El fenómeno de la diáspora, que antes era parte de algunas culturas o pueblos (por ejemplo, los judíos, los gitanos e incluso los descendientes de los africanos esclavizados en América), es hoy común a todas las naciones.

Por Wooldy Edson Louidor
Las migraciones no son una realidad nueva en el mundo. Ocurren a lo largo de la historia de la humanidad. Y desde la llegada de los europeos al llamado Nuevo Mundo, no han cesado los grandes flujos de personas y culturas a lo ancho del planeta. Sin embargo, hoy las migraciones adquieren una dimensión novedosa.

Vivimos en un mundo cada vez más pequeño. Esto es así, porque el globo terráqueo se comprime gracias a la reducción de las distancias en el tiempo y el espacio, debido a las revoluciones tecnológicas, entre otros factores. El mundo es una aldea global que se puede recorrer de norte a sur y de este a oeste, en un abrir y cerrar de ojos. Todos somos vecinos, buenos o malos: las ventanas y puertas de nuestras casas están abiertas al mundo.

Por ello, la movilidad humana se ha intensificado en cantidad y en calidad. No hay prácticamente ningún lugar que no sea “descubierto”, para bien o mal de sus habitantes. Además, el número de migrantes internacionales en el mundo ha crecido enormemente: es equivalente al quinto país más poblado del mundo. Son más de 244 millones de seres humanos que no viven en los países donde nacieron o donde tienen su residencia habitual.

El fenómeno de la diáspora, que antes era parte de algunas culturas o pueblos (por ejemplo, los judíos, los gitanos e incluso los descendientes de los africanos esclavizados en América), es hoy común a todas las naciones.

Existe una Colombia en Estados Unidos, una Colombia en España, una Colombia en Ecuador, etc., así como existe una Cuba o un Haití en Miami. La ciudad más grande de Puerto Rico es Nueva York, así como Los Ángeles es una de las más grandes ciudades de América Latina. Varias ciudades globales dan visibilidad a esa diáspora: ¿cuántos barrios chinos no hay en nuestro continente americano?

Hoy prácticamente todos los países tienen que ver con las migraciones, sea como origen, tránsito o destino (dos o tres a la vez). Las migraciones son un asunto al que ningún país puede ser indiferente, ya que el mundo es una gran autopista en que quedan imbricados todos los territorios.

Ningún país puede comportarse como una isla, separada del resto del mundo, ensimismada o encerrada en sí misma. Ya todos están implicados e imbricados en la interdependencia económica, política y socio-cultural que, según algunos, constituye el sentido genuino de la globalización.

Esta realidad ha llevado a algunos gobiernos y Estados a vanagloriarse de haber alcanzado ya el desarrollo, la paz o de estar más cerca del Primer Mundo, ya que sus territorios son cada vez más visitados o se han convertido en destino de profesionales o inversionistas extranjeros (deseados). De esta manera, propagan una narrativa de la migración que busca visibilizar el desarrollo, las oportunidades de inversión y turismo, mientras se invisibilizan –por medio de la indiferencia y de la violencia incluso- las otras realidades profundas y evidentes que viven ciertos grupos (barrios populares, negros, indígenas, indigentes, desplazados), tales como: la pobreza, la exclusión, la violencia y todo lo que las élites políticas y económicas no quieren ver o que se vea en el país.