Ahora bien, debo decir que su más reciente publicación (De lo que soy, 2017) es un libro que carece de “nitidez”. Con este término –espero sea el apropiado– me refiero a que son pocas las veces que encuentro eso que sentimos cuando la lectura de un texto se convierte, aunque sea por un breve instante, en algo imprescindible, en algo revelador.

 

Por: Jhonattan Arredondo Grisales

“Vivo un dolor, escucho una imagen, un aroma, algo me inspira y se detona y se convierte en poesía. Pero la técnica o el estilo que yo voy forjando desde Poesía suicida para nunca matarse hasta ahora, está minado de humor negro”.* (ver)

Quien define así su poesía es Andrés Galeano. Un joven poeta que ha sido ganador en dos ocasiones del Concurso de escritores pereiranos (Categoría poesía) con sus obras Poesía suicida para nunca matarse (2010) y De lo que soy (2017).

En este último observamos que su estilo, como él mismo lo ha indicado, se encuentra en estrecha relación con el primero de sus libros. Lo cual nos lleva a afirmar que en su trasegar por los senderos de la escritura ha encontrado una voz, un tono, unas maneras de apalabrar el instante luminoso con que responde a las inminencias del tiempo. Pero, sobre todo, a comprender por qué su apuesta poética se aleja del acento acompasado que generalmente hallamos en nuestra tradición literaria.

Galeano renuncia al hecho de utilizar un lenguaje refinado, frágil, misterioso, para nombrar su universo con las palabras que escuchamos y decimos en nuestro diario vivir. Podríamos decir, entonces, que su poesía es directa, atrevida, sin ningún tipo de adorno.

Sin embargo, no tomo esta decisión como un acto irreverente, porque la poesía tiene la libertad de iluminar sin ningún tipo de condición. En particular, en estos tiempos donde los géneros literarios se mezclan los unos con los otros, supongo, con el propósito de expandir las múltiples posibilidades narrativas que nos brinda la imaginación.

En todo caso, lo que esperamos de los escritores, poetas, dramaturgos, entre otros, más allá de cómo están constituidas sus obras, es que estas nos hagan sentir, que nos veamos identificados en ellas, que, al leer un verso, por ejemplo, tengamos que detenernos porque ese chispazo nos trajo de vuelta una emoción que creíamos olvidada. En otras palabras, que sus obras sean auténticas, es decir, libres de artificios y trucos pueriles que dejen escapar entre sus juegos lo esencial.

Ahora bien, debo decir que su más reciente publicación (De lo que soy, 2017) es un libro que carece de “nitidez”. Con este término –espero sea el apropiado– me refiero a que son pocas las veces que encuentro eso que sentimos cuando la lectura de un texto se convierte, aunque sea por un breve instante, en algo imprescindible, en algo revelador.

Quizá mi inclinación por una poesía ajena a las estridencias me impida entrever ese brillo que siempre espero hallar cuando leo un libro. Pero sé que detrás de los desaciertos que enturbian sus poemas (el abuso de lugares comunes y las exageraciones en la elaboración de las imágenes que nos sugiere), podemos encontrar un sinnúmero de lecturas de alto calibre y la figura de un escritor con oficio.

Resalto, también, que en cualquier lugar donde se presenta, gracias a su histrionismo, el público se ríe, se siente ameno y hasta se identifica con el dramatismo con el que recita sus poemas. Lograr eso no es nada fácil. Sin embargo, creo que el libro debe defenderse por sí mismo.

El libro queda. Nosotros, en cambio, desaparecemos.

*Secretaría de Cultura de Pereira. (2018, abril 30). Libros pereiranos en la FILBO.  [Archivo de video].