Lo más grave del asunto en Colombia es que la más grande compañía compradora de libranzas ya se quedó sin flujo de caja para pagar a los inversionistas y, ¡oh sorpresa!, ya fue intervenida por la Supersociedades.
En 2008 explotó una de las crisis económicas mundiales más agresivas hasta esa fecha: la crisis subprime. Esta crisis empezó una década antes de su estallido y básicamente consistió en un incremento importante en la colocación de créditos hipotecarios en EEUU; el problema de estas colocaciones era que se hacían sin ejecutar un juicioso estudio del perfil crediticio del solicitante.
La posibilidad de los estadounidenses de poder adquirir vivienda se tradujo en un impulso en el sector de la construcción, quien a su vez es denominado como el mayor dinamizador de la economía en un país. Para ejemplificar esta situación debemos pensar en que quien compra una casa crea la necesidad de amoblarla, dotarla de los electrodomésticos necesarios, adecuarla con servicios públicos, etc.
Estos créditos hipotecarios basura (así los denominaron por ser prácticamente una estafa) fueron empaquetados en grupos y crearon un bono (elemento de deuda pública y/o privada que paga rendimientos periódicos durante la vigencia del mismo), los cuales fueron vendidos a los inversionistas que esperaban recibir rendimientos de su capital invertido. Además, estos bonos eran amparados por grandes compañías aseguradoras, quienes en un golpe de “astucia” también se convertían en compradores. En otras palabras, se lanzó la bola de nieve desde el pico del Everest y se produjo la inimaginable tragedia.
Cuando el deudor no pagaba sus cuotas mensuales del crédito, los bancos se quedaban sin fondos para pagar rendimientos periódicos de los bonos, los inversionistas ejecutaban sus pólizas y estos tampoco tenían para responder porque ellas mismas eran también inversionistas.
Millones de personas en EEUU perdieron sus casas, sus trabajos; los bancos quebraron, así como las compañías de aseguramiento. El ciudadano no tenía dinero, por lo que la economía en ese país entró en recesión, afectando a su paso la economía mundial.
En Colombia somos tan buenos imitando que copiamos este modelo catastrófico a través del boom de las “inocentes, limpias y muy seguras” libranzas. Estas son un mecanismo crediticio en donde el empleado autoriza a que su empresa le descuente de nómina el valor de la cuota mensual del crédito que adquirió con un tercero.
Se supone que los créditos menos riesgosos son los hechos por libranza, porque están respaldados por las compañías empleadoras que realizan directamente del sueldo de sus empleados (deudores), el descuento de la cuota del crédito.
Ahora bien, en el afán de las empresas crediticias de mostrar grandes resultados en materia de colocación, están haciendo préstamos por sumas importantes a personas cuyos niveles de ingresos no son tan buenos… ¿le suena familiar?
Hay otros protagonistas en esta historia: las empresas que compran libranzas por grupos, las empaquetan y los venden por tramos usando la figura del bono… Ahora sabe para dónde voy.
Lo más grave del asunto en Colombia es que la más grande compañía compradora de libranzas ya se quedó sin flujo de caja para pagar a los inversionistas y, ¡oh sorpresa!, ya fue intervenida por la Supersociedades.
La segunda gran empresa ya entró en proceso de reorganización (es lo que hacen antes de declararse en quiebra). En este punto me imagino que usted y yo estamos pensando muy similar: ¡Esto es grave!
Los más distinguidos financieros del país estiman que las consecuencias de esto serán mucho peores que las del caso Interbolsa. Las pérdidas pueden llegar a ser de más del doble y ¿sabe qué es lo peor? El Gobierno no ha dicho mayor cosa al respecto y, siendo honesta, esta no es su prioridad como lo es La Paz.
¿Cuándo dejaremos la tediosa costumbre de imitar todo lo que hacen otros países?



