“ El  hombre es un animal odioso, el mayor de los enemigos. La criatura más repulsiva que existe sobre la tierra, peor aún que los gatos”.

GUSTAVO COLORADO IZQPor: Gustavo Colorado

 Finaliza la segunda década del siglo XX.  Franz Biberkopf acaba de abandonar la cárcel donde  cree haber purgado el asesinato de su amante y se dispone a ser un hombre nuevo: “Bueno y limpio” , según se dice a sí mismo al pisar tierra firme. En ese momento cree entrar al reino de su redención personal. Pero la vida, o el destino, como lo llaman algunos, le deparará otras cosas, entre ellas un camino de regreso a los infiernos empedrado con sus buenas intenciones.

Estamos en el Berlín  de entreguerras. Alemania no acaba de curarse las heridas dejadas por la primera guerra  mundial y ya se prepara para recibir las estocadas de la segunda. En las calles  todo es un derrumbar de viejos edificios, mientras el estrépito de las máquinas excavadoras prefigura el rostro de la ciudad  moderna. Sin embargo, algo siniestro alienta entre las banderas de comunistas, nazis y otros  movimientos políticos   que van  y vienen por las calles agitando el aire con sus consignas y amenazas. Franz Biberkopf  opta por ignorarlos y decide emplearse en un oficio de vendedor de periódicos, que considera puede ser el primer peldaño para su nueva vida. Pero algo falla. La vida… o el destino lo pondrán en en contacto con  los bajos fondos de la ciudad, entre los que medra un delincuente apellidado Reinhold, vinculado a redes de ladrones, asaltantes, estraperlistas y proxenetas.

Creyendo hacerle un favor a ese amigo, que se revelará después como su peor enemigo, Biberkopf es arrojado de  un auto en marcha y en el accidente perderá su brazo. Aparte de exconvicto, desde ese día será también el manco Franz, que va por las calles como una herida ambulante: expulsado del paraíso vagabundea  en compañía de la serpiente que ha descendido del árbol del bien y del mal y envenena  los sueños de los hombres.

De ese cruce de caminos: el de la historia y el de los individuos, se ocupa la novela Berlín Alexanderplatz, del escritor alemán Alfred Döblin. A primera vista puede ser otra obra etiquetada bajo el sello de novela negra: el desfile de asesinos, soplones, policías, putas y ladrones resulta bastante sugestivo.Pero, aparte de gran escritor, Döblin es un médico que en el ejercicio de su profesión ha experimentado su propio viaje a ese reino donde los hombres se debaten en la eterna batalla perdida con la muerte. Por eso mismo el narrador,  lejos de ser un testigo impasible, viaja al lado de los personajes y asiste incluso como mirón impúdico a la exhibición de las funciones más primarias de sus cuerpos.

“No hay que darse importancia con el Destino. Soy enemigo de la fatalidad. No soy griego, soy berlinés”, afirma la voz interior de uno de los protagonistas y se echa a las calles donde las rutas de trenes son en realidad líneas de la vida y la ciudad toda la palma de una mano en la que se hacen y deshacen las pequeñas y terribles anécdotas de unos seres que se aferran al frágil y fugaz consuelo del sexo antes de despeñarse en un abismo en el que no hay dios, a pesar de que a veces creen sentirse acompañados por ángeles guardianes… que los abandonan al llegar la hora decisiva.

Es el momento en el que descubren que los dioses de la ira alientan en el propio corazón de los mortales.  Lo confirma Franz cuando Reinhold, no contento con asesinar a la mujer con la que se sentía feliz, se las arregla para acusarlo del crimen y entonces la noria vuelve a girar. El antihéroe de la novela de Döblin ha olvidado el undécimo mandamiento: no dejarse deslumbrar. Por eso está enganchado otra vez al tren del desastre, condenado a escuchar por toda la eternidad la sentencia de un ratón sabio, hijo de sus delirios, que resuena en sus oídos como el legado de un heraldo de la lucidez: “ El  hombre es un animal odioso, el mayor de los enemigos. La criatura más repulsiva que existe sobre la tierra, peor aún que los gatos”.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada