Ese día de 1492 partió la historia de nuestros ancestros indígenas en dos. La violencia, el despojo de tierras, el saqueo de la riqueza, la esclavitud, el engaño, el arrasamiento de sus culturas autóctonas: lenguas, costumbres y dioses, llenaron de sangre y dolor los días de los indígenas.

 

Por: Gloria Inés Escobar

El 12 de octubre, día de la llegada de Colón a estas tierras hace 525 años, ha sido llamado de muchas formas: Día de la raza, Encuentro de culturas, Columbus Day, Día de la Hispanidad… Todos ellos nombres eufemísticos detrás de los cuales se esconde el genocidio, inicialmente de indígenas y un poco más tarde, de nativos africanos, ambos grupos considerados “salvajes”, por los “civilizados” españoles. Desde ese día hasta hoy, el etnocentrismo propio de los europeos, asimilado sin reparo por la élite criolla que ha dirigido nuestra nación, ha significado muerte, explotación y dolor para miles de hermanos nuestros.

Ese día de 1492 partió la historia de nuestros ancestros indígenas en dos. La violencia, el despojo de tierras, el saqueo de la riqueza, la esclavitud, el engaño, el arrasamiento de sus culturas autóctonas: lenguas, costumbres y dioses, llenaron de sangre y dolor los días de los indígenas. Mismas prácticas utilizadas para tratar a los negros secuestrados en África y embarcados como reses hacia tierra americana para ser vendidos como mercancía. Así, lo que para Europa significó ese 12 de octubre, una fuente de riqueza y prosperidad, para millones de seres humanos fue el comienzo de su exterminio, un exterminio que todavía continúa.

Y continúa a través de los mismos medios que fueron utilizados desde el comienzo: se les sigue arrebatando las tierras, se les siguen matando su cultura y sus creencias, se les sigue desplazando, se les sigue despreciando, se les sigue arrinconando, se les sigue explotando y, por supuesto, se les sigue eliminando.

Su exterminio permanece, además, con el mismo pretexto: el desarrollo y el progreso.

Y todo ello ocurre a pesar del universal y gastado discurso de los “derechos humanos”; y todo ello ocurre a pesar del “humanismo” de los prohombres de nuestra patria; y todo ello ocurre frente a nuestros ojos; y todo ello ocurre y no pasa nada.

Y no pasa nada porque seguimos pensando obedientemente que los indígenas y los afros son seres inferiores, “memes” y “negros”, bárbaros, salvajes a quienes hay que domesticar (amansar, reducir, civilizar, pacificar), perezosos, ladinos, guerrilleros… en fin, los vemos como la élite de este país ha enseñado a verlos:

seres de menor valía, inferiores: “Nuestra raza proviene de la mezcla de españoles, de indios y de negros. Los dos últimos caudales de herencia son estigmas de completa inferioridad” (Laureano Gómez);

fuerza de trabajo para ser explotada: “brazos para las industrias extractivas, pastoril y de transportes internos” (Rafael Uribe Uribe);

obstáculos para el desarrollo: “300.000 bárbaros dominando la mayor parte del territorio colombiano donde no puede penetrar la civilización” (Rafael Uribe Uribe);

bestias de carga y mano de obra forzada y gratuita a las que había que someter física y espiritualmente, como nos lo enseñaron los misioneros con el aval del gobierno;

animales para cacería como en su tiempo se hizo en los llanos orientales con los indios guahibos;

irracionales a los que era menester incorporarlos a la civilización a punta de látigo, cepo y las innumerables torturas que fueran necesarias para lograr este noble propósito…

Y nos enseñaron a verlos así no solo por motivos ideológicos (la supremacía de los blancos) sino, sobre todo, por motivos económicos y políticos: la urgencia de arrebatarles las tierras a cualquier precio y la necesidad de mano de obra esclava, es decir, gratuita. De este modo, después de utilizar todos los medios “legales” y por la fuerza para usurpar las tierras donde habitaban, “negros” y “memes” fueron obligados a trabajar en las minas, en el campo, en la cauchería, en la construcción de vías, en el desmonte de la selva, allí donde fuera imperioso llevar el progreso. Desde entonces y hasta la fecha, sometidos al poder del blanco.

En nombre del progreso, de un progreso que no alcanza sino para algunos, mucha sangre india y negra ha bañado la geografía de nuestro país.

Por la sangre y el dolor de nuestros hermanos, por la violencia y el horror de innumerables indígenas y afros cuyos nombres se desconocen, por sus muertes viejas y las nuevas, por la opresión sin tregua de estos pueblos, desvelemos toda la mentira tejida y el romanticismo con los que se ha querido arropar esta fecha. El 12 de octubre es una fecha en la que no hay nada qué celebrar.