La moda se debe hablar y elaborar desde una base cultural, para que no se desplome o se resuma en ideas vagas e insustanciales que van a funcionar en un infinito uróboros.

Por: Ian Lopez

Hoy, por donde fuere, terminaba cruzándome con mujeres uniformadas, intactas desde las primeras fibras capilares, pasando por unas caderas voluptuosas y recubiertas en encaje, hasta llegar a falanges, empastadas en piel constantemente bronceada, con uñas afinadas al son de colores agresivos y dominantes, con fina envoltura en cuero y materiales sintéticos, a 12 o 15 centímetros del suelo. Todas ellas, algunas tan abundantes en curvas como en número, exhibían ante mí sus encantos: unos goces primarios, fortuitos y malgastados, cubiertos por un deseo de satisfacer y ofrecer; huyendo de la expresión sofisticada, modesta y simple de la belleza femenina.

El paradigma estético de la mujer paisa se ha visto sintetizado en tres o cuatro prendas básicas: camisas holgadas y fluidas, cocidas en telas efímeras y delicadas que se parten ante la mirada; pequeñas faldas, con ínfulas de rebeldía, muy por encima de la rodilla y vertiginosamente ceñidas al cuerpo; jeans, algunos altos algotros descarados, que marcan desde la silueta hasta el hueso sacro, exhibiendo las portentosas sentaderas que les fueron provistas.

Estas prendas, tan de ellas, tan nuestras y tan de todas, se han apoderado de la ciudad, incluso del país, resumiéndolas en un estereotipo de subasta, que las ofrece a postores que no se alejan de este concepto tan unísono y común, y en el cual no tienen cabida diferenciaciones mayores.

Hombres también había, puliditos, en camiseta, con las letras de la marca en alto relieve, urdido con unas gotas de perfume, a cual baño de incienso, que llaman la atención del olfato y posteriormente de una mirada inquisidora, como esos puestos de buñuelo del centro que tienen un extractor y, al pasar, la oleada de grasita aireada y queso frito se le queda a uno en el hambre o en el repudio, según sea el caso. Así mismo, con su hedor masculino, marinados en fragancias cítricas y arboladas, despiertan apetito o desdén, según el posible consumidor.  Con sus ropas, importadas, por ellos o por otros, o producto de copias, de estos vivarachos y emprendedores comerciantes.

Ellos, también tan ellos y tan nosotros, hombres que se visten según lo que vieron en su último viaje a las europas, sin mayores retos u osadías que pongan en tela de juicio su fehaciente orientación sexual; y cuyo estilo, traído a las montañas, es replicado y vendido, por diseñadores reconocidos y por tiendas de rebusque, por no hablar de los famosos ‘agáchese’, y que pierda nivel este escrito.

De nuevo ellas, uniformadas, no solo en vestuario, sino en una actitud y una temeridad de manada, que las fortalece mientras están reunidas, vistiendo lo que sus pares, con mínimas variaciones que concedan distinguir a una de la otra, bullen en la ciudad. Su homogeneidad estética, que alardea una evidente preferencia por lo corto, lo ceñido y  todo aquello que asienta su deseo de complacer lo que los hombres quieren ver, parece una iniciativa, carente de dignidad, que pretende evidenciar un cuerpo femenino, mas no una mujer. Un movimiento, una manifestación que pasó de la seducción, rozó la vulgaridad y atesoró un miedo al rechazo masculino.

Pero su expresión también es temeraria y osada, los vestigios de la primera mujer que usó una minifalda, diciendo que se sentía orgullosa de su cuerpo y de su sexualidad, ¿pero aún estamos ahí? ¿Cuántas de esas mujeres se sienten realmente cómodas al vestir, o desvestir, tan pocos hilos entretejidos?

La empresa comercial y publicitaria vende una propuesta que favorece el gusto masculino, dejándole a las mujeres pocas opciones: se acomoda a lo que muchos quieren y genera determinada aceptación, se acomoda a sus propios parámetros y consolida una vida fuerte pero menos fácil de vivir y a la cual no todas tienen los recursos para acceder, o hace lo que puede con lo que tiene. Es lo que hay.

Esta mujer de hoy, tan consternada por venderse o exhibir, tan temerosa de no agradar, se conformó con un estilo extremadamente temerario, y no menos femenino, que ha terminado por uniformarlas: faldas ceñidas, camisas fluidas y tacones altos, bien sea en plataforma o en stilettos, pero más cerca a las nubes. Y no se resume totalmente en estas prendas, las cinturas corte imperio, las creaciones en denim, las prendas asimétricas y la prostitución de formas y figuras clásicas al blanco también hacen parte del ramillete de ganadoras.

Ellas, ellos, nosotros, abandonados en una zona del mapa donde incluso la inspiración nos llega tarde, saturados de diseñadores que se estancaron en copiar la innovación de otros, nos quedamos sin cultura, no porque hubiera alguna, sino porque no se construyó. La moda se debe hablar y elaborar desde una base cultural, para que no se desplome o se resuma en ideas vagas e insustanciales que van a funcionar en un infinito uróboros.

Hay otras, muy otras y no muy nosotras, que no caben acá, en esta descripción o en este paradigma, pero no hablaré de ellas, y no por admiración, sino por tedio.