ha existido entre dos o tres países vecinos, antes de la división arbitraria que hicieron los colonizadores y/o los Estados. La frontera es un puente, que lleva de aquí para allá y de allá para acá.

De hecho, muchas fronteras son construidas sobre puentes físicos levantados por encima de ríos. Pero el puente del que estamos hablando es un imaginario que puede evocar la nostalgia de un bello pasado de unidad (como es el caso de pueblos indígenas que viven en las fronteras de Colombia con Ecuador, Panamá y Venezuela) o el dolor de un pasado cruel entre ambos pueblos (es el caso de los haitianos y dominicanos).
Independiente de lo que evoque el imaginario en este caso, éste sigue representando el puente como lo que permite conectar a los dos o tres lados separados, en términos de cultura, comercio e historia. Por ejemplo, el puente del Río Masacre (en la isla que comparten Haití y República Dominicana) recuerda tanto a los haitianos de Ouanamithe como a los dominicanos de Dajabón que una historia dolorosa y solidaria los atraviesa. Una historia que los haitianos y los dominicanos del interior y de otras fronteras no perciben ni viven de esta manera.

Finalmente, para unos más (que son mayoritarios), la frontera es una zona de no derecho que sirve para hacer negocios ilegales, tales como el comercio de droga y de armas, el tráfico ilegal de migrantes y el contrabando, y también para combatir dichos negocios. De hecho, esta visión criminalizante es la que ha sido privilegiada desde el Estado y el resto de la sociedad.

Por eso, las zonas de frontera suelen ser históricamente abandonadas por el Estado, que piensa coyunturalmente en ellas como enclaves de desarrollo (para vender y comprar productos, mejorar los indicadores de la macro-economía y proyectar nuevas geografías de mercado) o como áreas para la intervención militar. Por otro lado, el resto de la sociedad suele ver estas zonas de frontera como lugares lejanos y a sus habitantes como ciudadanos y ciudadanas de segunda o de la periferia.
Frontis, puente y zona de derecho: son tres caras, entre otras, que tiene la frontera en los imaginarios.