Poeta de la sencillez, mas no de la simplicidad, Luis Carlos López se entronca en una tradición que busca la claridad como esencia de toda poética y por eso elude la tentación de los adjetivos inútiles a la hora de asomarse a las cimas y a las simas de la existencia propia y ajena.

 

Por: Gustavo Colorado

Por obra y gracia de los manuales escolares de literatura colombiana, la amplia y honda poesía de Luis Carlos López quedó reducida a los versos de “A mi ciudad nativa”, más conocido en la memoria popular como el poema de los zapatos viejos.

Eso pasa a menudo con los poemas que se vuelven símbolo de una comunidad o de una forma particular de asumir el mundo.

Debemos bucear más a fondo para superar el deslumbramiento de esas joyas y descubrir bien abajo la vastedad de un universo que como el de “El Tuerto” López, abarca todos los matices de lo humano: sus poemas van desde lo tragicómico de nuestras veleidades hasta la extrema desazón metafísica, pasando, cómo no, por su profundo desdén hacia toda forma posible de amaneramiento.

Poeta de la sencillez, mas no de la simplicidad, Luis Carlos López se entronca en una tradición que busca la claridad como esencia de toda poética y por eso elude la tentación de los adjetivos inútiles a la hora de asomarse a las cimas y a las simas de la existencia propia y ajena.

Para muestra, las dos primeras estrofas del poema titulado “El Zagalón de Pepe”:

Buen muchacho, membrudo

que se pasa la vida sin afán,

con su cara de engrudo

y sus cabellos como de azafrán

Para este chico rudo,

¿Qué mayor ambición? Tiene su can, su rebaño lanudo

y unas rodajas de cebolla y pan.

Poco más se puede puede pedir para atravesar sin afanes el breve camino que nos lleva del nacimiento a la muerte. Somos los humanos quienes, empujados a partes iguales por dosis de miedo y codicia, convertimos la promesa de una mañana diáfana en la pesadilla de una noche borrascosa.

Primero desde su Cartagena natal y luego a partir su permanencia en Europa, Luis Carlos López se nutrió de lo mejor de la poesía universal. Su viaje incluyó desde una paciente aproximación a la lúcida y torturada poesía de Holderlin, hasta una travesía de ida y vuelta al Siglo de Oro español.

De ese recorrido iniciático nos trae de regreso bellezas como esta, titulada “Cartulina postal”:

Flota en desbordamiento de cascada,

con visos de pavón, su cabellera

funeral como el ébano y la endrina.

Y acaricia su lánguida mirada,

cual suele acariciar una quimera

bajo el sopor azul de la morfina

Hombre nacido y crecido frente al mar, el poeta no echa anclas en un lugar. Por eso, acto seguido, hace uso de ese refinado humor negro que siempre lo caracterizó, para dar paso a su espíritu anticlerical:

Ciñendo rica sotana

de paño, le importa un higo

la miseria del redil.

Y yo, desde mi ventana,

limpiando un fusil, me digo:

– ¿Qué hago con este fusil?

Hijo de su tiempo, “El Tuerto” López sintió clavarse en su espíritu el aguijón del tedio, esa forma de la aflicción que supo convertir desde muy temprano en materia de su poesía. Pero el tedio del poeta nada tiene que ver con el aburrimiento de la gente falta de imaginación. El suyo es el estado de alma de quienes, por exceso de imaginación, acaban dándose de bruces con las múltiples formas del sinsentido:

No hay que hacerse ilusiones

sobre tibios colchones

de algodón y de seda.

la vida que nos queda

puede servirnos para vencer. Y cara a cara

y contra la corriente

tenderemos el puente

de ribera a ribera…

después, sin un suspiro,

disuelta la quimera,

nos pegamos un tiro

Escribe en un poema titulado “Así habló Zaratustra”, cuyo título no precisa de explicaciones.

A lo mejor fue en el pensamiento de Nietzsche donde adquirió ese desprecio hacia la solemnidad y a los tópicos del falso romanticismo que surca toda su obra. Para muestra, este poema que lleva por título “Sin ninguna intención”:

Me pide usted mi autógrafo. Y la idea

no es única y genial. Parole d´honneur.

lo mismo me pidió, siendo más fea

que un susto en la manigua, una mujer…

Una mujer de nombre Dorotea,

que al verla daban ganas de correr,

de correr y gritar: – ¡maldita sea!

-¡Ah, sus ojos de queso de Gruyere!

El humor como conjuro aflora todo el tiempo en la poesía de Luis Carlos López. Conjuro contra el absurdo y contra al amaneramiento de una sociedad basada en la pura apariencia. Al fin y al cabo, ya lo había advertido en el poema número I de una selección titulada “Despilfarros”:

Nada pierdo

y gano poco

con ser cuerdo.

mejor es volverse loco.

La de “El Tuerto” López fue una obra breve e intensa condensada en cuatro títulos: De mi villorrio, Posturas difíciles, Por el atajo y Cuadernillo N° 1. En esos libros se destila una poesía que cobra cada vez más vigor con el paso de los años, como podemos advertir en este poema titulado “De tierra caliente”, donde el poeta recobra la vieja idea de que el paisaje es apenas un estado del alma:

Flota en el horizonte opaco dejo

crepuscular. La noche se avecina

bostezando. Y el mar, bilioso y viejo,

duerme como con sueño de morfina.

Todo está en laxitud bajo el reflejo

de la tarde invernal, la campesina

tarde de la cigarra, del cangrejo

y de la fuga de la golondrina…

Cabecean las aspas del molino

como con neurastenia. En el camino,

tirando el carretón de la alquería,

marchan dos bueyes con un ritmo amargo

llevando en su mirar, mimoso y largo,

la dejadez de la melancolía.

La neurastenia de las aspas del molino. El ritmo amargo de los bueyes. Una vez más, las metáforas nos hermanan con el universo de las bestias y las cosas, en un intento por recuperar a través de las palabras la unidad perdida desde el comienzo de los tiempos.

Esa búsqueda tan antigua como el hombre, a la que los poemas de Luis Carlos López hacen honor con su batalla siempre ganada contra los adjetivos inútiles.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada