Y sí. La vida de cada quien es como una banda de rock que se va quedando sin músicos. Unos se van a otras bandas. Algunos reinventan su vida y se convierten en magnates, celebridades, egos inaccesibles o marginales atrincherados bajo los puentes. Unos cuantos ya no nos quieren o no los queremos más.

 

                                                             “Habrá un vinillo que no probaremos;

                                                                 habrá bellas niñas, y ya no viviremos”;

                                                                                       Canción popular austriaca

Por: Gustavo Colorado Grisales

En una entrevista concedida a la revista Rolling Stone para la celebración de sus cuarenta años de circulación, Paul McCartney advirtió:“Lo más terrible de crecer es la irrevocable pérdida de los amigos”.

Supongo que el autor de Band on the run y un millar de canciones más, no solo pensaba en los celebérrimos Lennon y Harrison. Quizás en ese momento evocaba a los compinches de juventud que se apearon del tren en pleno movimiento.

Los que se fueron a vivir “donde habita el olvido”

Y sí. La vida de cada quien es como una banda de rock que se va quedando sin músicos. Unos se van a otras bandas. Algunos reinventan su vida y se convierten en magnates, celebridades, egos inaccesibles o marginales atrincherados bajo los puentes. Unos cuantos ya no nos quieren o no los queremos más.

Otros, sencillamente, se mueren, o entran a participar de esa muerte lenta que son las distancias geográficas. En esos casos, el océano y la tierra de por medio suelen ser letales.

Como en el tango de Gardel y Lepera, la gente adivina el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando su retorno.

Pero quienes los aguardan al borde de la estación o en la sala de espera del aeropuerto son menos seres de carne y hueso que fantasmas de otras épocas.

En realidad no hay nada de terrible en eso: es solo el baile de la vida y el tiempo que despiertan de su siesta y dejan un montoncito de cenizas al lado del lecho: somos nosotros, sus hijos. El rescoldo dejado por un incendio llamado juventud.

He aprendido algunas de esas cosas trabajando con personas que emigran al exterior amparadas en muchos motivos: expectativas económicas y laborales. Anhelo de ver mundo y adquirir experiencias. Formación profesional. Invitaciones.

Un porcentaje de ellas busca lo más elemental: escapar de sí mismas o de sus circunstancias: la familia, los hijos, el trabajo, la pareja.

Incluso traté de condensar algunas de esos motivos y emociones en un libro con un título copiado- como tantos- a Joaquín Sabina, que a su vez se lo robó a sus poetas más queridos.

En la mayoría de esas historias alentaba un elemento común, una suerte de espejismo: el viajero que permanece muchos años fuera de casa suele creer que su vida es la única que experimentó cambios. 
 Piensan que quienes se quedaron permanecen congelados en el espacio y en el tiempo a la espera de su regreso.

Por eso el gesto de desazón se repite en estaciones y aeropuertos: una mueca de sorprendida tristeza se advierte bajo los rituales de alegría. De los carteles, los gritos y las canciones de bienvenida.

Pasada la euforia inicial, muchas de esas personas ya no saben cómo desencontrarse.

Sospecho que en todo esto subyace un desarraigo con dos orillas: la del espacio y la del tiempo.

Entre las dos he visto disolverse familias enteras, amores eternos, complicidades sin tacha. Veinte años escuchando a andariegos de todas las edades, géneros y procedencias dejan ese tipo de sensaciones instaladas en algún lugar cuerpo adentro.

Todo adiós es una pérdida.

Por eso me caló tan hondo esa frase de McCartney redescubierta en una edición vieja de la Revista Rolling Stone.

De golpe, vuelvo a confirmar que no hay casualidades: Rolling Stone quiere decir precisamente eso: Canto rodado, piedra rodante. Es decir, culo inquieto, andariego.

Así somos todos, nómadas y sedentarios. Piedras rodantes que dejan en el camino minúsculos fragmentos de sí mismas. Esos pedacitos formarán a su vez otras piedras, nuevas historias.

Y entonces la rueda vuelve girar. Solo que con un imperceptible cambio de órbita. No volvemos a pisar el mismo suelo.

En esa franja imperceptible acontecen las pérdidas lamentadas por uno de los genios de The Beatles.

Esas que solo es posible resistir con plegarias, canciones, versos y un trago largo, muy largo de Jack Daniel’s.

Al menos ese fue el consejo de Frank Sinatra.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=Pt6CGZ33PMk