«El viaje, todo el poema, es como un barco o una tumultuosa caravana que se dirige directamente hacia el abismo, pero el viajero, lo intuimos en su asco, en su desesperación y en su desprecio, quiere salvarse. Lo que finalmente encuentra, como Ulises, como el tipo que viaja en una camilla y confunde el cielo raso con el abismo, es su propia imagen»

 

GIUSSEPE RAMÍREZPor Giussepe Ramírez

Digo yo, con mi escaso bagaje leyendo poesía, que un buen poema se reconoce por dos sensaciones, quizá paradójicas, con las que uno puede enfrentarse al terminar de leerlo. La primera, tal vez la más añorada por los lectores, es esa que te hace querer estar vivo, esa que exalta el amor y los placeres, los excesos y lo erótico, una con la que se pueda conquistar —sabemos por Bolaño que solo a eso se puede aspirar— o enaltecer la belleza de un ser amado. Pero está la otra, menos valorada, menos popular, que arrastra hacia la muerte, o que al menos no lo deja a uno conforme con la vida. Poema plagado de sufrimiento, es capaz de enrostrar en un verso toda la miseria de lo humano, la decadencia irrefrenable a la que estamos abocados. Posee una belleza sombría.

Aún recuerdo la sensación que me causó leer El Viaje, de Baudelaire. Roberto Bolaño hace un análisis por partes del poema que lo deja más resignado a uno. Lo sentí como un golpe seco entre las costillas que me puso a mirar un punto fijo. No intentaba descifrar nada, únicamente encajé el golpe y me tragué toda la angustia del poema, convencido de que no había otro camino. Dice Bolaño sobre el poema: «El viaje, todo el poema, es como un barco o una tumultuosa caravana que se dirige directamente hacia el abismo, pero el viajero, lo intuimos en su asco, en su desesperación y en su desprecio, quiere salvarse. Lo que finalmente encuentra, como Ulises, como el tipo que viaja en una camilla y confunde el cielo raso con el abismo, es su propia imagen»:

 

«¡Saber amargo aquel que se obtiene del viaje!

Monótono y pequeño, el mundo, hoy día, ayer,

Mañana, en todo tiempo, nos lanza nuestra imagen:

¡En desiertos de tedio, un oasis de horror!»

 

Dice Héctor Abad F. que cuando era adolescente se alejó de la poesía para no seguirle el juego a la muerte. El amigo con el que escribía poemas, Daniel Echavarría, se suicidó a los diecisiete años: “un balazo contundente”. No todos los poetas son suicidas, pero al menos son suicidas en potencia. Porque es una facultad de la poesía hacernos caminar por la cornisa a ver qué decidimos, acercarnos demasiado a la muerte tan temida y tan latente. Pavese lo sabía:

 

«Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

-esta muerte que nos acompaña

de la mañana a la noche, insomne,

sorda, como un viejo remordimiento

o un vicio absurdo-.»

 

No necesariamente el poema debe hablar sobre la muerte para hacernos pensar en ella. Solo hace falta cualquier tema cotidiano, algún absurdo que nos haga repensar la vida. Aunque nada más cotidiano que la muerte, transversal a cualquier asunto, omnipresente. Fernando Vallejo, al estilo de Perogrullo, lo dijo: «Vivo de verdad no está nadie, ésas son ilusiones de los tontos. Día con día nos estamos muriendo todos de a poquito. Vivir es morirse. Y morirse, en mi modesta opinión, no es más que acabarse de morir». Pero ya el otro Vallejo, César, muchos años antes, se lo había preguntado en su Sermón sobre la muerte:

 

«¿Para sólo morir,

tenemos que morir a cada instante?»