Gloria

No fue el lenguaje lo que por ejemplo creó el submarino o la nave espacial, artefactos anticipados por Julio Verne a partir de su conocimiento científico y las proyecciones que a partir de él su imaginación construyó, fueron la ciencia y la tecnología que ya habían avanzado lo suficiente cuando aquéllos pudieron ver la luz del sol.

 

Por: Gloria Inés Escobar Toro

Voy a decirlo abiertamente y sin rodeos: me incomoda hasta la irritación escuchar o leer a quienes de buena fe o por simple impostura o por estar a la moda, utilizan el llamado lenguaje inclusivo, esto a pesar de que reconozco que en mínima forma lo utilicé cuando empezó a debatirse sobre el tema del sexismo implícito en el lenguaje. En aquel tiempo entendí que efectivamente el lenguaje, como casi todo lo creado por el ser humano o ejecutado por él, estaba hecho a medida del hombre, léase varón, del mismo modo en que años después y gracias a la lectura de un libro de unas italianas feministas de la diferencia, se me reveló también que igual pasaba con el sexo, es decir, que éste se ejercía en función del placer sexual del varón más que del de la mujer, pero bueno, ese es otro tema.

Reflexionando, el asunto resultaba lógico, porque efectivamente habitamos en un mundo cultural fabricado por, para y de acuerdo a los intereses, necesidades y gustos del hombre, es decir, de quien desde hace mucho se hizo con el poder no solo sobre lo humano sino, también, sobre lo divino. Y aunque esto es cierto y el lenguaje no escapa a ello, pues nombra y se refiere al mundo desde lo masculino, también es cierto que este instrumento maravilloso que poseemos para comunicarnos y para referirnos a la realidad, requiere economía para ser más funcional y expedito, y lo que propone el lenguaje no sexista es todo lo contrario, complicarlo hasta el ridículo y el cansancio.

Pero no sólo eso, el lenguaje inclusivo parte también de una tesis falsa, aquella que dice que “el lenguaje crea la realidad”, frase que se repite sin más ni más sin reparar en lo que su sentido entraña, pues si eso fuera cierto, bastaría con cambiar el lenguaje para cambiar la realidad, lo cual no ha ocurrido ni ocurrirá jamás. Baste poner un ejemplo para demostrar que esto no es cierto: ni las feministas más entusiastas, ni los seguidores del lenguaje inclusivo (casi siempre politiqueros o falsos defensores de los de las mujeres), han logrado con su ayuda cambiar en nada la realidad que padecen las mujeres en el mundo, ni siquiera aquella pequeña de su entorno. Ninguna mujer por utilizar este lenguaje ha logrado que en su pequeño mundo, en el que tiene alguna injerencia, haya cambiado por eso.

Se argumentará que eso no ha ocurrido precisamente porque este lenguaje sigue siendo utilizado por una minoría; yo no lo creo así. La poca participación o reconocimiento que han logrado las mujeres en la sociedad se debe a luchas duras que se han dado y así seguirá siendo. El lenguaje inclusivo no es más que una “forma”, arrevesada y engañosa, de “incluir” a las mujeres en la sociedad, o de “visibilizarlas” o “empoderarlas”, para usar dos palabras que detesto, un cascarón que en muchos casos, la mayoría, resulta ridículo y por supuesto, inocuo.

No, el lenguaje no crea la realidad ni la cambia. Otra cosa es que el lenguaje como componente indisociable del pensamiento exprese lo que el ser humano prefigura, inventa o proyecta. Aquí el lenguaje cumple su función de dar forma inteligible a lo que reposa en la mente de las personas, así se producen el arte y la ciencia, dos manifestaciones extraordinarias de las capacidades y potencialidades del ser humano. No fue el lenguaje lo que, por ejemplo, creó el submarino o la nave espacial, artefactos anticipados por Julio Verne a partir de su conocimiento científico y las proyecciones que a partir de él su imaginación construyó, fueron la ciencia y la tecnología que ya habían avanzado lo suficiente cuando aquéllos pudieron ver la luz del sol.

La tesis de que lo que se dice se convierte en realidad, a pesar de apoyarse en autoridades científicas como las palabras del afamado y citado biólogo chileno Humberto Maturana, quien afirma que “nuestro lenguaje es el todo y la nada. Si nuestras interpretaciones cambian, la ´realidad´ cambia, ya que no existe más realidad que la que nuestro lenguaje crea”, no es más que pura verborrea emanada del idealismo más burdo y de la cual se saca jugoso provecho económico. Ahí sí, en el terreno de la superchería, es donde verdaderamente resulta útil y cierta tal conclusión, pues quienes se dedican a repetirla en grandes teatros abarrotados de gente deseosa de cambiar su vida, o en cualquier espacio en los que encuentren eco, obtienen grandes ganancias que efectivamente pueden ayudarle a hacer realidad sus propios sueños.

Adriana Forero, una teóloga cuántica en una transmisión radial de enero (escuchar aquí), afirmaba con total seguridad: “La palabra, que es la principal de las energías, va a convertir todos los hechos de lo que nosotros hablamos en realidad”, “hablen en positivo” y todo se convertirá en materia, así que no hay que quejarse porque eso en lugar de hacernos progresar nos “vuelve para atrás”. Simple, sencillo. He ahí la fórmula para arreglar la sociedad, para acabar con los problemas con los que lidiamos cotidianamente, para terminar de una vez por todas con la discriminación de la mujer, nombremos el mundo en femenino y la realidad de las mujeres cambiará.

Para concluir, aclaro que no pretendo negar el machismo que rezume del lenguaje, lo que quiero resaltar es que éste se corresponde con la realidad que vivimos y aunque es claro que hay que depurarlo y utilizarlo con cuidado, evitando palabras y expresiones denigrantes y discriminadoras hacia las mujeres, no creo que debamos concentrar los esfuerzos, energía y lucha en retorcerle el cuello al lenguaje o reinventarlo pensando que con ello se transformará la realidad. Lo que hay que hacer es todo lo contrario, enfilar baterías para cambiar la sociedad y así tener un lenguaje que la refleje.