Nadie es profeta en su tierra. Algunos, ni fuera de ella logran convencer a los desmemoriados de la victoria. A esos que tanto adolecen de “ser los mejores” y cuando un connacional se acerca a la cima, lo despotrican si no sale victorioso siempre.

Por: Jhonwi Hurtado13315603_10208085150800824_5187142795658134271_n

¿Es tanta la necesidad de triunfo de los colombianos, que se olvida el esfuerzo de quienes con victorias han mostrado la bandera de nuestro país en las cumbres  del deporte, la música, el cine, el teatro, etc.?

Todo esto sucede en un país que por muchos años ha sido manchado por la sangre de los guerreros (sin importar el bando), un país que ha sido saqueado y ultrajado. En el que generaciones  no conocieron el canto del gallo para despertarlos, pues este fue cambiado por el sonido de las balas y de los helicópteros sobrevolando las  fincas; en un país como este, el esfuerzo, no solamente el triunfo, debería ser motivo de orgullo y satisfacción.

Los deportistas colombianos desde hace muchos años, a punta de esfuerzo, han logrado llegar donde pocos pueden. Se han dado el lujo de dejar sus nombres marcados y a pulso se han ganado el respeto de sus contrincantes. Sí, el de los rivales, más que el respeto de sus pares nacionales. Los mismos que en cafés, bares, medios de transporte, se han encargado de desmeritar cada logro con palabras como: “Definitivamente los colombianos no sirven pa´nada”; “¿Para eso van por allá, para hacernos quedar mal?”.

Sí, para muchos en repetidas ocasiones, como jocosamente algunos dicen: “siempre nos falta un centavo para completar el peso”. Por eso, después de las eliminaciones de los mundiales de fútbol Italia 90 y Estados Unidos 94, cuando éramos llamados “favoritos”, el país se fue lanza en ristre contra los integrantes de la Selección Colombia, como lo menciona Fernando Araújo en su libro No era fútbol, era fraude: “…Se dijo también que algunos jugadores habían vendido el partido. Que habían ´invertido´ en Las Vegas mucho dinero en contra de Colombia, pues para ese juego las apuestas se encontraban en proporción de 19-1 a favor…” (Pág 178). Y bueno, ya sabemos cuál fue el saldo de esa y muchas otras desmesuradas suposiciones: muertos, heridos, y un país que denigraba de sus futbolistas,  llevando a algunos a abandonar el equipo y la nación.

Pero no han sido los futbolistas los únicos blancos, para tantos dardos envenenados por el odio y la insatisfacción. Juan Pablo Montoya, tal vez el piloto colombiano que más ha despertado odios y amores; a pesar de que su actitud, para muchos pedante, ha ido en contra de Colombia, nadie puede negar lo que ha logrado en el mundo del deporte. Cuando pocos lo conocían, en el año 2000 ganó la carrera de Las 500 millas de Indianápolis, al siguiente año se convirtió en piloto del equipo BMW Williams en la Fórmula 1 (F1) donde estaría hasta el 2005, pasando al equipo MacLaren-Mercedes. Durante su estancia en esta competición logró un total de siete victorias y 30 poles. Nada mal, teniendo en cuenta que era el único piloto colombiano en la Fórmula 1.

Pero eso valió para muy pocos. Montoya (aunque poco le importara) estuvo a la sombra de Michael Shumacher, tal vez uno de los mejores pilotos de la historia del automovilismo. No, ni haber ocupado el podio en la clasificación general dos veces, sirvió para que los detractores del esfuerzo dejaran de ensañarse en comentarios hacia este deportista.

Ahora el turno es para Nairo Quintana, el segundo ciclista colombiano, después de Lucho Herrera, en ganar etapas en las tres grandes competencias europeas: El Giro de Italia, la Vuelta a España y el Tour de Francia. En el 2014 se convirtió en el primer latinoamericano en coronarse campeón del Giro de Italia, y ha ocupado en dos ocasiones el segundo puesto en el Tour de Francia. 26 años, sí, tan solo tiene 26 años, cinco menos que su rival actual, Chris Froome, ganador en dos ocasiones del tour (hasta ahora). Pero no, tampoco Nairo ha escapado de la arremetida de comentarios denigrantes hacia su actuación en el Tour. Hay quienes dicen que no tiene equipo, o que  la “fama” lo envolvió, que se agrandó y por eso se confió. Nuevamente sino se es “primero”, no existe para algunos colombianos.

Y de ejemplos podríamos escribir 100 páginas, a Shakira no le perdonan que su acento costeño se haya diluido, a Juanes lo señalan de haberse vendido al comercio estadounidense; incluso al premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, le recriminaron que pasara sus últimos años de vida en México.

Ojalá algún día entendamos que no somos los peores, pero tampoco los mejores; que así no se miden los triunfos, que no siempre los deportistas son personas deshonestas que se venden al mejor postor, y bueno, también debemos recordar que muchos de ellos, así no salgan campeones, y no  ocupen los primeros puestos, llegaron donde llegaron por su propia cuenta, que ni el Estado, ni los ciudadanos movieron un dedo por apoyarlos, como pasa tantas veces con los deportistas olímpicos.  Pero por encima de todo, que todos quienes de una u otra manera nos representan en otros países, son personas que se pueden equivocar, que el esfuerzo también es meritorio y que lo que menos necesita un país que está a punto de un nuevo comienzo, es el odio impulsado por el enojo y la decepción entre sus mismos habitantes por no lograr una medalla dorada o un primer puesto, sin importar el escenario.