Lo bueno de escuchar

Formados en una escuela autoritaria, hicimos del diálogo no una herramienta de comunicación sino una manera de imponernos sobre los demás. Por eso, cuando se nos acaban los argumentos empezamos a alzar la voz, cuando no a agredir al interlocutor. En nuestra historia abundan los ejemplos de cómo, llegados a ese punto, los pistoletazos suplantan a las ideas.

GUSTAVO COLORADO IZQPor Gustavo Colorado G.

¡Facho!

¡Mamerto!

¡Jodeputa!

¡Recontra facho!

¡Mparío!

¡Recontra mamerto!

¡Uribestia!

¡Santista!

¡Retrógrado!

¡Vende patria!
¡ Amén!

¡Recórcholis! Exclamé al contemplar esa muestra de estulticia que crece como un hongo en las calles y en las redes sociales ante la proximidad del plebiscito que, independiente de sus resultados, nos brinda una oportunidad que no han tenido generaciones enteras de colombianos: la de tomar decisiones según el propio juicio sobre asuntos que han de afectarnos a todos.

Ante el intercambio de insultos y la pobreza de criterios que descalifica al disidente con el adjetivo de mamerto o denigra de quien solo es conservador asignándole el calificativo de fascista, queda la pregunta sobre las razones que nos llevan a confundir las convicciones con los insultos y la pura verborrea con la argumentación.

Para empezar, crecimos confundiendo lo que está bien con lo que nos conviene y eso da pie a una grave distorsión ética: a menudo nuestras conveniencias pueden arrasar regiones enteras del mundo ajeno.

Bastaría con revisar lo que entendemos por diálogo o negociación para captar la dimensión del despropósito.

Miremos lo que pasa con el concepto de diálogo. Con alguna excepción, pasamos por alto que la clave de este último consiste en escuchar, como lo enseñara Platón en Fedón y Fedro: solo después de atender las razones del otro estamos en condiciones de formular las nuestras. Pero no es así. Formados en una escuela autoritaria, hicimos del diálogo no una herramienta de comunicación sino una manera de imponernos sobre los demás. Por eso, cuando se nos acaban los argumentos empezamos a alzar la voz, cuando no a agredir al interlocutor. En nuestra historia abundan los ejemplos de cómo, llegados a ese punto, los pistoletazos suplantan a las ideas. Por ese camino no se alcanza una conciliación sino una imposición.
Con la idea de negociación nos va peor. En el habla coloquial, negociar no equivale a entenderse con los demás, a llegar a acuerdos con ellos sino a enredarlos, a sacar ventaja sin importar los medios. Por eso entre nosotros negociar se volvió sinónimo de embaucar, de engañar
En ambos casos omitimos lo esencial: quien se dispone a dialogar y negociar debe dar por sentado que en algún momento debe renunciar a algo. Por eso, de entrada el gobierno Santos presentó su declaración de principios: “El modelo económico no se negocia”. Y los voceros de las Farc tuvieron la sensatez para entenderlo y asumirlo. Por perverso que les resulte el sistema, en los acuerdos de La Habana no se iba a cuestionar la propiedad privada ni a implantar el comunismo, como lo pregona cierta tendencia paranoica. A su vez, los representantes del gobierno aceptaron las razones de la insurgencia. Solo así pudieron sentarse a la mesa y mantener los diálogos, a pesar de los momentos críticos.

Cuando no se comprenden esos elementos básicos explota el epíteto, la adjetivación incendiaria. Los resultados pueden ser devastadores. En lugar de facilitar acercamientos se exacerban los odios, cunde la animadversión. La toma de decisiones deviene así un acto irracional. Todo lo contrario de lo que debería ser un diálogo o una negociación.

Con todo y que la cuenta regresiva para el plebiscito avanza, todavía estamos a tiempo de apelar a la lucidez. En realidad solo se necesita hacer una pausa y escuchar, escuchar, escuchar mucho antes de replicar.

El pasado 9 de septiembre, durante su presencia en el noticiero de Ecos 1360 Radio, la congresista María del Rosario Guerra, promotora del No, deslizó una lista de razones para justificar su posición. Las Farc se lucran con el narcotráfico. Las Farc han reclutado niños. Las Farc obligan a abortar a las mujeres que militan en sus filas. Las Farc han desplazado y asesinado campesinos. Las Farc han secuestrado.

Y sí: después de escucharla un buen rato acepté que a la congresista le asiste toda la razón. Por eso votaré por el sí el próximo 2 de octubre: para que esas cosas no se repitan nunca más.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=Y1wVi5LxX2I