Los insomnios del niche Manuel

“No pegué el ojo las diez horas  que duró el viaje a Madrid, las doce que nos demoramos para llegar a Moscú y las seis del viaje hasta Catar. Imagínese el miedo de llegar a un país del que uno no conoce las costumbres, el idioma, la gente: nada”.

 

Por: Gustavo Colorado

De Cali se llevó, bien sembrados en el corazón, su pasión por el equipo de fútbol América, “ La mechita”, y una canción que es,  de hecho, el otro himno de la ciudad: “Cali pachanguero”.

Ah… Y el recuerdo de la piel de Yuliana, una belleza llegada del Chocó profundo, bailarina de salsa y vendedora de jugo de borojó en el vecindario del estadio Pascual Guerrero.

Con esos afectos guardados en el morral, el niche Manuel Largacha se embarcó un día de julio de 2010 rumbo a una tierra de promisión resumida en cinco  letras: Catar o Qatar, allá bien lejos, cruzando mares, montañas y desiertos.

Había escuchado ese nombre por primera vez en 1995, cuando la selección colombiana de fútbol fue a disputar un mundial sub 20 en esas arenas ardientes de día y heladas de noche.

Pero antes, Manuel pasó por muchos insomnios.

Los de las noches interminables cuando, en compañía de su madre Herminia y de sus cuatro hermanos, tuvo que escapar del fuego cruzado entre guerrillas, paramilitares y ejército.

Vivían en un caserío perdido a orillas del río Atrato.

Fue en 1994.

Su único equipaje era la ropa que llevaban puesta. Al llegar a Cali se hacinaron en la casa de unos parientes,  en el  distrito de Aguablanca, una barriada de marginados que creció al ritmo del desamparo de quienes se refugiaban en la ciudad, perseguidos por la miseria y la violencia.

En las calles de Cali sobrevivieron vendiendo todo lo que podía ser vendido: botellines de agua, helados, muñecas, agujas, matacucarachas, ropa interior, mangos, chontaduros, chocolatines.

De todo.

Entonces las causas del insomnio fueron otras: el miedo a que los echaran de la pieza cuando el producto de las ventas no alcanzaba para llegar a fin de mes. El pálpito de que sus hermanos se echaran a perder en las calles  de esa ciudad  donde cada esquina era una forma del abismo.

Y entonces volvió a oír la palabra mágica: Catar, Qatar.

Genaro, un albañil que jugó en las divisiones inferiores del América hasta que un rival le hizo trizas el peroné, le habló de un gringo -en realidad era un brasileño-, que estaba enganchando hombres jóvenes y decididos a trabajar duro en la extracción del cobre en ese país.

“Si uno es juicioso, puede ganarse el equivalente a nueve millones de pesos colombianos al mes. Además, el gringo le presta la plata para el viaje y  apenas empiece a trabajar se lo va descontando”, le dijo Genaro.

Suficiente para que las ilusiones de cualquiera alzaran el vuelo.

Y  Manuel, que a sus cuarenta todavía se sentía joven, pensó que esa sería acaso su última oportunidad de hacerles una casa a su mamá y a sus hermanos.

A partir de ese día las causas de sus insomnios tuvieron otro matiz.

“No pegué el ojo las diez horas  que duró el viaje a Madrid, las doce que nos demoramos para llegar a Moscú y las seis del viaje hasta Catar. Imagínese el miedo de llegar a un país del que uno no conoce las costumbres, el idioma, la gente: nada”.

Pero hubo otro motivo para no dormir:

“Lo de los nueve millones resultó pura ilusión. Para esa época el país se estaba llenando de haitianos y venezolanos que llegaban por montones en barcos contratados por traficantes de personas. Como trabajaban por cualquier cosa, ese era el pretexto de los patrones para mantener los salarios bajitos. A duras penas uno podía pagar la cuota del viaje. Con el resto se pagaba la habitación y la comida”.

Así pasó un año.

Durante el día Manuel y sus compañeros trabajaban a 42°C de temperatura, extrayendo bloques de cobre que después eran enviados a China.

En la noche y la madrugada la temperatura bajaba a menos 2°C: las temibles heladas del desierto.

Con ese frío era imposible dormir y reponer fuerzas para reiniciar la jornada. Entonces, en la alta noche las nostalgias del Chocó, de Cali, de Aguablanca, revoloteaban como pájaros nocturnos alrededor de su cama en el campamento.

Sus picotazos no lo dejaban dormir.

“Por ejemplo, lo de la comida era tenaz. El pan no era el pan que comemos aquí, sino una masa plana sin huevo, ni levadura, ni sal. El plátano y el fríjol no se conocían. Era tan pobre todo que un tolimense montó un negocio de comida colombiana y se llevó un hermano panadero a trabajar en Catar. Rapidito se hicieron a un capital”.

Y entonces llegaron otras dificultades. Para darles trabajo les exigían experiencia y recomendaciones.

Imaginen: a alguien acabado de llegar. Además, los habían llevado con un visado de turistas que expiró a los tres meses y por el permiso de trabajo les cobraban mil doscientos dólares.

Un  motivo más para no dormir.

Con ese panorama a cuestas Manuel decidió que era mejor volver a casa. A los besos de Yuliana. A los cada vez más escasos goles del América y a la brisa que refresca las calles de Cali cuando cae la tarde.

Toda una fortuna, después de todo.

En esas andaba, vendiendo jugo de chontaduro y borojó cuando me lo encontré a la salida del estadio un domingo de agosto.

“Me gano casi lo mismo que en Catar, pero duermo mejor”, dice, mientras empuja su carrito al ritmo del contoneo de una mulata  de ensueño que cruza la calle, toda de rojo hasta los pies vestida.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada