“ Al´ improvviso con lo sguardo/ cerchiamo un modo di raccontare/che cosa abbiamo fatto delle nostre vite”.
Por Gustavo Colorado
Ya lo han dicho tantos: “Traducir es traicionar”. Quien intenta trasplantar una imagen, una idea, un concepto de un idioma a otro, corre el riesgo de extraviarse en insondables meandros. A lo mejor en ese tránsito se pierde la esencia del original, nos dicen. Eso, suponiendo que exista una “ esencia”, que un texto no sea todo esencia.
Pues bien, el poeta italiano Emilio Coco se dio a la tarea de verter a ese idioma un grupo de poemas escogidos del colombiano Giovanny Gómez publicado bajo el sello Raffaelli Editore. Son ciento veintisiete páginas en las que se condensa un arte poética dirigida a bucear, con palabras distintas, en los viejos tópicos de la poesía: el tiempo, el amor, el silencio, la noche, la muerte, el insomnio, el olvido.
¿Qué clase de palabras pueden servirnos para nombrar- es decir, para recordar- un mundo que se disuelve apenas visto? Si la dicha de un beso ya es olvido antes del último estremecimiento, la tarea del verbo- hacerse carne- se resume en el oficio de Sísifo. Empujamos nuestra experiencia del mundo ladera arriba, donde el tiempo, impasible como todas las divinidades de su estirpe, nos la devuelve hecha guijarros que debemos recomponer para reiniciar la tarea.
Como buen poeta, Emilio Coco sabe que la belleza de este oficio reside en su inutilidad esencial. Por eso emprende la tarea con la paciencia de los viejos tejedores. Si el poema es la casa donde alienta el misterio de un solo verso, el trabajo del traductor exige un esfuerzo por partida doble. Deberá ahondar en las claves de la lengua donde fue gestado para buscar, no un sinónimo, sino una manera de decir que se aproxime a esa semilla. De ahí lo estéril de las traducciones literales. En poesía no se trata de transcribir sino de aproximarse en un sobrevuelo que debe evitar las colisiones. Amor o muerte no quieren decir lo mismo para los herederos de Dante o Shakespeare que para los hijos del Caribe habituados a otras turbulencias de la sangre. Los buenos traductores lo saben y por eso se acercan con cautela al objeto de su exploración: un paso en falso y la vasija donde alienta el misterio de las palabras puede romperse en mil pedazos.
“Queste porte aperte/ alla notte del corpo. “Estas puertas abiertas/ a la noche del cuerpo”. He ahí un buen punto de partida para empezar el largo, tortuoso y gozoso camino que conduce a una buena traducción. Por supuesto, no nos hablan aquí del cuerpo clasificado por los anatomistas o convertido en fetiche por los autores de manuales eróticos. La presencia de la puerta nos remite al cuerpo- puente- abismo tendido entre la vida y la muerte. Si la puerta es umbral, la muerte deviene imagen de la vida … o al revés, si nos atenemos al viejo juego de los espejos enfrentados.
Lector devoto de los versos de José Manuel Arango, Giovanny Gómez conoce el valor de la pausa, del silencio. En esos resquicios se adentra Emilio Coco para devolvernos desde otra lengua, la de Petrarca, la nuez de este libro de poemas titulado, no por casualidad: Palabras que saben morder en los sueños. El traductor escudriña en esas pausas para morder, ya no los sueños, sino las palabras que los roen, como roen a todo el que se enfrenta a un buen texto. Y entonces “ De repente con la mirada/ buscamos una manera de contar/ qué hicimos con nuestras vidas”.


