“En qué momento surgió la manía de clasificar o desclasificar a las personas y sus acciones en el arbitrario escalafón de los mejores del mundo, ya se trate de escritores, deportistas, músicos o cocineros ¿Quién define eso? ¿Cuáles son los parámetros?”Pues bien, mi mejor futbolista del mundo se llama Steven. Cuenta apenas doce años -la misma edad de Messi cuando llegó a La Masía- y cursa octavo grado de bachillerato. Como sus partidos no los transmiten los canales controlados por los magnates de la televisión global, mucho me temo que ustedes nunca van a tener el lujo de verlo armar una pared de ensueño con cuatro compañeros de equipo, gambetear a tres defensas rivales utilizando la finta de la bicicleta, pasar la pelota entre las piernas del arquero y depositarla con reverencia en la red como una ofrenda en el altar de viejos dioses olvidados. Como pueden ver, nada que envidiarle al tímido muchacho rosarino entronizado en los mismísimos cielos desde hace más de una década por los aficionados del FC Barcelona.
Existen grandes probabilidades de que los empresarios jamás se fijen en Steven. Por lo tanto nunca será beneficiado por la danza de millones y contratos publicitarios propia de las élites del deporte. Poco me importa: fui feliz viéndolo jugar una tarde de domingo y por eso decidí premiarlo con mi trofeo particular de mejor jugador del mundo.
Sobre la muchacha hay poco para añadir. Estudia en el mismo colegio de Steven y es cinco años mayor que él: suficiente para verlo como un niño de brazos. Cientos de poetas y autores de canciones se han dedicado durante siglos a cantar sus bondades sin necesidad de conocerla, pues la suya resume toda una percepción de la belleza femenina a lo largo de los siglos. “Esbelto es tu talle cual la palmera” dijo el autor de El cantar de los cantares. “Mira que cosa más linda/ más llena de gracia” escribió el viejo Vinicius de Moraes en unos versos que ya son propiedad de la humanidad. “A esa muchacha que fue piel de manzana/ se le quebró el corazón de porcelana” canta el poeta catalán Joan Manuel Serrat, diestro como nadie en el arte de encontrar la palabra precisa para nombrar las cosas sencillas de la vida. Estoy seguro de que ninguna de las participantes en el concurso de Miss Universo hubiese sido capaz de inspirar esos versos: demasiado artificio, exceso de photoshop y abundancia de cámaras de bronceado ahogan el aliento poético. A mi edad podría ser su abuelo, de modo que estoy a salvo de su hechizo y puedo asegurar sin temores que soy vecino de la mujer más bella del mundo. Por fortuna, ni los potentados de los cosméticos ni las agencias de publicidad tienen noticias sobre su paradero. Por lo pronto, resulta más saludable para todos dejar las cosas así.
A esta altura del camino vuelvo a preguntarme en qué momento surgió la manía de clasificar o desclasificar a las personas y sus acciones en el arbitrario escalafón de los mejores del mundo, ya se trate de escritores, deportistas, músicos o cocineros ¿Quién define eso? ¿Cuáles son los parámetros? Mientras buscamos la respuesta sería mejor hablar de “el mejor del mundo” según los canales de televisión, los productores de gaseosas o los empresarios del espectáculo. Así empezaríamos a hacerles justicia – si es posible tal cosa- a las legiones de violinistas, dibujantes al carboncillo, cantores de tangos y sambas, magos ignorados de la cocina, muchachas anónimas tocadas por la gracia de la belleza y precoces genios de la pelota destinados a alegrarnos la vida sin que los encargados de repartir los trofeos sospechen siquiera de su existencia.

