GUSTAVOCOLORADO“En qué momento surgió la manía de clasificar o desclasificar a las personas y sus acciones en  el arbitrario escalafón de los mejores del mundo,  ya se trate de escritores, deportistas, músicos o cocineros ¿Quién define eso? ¿Cuáles son los parámetros?”
Por: Gustavo Colorado
A lo mejor a usted también le sucede pero no se atreve a pregonarlo por temor a la censura o el escarnio. En mi caso no puedo guardarme  el secreto. Durante mucho tiempo alenté una leve sospecha. Ahora tengo la certeza de que tanto el  mejor futbolista como la mujer más bella del mundo viven a la vuelta de  mi casa, en  un sector rural de Pereira, Colombia.¿Cómo llegué a esa conclusión? Muy sencillo. Analizando la cada vez más extensa antología de videos donde se muestra en detalle el innegable virtuosismo de esa obra maestra de la plasticidad y la picardía llamada Lionel Messi. Igual método utilicé con las transmisiones previas al concurso de Miss Universo, donde se exhibía una colección de muchachas desangeladas, algunas de ellas en un preocupante estado de desnutrición. Tomen nota, señores de la FAO: al igual que en tantas regiones del planeta, en ese reinado rondan el hambre y la mala alimentación.

Pues bien, mi  mejor futbolista del mundo se llama Steven. Cuenta apenas doce años -la misma edad de Messi cuando  llegó a La Masía-  y cursa  octavo grado de bachillerato. Como sus partidos no los transmiten los canales controlados por los magnates de la televisión global, mucho me temo que ustedes nunca van a tener el lujo de verlo armar una pared de ensueño con cuatro compañeros de  equipo, gambetear a tres defensas rivales utilizando la finta de la bicicleta, pasar la pelota entre las piernas del arquero y depositarla con reverencia en la red como una ofrenda en el altar de viejos dioses olvidados. Como pueden ver, nada que envidiarle al tímido muchacho rosarino entronizado en los mismísimos cielos desde hace más de una década por los aficionados del FC Barcelona.

Existen grandes probabilidades de que los empresarios jamás se fijen en Steven. Por lo tanto nunca será beneficiado por  la danza de millones y contratos publicitarios propia de las élites del deporte. Poco me importa: fui feliz viéndolo jugar una tarde de domingo y por eso decidí premiarlo con  mi trofeo particular de mejor jugador del mundo.

Sobre la muchacha hay poco para añadir. Estudia en el mismo colegio de Steven y es cinco años mayor que él: suficiente para verlo como un niño de brazos. Cientos de poetas y  autores de canciones se han dedicado durante siglos  a cantar sus bondades sin necesidad  de conocerla, pues la suya resume  toda una percepción de la belleza femenina a lo largo de los siglos. “Esbelto es tu talle cual la palmera” dijo el autor de El cantar de los cantares. “Mira que cosa más linda/ más llena de gracia” escribió el viejo Vinicius de Moraes  en unos versos que ya son propiedad de la humanidad. “A esa muchacha que fue piel de manzana/ se le quebró el corazón de porcelana” canta el poeta catalán Joan Manuel Serrat, diestro como nadie en el arte de encontrar la palabra precisa  para nombrar las cosas sencillas de la vida. Estoy seguro  de que ninguna de  las participantes en el concurso de Miss Universo hubiese sido capaz de inspirar esos versos: demasiado artificio, exceso de photoshop y abundancia de cámaras de bronceado ahogan el aliento poético. A mi edad podría ser su abuelo, de modo que estoy a salvo de su hechizo y puedo asegurar sin temores que soy vecino de la mujer más bella del mundo. Por fortuna, ni los potentados de los cosméticos ni las agencias de publicidad tienen noticias sobre su paradero. Por lo pronto,  resulta más saludable para todos  dejar las cosas así.

A esta altura del camino vuelvo a preguntarme en qué momento surgió la manía de clasificar o desclasificar a las personas y sus acciones en  el arbitrario escalafón de los mejores del mundo,  ya se trate de escritores, deportistas, músicos o cocineros ¿Quién define eso? ¿Cuáles son los parámetros? Mientras buscamos la respuesta sería mejor hablar de “el mejor del mundo” según los canales de televisión, los productores de gaseosas o los empresarios del espectáculo. Así empezaríamos a hacerles justicia – si es posible tal cosa- a  las legiones de violinistas, dibujantes al carboncillo, cantores de  tangos y sambas, magos ignorados de la cocina, muchachas  anónimas tocadas por la gracia de la belleza  y precoces genios de la pelota destinados a alegrarnos la vida sin que los encargados de repartir los trofeos sospechen siquiera de su existencia.