¿Quién al oír a Kim Jong-un decir que convertirá a Estados Unidos en un “mar de fuego”, se estremece y lo acomete una sensación aterradora? Tal vez algún incauto que cree en cadenas de Whatsapp.

 

Por: Giussepe Ramírez

Las metáforas y el sentido figurado de las palabras pierden resonancia y efecto cuando pasan a ser parte del patrimonio común de los hablantes de una lengua. Lo que determina que una expresión sea metafórica en una época es su novedad y su escasa frecuencia de empleo; en principio, las metáforas son expresiones que al usarlas se notan prestadas, plagiadas si se quiere. Dice Fernando Vallejo en Logoi: «¿Quién al oír de alguien que “se ahoga en un vaso de agua” piensa que en la expresión hay una hipérbole? Y sin embargo, algún día la hubo». Matemáticamente podría expresarse como una relación inversamente proporcional: a menor uso, más metafórica es una acepción. Las acepciones metafóricas solo existen en la lengua escrita, son creaciones individuales y terminan por socializarse en la lengua hablada sin líos de derechos de autor, perdiendo su significado figurado y convirtiéndose en propio.

¿Quién al oír a Kim Jong-un decir que convertirá a Estados Unidos en un “mar de fuego”, se estremece y lo acomete una sensación aterradora? Tal vez algún incauto que cree en cadenas de Whatsapp. No es la primera vez que el líder del régimen norcoreano amenaza con tal cosa. Por el manido uso de esa hipérbole, podemos decir que a nadie aterra vivir en el mar de fuego del tercero de los Kim. El escritor Andrés Felipe Solano, en sus apuntes desde Corea de 2014, le resta importancia al asunto: «Es sábado y el gobierno de Corea del Norte anunció que va a convertir a Seúl en un mar fuego. Por ahora ese no es un problema, la verdadera tragedia es que esta mañana amanecimos sin café». Más adelante, como un extranjero que cae en cuenta de la gravedad del asunto y por falta de costumbre está aterrado con las declaraciones, dice: «Víctima de un súbito estremecimiento apocalíptico le pregunté a mi esposa si debíamos preocuparnos, si necesitábamos abastecernos de agua, si nuestros hijos nacerían deformes después del ataque nuclear. Apenas sí me respondió. Estaba leyendo Ushijima Loan Shark, un manga japonés sobre un prestamista ultra violento. Solo cuando acabó el capítulo me dijo algo que aclaró todo de una buena vez: “Desde que me acuerdo, en marzo siempre estalla la guerra”». Pero dejemos de lado el análisis literario de las probabilidades de ejecución de las amenazas de Kim Jong-un.

Al observar una fotografía nocturna de la península coreana el contraste es evidente. En la parte sur las luces destellan como un mar de fuego amarillo; el norte refulge como una isla desierta en la “unánime noche” (metáfora de Borges). Y uno se pregunta cómo harán para desarrollar armas nucleares si hay continuos racionamientos de energía. El caso es que sí las desarrollan y a veces remueven la tierra con sus pruebas y sus fuegos de artificio. Es una guerra de declaraciones y pequeñas demostraciones de poder. Las amenazas de un ataque nuclear son solo eso: metáforas bravuconas y desgastadas.   

 Se han firmado acuerdos multilaterales para detener los programas nucleares y así ocuparse de problemas más urgentes. Sin embargo, y contrario al sentido común, los analistas en seguridad internacional coinciden en que la acumulación de arsenal nuclear durante la guerra fría dio estabilidad al mundo. La explicación, menos contraintuitiva que la teoría, sugiere que si la destrucción mutua está asegurada, nadie va a agredir a nadie porque la guerra nuclear es un juego de suma cero (explicación que solo tiene validez con la gran prueba de fe de que todos los agentes son racionales, incluyendo a Trump y a Kim). Si tú me atacas, yo te ataco. Y dado que los dos tenemos el mismo poder destructor, nadie gana, todos morimos. Qué poético.  

@Animalmoribundo