Los desacuerdos que me generó el acuerdo

Lo más temido llegó: cuando ya el porcentaje de mesas revisadas iba como en un 94 por ciento, el NO se montaba sobre el SÍ y la angustia, como enfermedad repentina, se apoderaba de mi cuerpo. También del cuerpo de Ana, se notó en la forma como se quedó inmóvil, congelada.

 

DIANA CAROLINA GOMEZPor: Diana Carolina Gómez Aguilar

El 2 de octubre ha sido, sin duda, uno de los días más emocionantes para todos los colombianos. Para algunos, como en mi caso, lo fue desde el primer minuto. Pasada la media noche del 1 de octubre la ansiedad me invadía. Por suerte, unas horas antes, había estado viendo la nueva película de Tim Burton que me dejó una sensación de sueño pesado.

La mañana del 2 de octubre fue gris, fría, húmeda, desanimada. Sin embargo, el entusiasmo de quienes íbamos a votar por el SÍ a la construcción de una paz estable y duradera, era implacable. Las caras de quienes iban por el NO, o aún no estaban seguros, eran iguales a la mañana. Frías, lluviosas, grises, llenas de angustia.

A pesar de todo, los del SÍ y los del NO estábamos seguros de que el plebiscito iba a ganar por goleada, eso está clarísimo. Hasta recuerdo al mismo Francisco Santos cuando salió a decir, al otro día por televisión, que quienes estaban con él en el momento de la lectura de los resultados, estaban especulando estadísticas desde la posición de la derrota, algo así como: qué tal si perdemos con un 20 por ciento frente a un 80 por ciento, o qué tal si perdemos con un 40 por ciento frente a un 60 por ciento.

Fui a votar a eso de las 11 a.m. aunque hubiera querido hacerlo desde primera hora, estaba esperando que mi hermano menor terminara de verse el partido del Real Madrid, para que fuera conmigo. Tiene 18 años, era su primera vez ejerciendo su derecho al voto. En el camino hablábamos de lo histórico del momento, de lo importante que era el hecho de que estuviéramos caminando hacia las urnas. De regreso, ya con el certificado electoral en las manos, hablábamos de las ganas de enmarcarlo, es que: ¿Cuándo más en la vida vamos a hacer parte de los votantes de un plebiscito? ¡Tal vez nunca más! Decíamos. El sentimiento era embriagante, alucinante, eufórico.

Por eso fue la tarde tan dolorosa. Cuando encendí el televisor para escuchar cómo iban los resultados, me fui para atrás. Ganaba el SÍ por muy poco y el umbral aún no se superaba. ¡Increíble!, le dije a Ana (una amiga que había ido hasta mi casa para celebrar el resultado juntas). ¿Puedes decirme que esto es mentira por favor? Solo espero que ese NO, no tenga más votos.

Lo más temido llegó: cuando ya el porcentaje de mesas revisadas iba como en un 94 por ciento, el NO se montaba sobre el SÍ y la angustia, como enfermedad repentina, se apoderaba de mi cuerpo. También del cuerpo de Ana, se notó en la forma como se quedó inmóvil, congelada.

Se derrumbaron todas las esperanzas de cambio, de haber pasado a la historia como la generación que votó por el desarme de la guerrilla más antigua de Latinoamérica. ¡¿Cómo es posible esto?!

De inmediato las redes sociales se llenaron de odio, inseguridad, inquietud, desasosiego. Caí en la trampa de los sentimientos a flor de piel. Invertí energía en debates vacíos, sentimentales y cargados de argumentos doloridos por mi parte e indignados por parte de quienes respondían a la defensiva mis comentarios. Puedo decir que hubo rupturas en algunos de mis vínculos familiares más fuertes.

Desde las semanas previas al plebiscito me había sentido agotada tratando de encontrar argumentos sólidos y válidos entre mis familiares partidarios del NO, más allá de “usted está muy joven y no entiende”, “es una ingenua”, “nos van a meter varios sapos”.

Creo que se rompieron lazos que seguramente se iban a romper en algún momento de la vida por las grandes brechas entre creencias religiosas e ideologías políticas. Seguramente se iban a romper más adelante porque para mí es fundamental el derecho a la vida, en cambio, para uno de mis primos, por ejemplo, quien prefirió decirme “cuándo tengo que arrancar para la guerra”, es evidente que sus prioridades frente al mundo, son otras.

Sin embargo, se vale haber vivido el sentimiento, como se deben vivir todos. Se vale haberse sentido roto, enfadado, desilusionado. Quienes pusimos nuestro esfuerzo en entender los acuerdos entre el Gobierno Nacional y las FARC-EP, leerlos, discutirlos y explicarlos, sentimos que había ganado la desinformación y lo que más adelante confirmaba Juan Carlos Vélez, el ánimo de hacer que los colombianos salieran a votar verracos, más allá de entender o no los acuerdos.

El día terminó entre sollozos e incertidumbre. Sé que muchos como yo no pudieron dormir, no quisieron, no creyeron esa realidad tan improbable hasta muchas horas después.

Lo que quedó de la conmoción fue un desasosiego que ha animado a muchos a salir a las calles y exigir que lo logrado en estos cuatro años, no muera. “Acuerdo ¡YA!” es el reclamo de la sociedad civil que decidió movilizarse y no permitir que pase lo de siempre: que gane la desinformación y el miedo.  Esperemos que la ilusión de ver a las FARC-EP armadas de palabras y no de fusiles se haga realidad, y no que la situación se dilate hasta las elecciones del 2018 para servir una vez más como bandera para que un corrupto más gane las elecciones.