Eso ocasionó la lectura de esa buena crónica del escritor antioqueño. Además, en mi impresión sobresaltó una idea moderna, a saber, el drama de quién educa o educará a nuestros hijos en el mundo.

 

 

Por: Diego Firmiano

…desde que se abrieron por primera vez las puertas

del bar “El pavo” no ha faltado un solo día a cumplir su cita

con lo mas inapelable: la certeza de que todo en la vida

tiene su tiempo y que es tan inútil llorar…

como aguardar lo que no vendrá

-El club de los corazones solitarios.

Rosas para Rubia de Neón

 

Ya conocía el libro, pero no lo había leído. Intenté comprarlo, pero en ese tiempo era joven y sin dinero. Ahora lo he leído y creo que, como todas las cosas buenas, valió la pena esperar. Se trata del libro Besos como balas (2003) del periodista Gustavo Colorado Grisales, prologado magistralmente por el periodista antioqueño Iván Rodrigo García Palacios. Se trata de la primera crónica ensamblada allí, El aliento del diablo, que como dijo Franz Kafka, fue un golpe de hacha que rompió el mar helado de mis lecturas.

Es un texto alusivo a un joven (Alejo) que vive inmerso en la esfera del buen rock de Jimmy Page, Steve Harris, Brian Johnson, Lars Ulrich y otros, y a su vez, el terror de unos padres que llegan a pensar (inducidos por una especie de dómine) que todo lo contemporáneo es satánico.  Un discurso mitad ludismo, mitad escatología religiosa tipo Jim Jones que termina por convencerlos (a Rodrigo y Lucía) de la necesidad de una crianza responsable de su hijo.

¿Intentaría ese maestro de moralidad, dar a entender acaso que la tierra y su contenido no era nada más que el infierno de otro planeta? No lo sabremos.  Pero lo nuevo siempre ha sido una herejía en la historia occidental.

Al leer El aliento del diablo no niego que pensé en Les mots de Jean Paul Sartre, específicamente la frase: No existe el buen padre, es la regla: no cabe reprochárselo a los hombres, sino al lazo de paternidad, que está podrido. ¡Hacer hijos está muy bien, pero qué iniquidad es tenerlos!

 

Imagen extraída de: /www.librerianorma.com

 

Recordé el panfleto Le Sentiment des Citoyens con el que Voltaire atacó a Rousseau por haber abandonado a sus cinco hijos a la suerte del buen dios, es decir, de la república francesa; y pensé en mi padre, que murió antes de aplastarme, y que su deceso despertó a la familia de una pesadilla común. Como dijo Borges, la muerte del padre era lo único que había sucedido en el mundo y seguiría sucediendo sin fin.

Eso ocasionó la lectura de esa buena crónica del escritor antioqueño, y ya pereirano por adopción.

Además, en mi impresión  lectora sobresaltó una idea moderna que emanaba lentamente del texto, a saber, el drama de quién educa o educará a nuestros hijos en el mundo.  Encrucijada que involucra repensar los hábitos musicales, adicciones tecnológicas, orientaciones sexuales, creencias y roles profesionales de nuestros vástagos. Y llegado a este punto, no es de pesimistas decir que la educación en sí misma es una broma y administrada no puede tener valor real para nadie. No puede ayudar a los hombres a vivir, solo los convierte en observadores llenos de prejuicios.

Un aforismo del irónico Georg Lichtenberg me despertó (otra metáfora kafkiana) con un puñetazo en la cara: Es cierto, los humanos somos como las máquinas, nos programan toda la vida para hacer cosas y al final no nos reprograman: nos reciclan.  Este libro es lo que llamo una bala que atravesó el sentido de mis lecturas. En hora buena por el gran escritor, hijo de la posteridad y la ciudad.