Incapaces de improvisar a partir de aquella ruptura, colgaron por miedo al vacío. En seguida ambos sintieron que aquel vacío había sido real. Una porción sólida de realidad en medio de la nada absoluta.

 

Por: Camilo Villegas

Desde un hotel en Cartagena llamó a su esposa, que en ese instante se estaba preparando un café en Bogotá.

Pese a la distancia la cobertura era excelente, pues escuchaba los ruidos domésticos con la misma claridad que la voz de su mujer. De este modo, mientras conversaban, imaginaba sin esfuerzo lo que sucedía al otro lado. Tanto la plática como los sonidos se ceñían a una misma pauta, a los mismos libretos de toda la vida.

Hablaron de si hacía frío en Bogotá o calor en Cartagena, de la salud de un conocido enfermo, de si habían aparecido por fin las llaves del carro… Todo ello al mismo tiempo que la taza se encontraba con el plato, que la cafetera se apagaba y que el motor de la nevera se encendía… en ese instante, él tuvo la impresión de comunicarse con los electrodomésticos de la cocina tanto como con su esposa.

Los aparatos le hablaban al mismo tiempo que ella, le transmitían una información repetida, rutinaria y habitual. Seguidamente escuchó el golpe de la cucharita contra los bordes de la taza. Y en esas preguntó si Alejandra, su hija, ya había regresado de la universidad.

A pesar de que todas las acciones y parlamentos se repetían de manera automática, como una coreografía cinco mil veces ensayada, el hombre notó que ese día, por debajo de lo habitual, sucedía algo distinto, como si los diálogos ocultaran un misterio.

Mi amor hazme un favor, dijo, abre la nevera y mira si me quedan cervezas. Escuchó los pasos de su esposa, la puerta del refrigerador, el movimiento de la caja al ser removida de su sitio… Te queda un sixpack de Heineken. Le dio las gracias y comprendió que quería colgar porque ya no había tema de qué hablar. Por último, le preguntó: ¿fuiste al gimnasio? No, dijo ella. Después, ambos permanecieron en silencio, con la incómoda sensación de haber agotado el guion.

Incapaces de improvisar a partir de aquella ruptura, colgaron por miedo al vacío. En seguida ambos sintieron que aquel vacío había sido real. Una porción sólida de realidad en medio de la nada absoluta.