Por: John Harold Giraldo Herrera*

 

No es que Hollywood sea la meca del cine (si fuera por número de películas producidas en la India se hacen casi el doble y en Nigeria una importante cantidad); ni mucho menos se trata de las películas con la calidad y las historias más elocuentes, pero sí es la industria con mayores repercusiones y que pone a hablar a una buena parte de la imagoesfera. Hace rato que lo que allí se promueve interviene en las dimensiones de la vida del globo. En su nueva versión, 89, las polémicas, las eclipsaciones, los directores, películas y demás aspectos se encuentran en discusión. Nada más quienes ganen se harán a un deseado mercado y a una plataforma de visibilización y negocios muy cuantiosos, en los que por la sola nominación ya hubo firma de contratos jugosos. A eso le sumamos el prestigio que supone adquirir una estatuilla, lo cual otorga el pertenecer con insignias dentro de la industria cultural del séptimo arte. Para el 2017, hay algunos anuncios, previos a saber los ganadores y una que otra polémica, por ejemplo, que Latinoamérica (ni Iberoamérica) no figuró, que varios se quedaron por fuera y que estos premios andan precedidos de discursos fuertes como el de Meryl Streep contra Trump y en elogio a los extranjeros que hacen de Hollywood un espectáculo sin igual.

No sin antes decir, que gracias a los Oscar se pueden ubicar en las consideraciones del mundo mediático, historias y temáticas, como también se les excluye o se les da la espalda. Una con la que siempre han salido a flote es la del holocausto, recordemos que el año pasado El hijo de Saúl fue la ganadora en la categoría de mejor película extranjera, contando cómo Saúl adopta a un muerto como parte de una especie de redención, siendo él uno de los trabajadores de los hornos para humanos de los nazis. Cada vez que en esta sección alguna gana, se hace evidente lo que sucede en ese contexto llamado en los Oscar como: “De habla no inglesa” o “Extranjero”. Conocimos por ejemplo un país poco mencionado (Estonia) con la película Mandarinas (2013, en esta premiación ganó la película de Polonia, Ida), o tuvimos de tema de referencia el homicidio entre parejas cuando vimos la austríaca Amour (2012).

Desde luego, no sólo eso, el año pasado quedó como hecho heroico la capacidad de un equipo de reporteros, de un periódico pequeño, que pudo poner en el panorama global el tema de los abusos de los sacerdotes a los niños en todo el mundo por el galardón como mejor película a Spotlight. De igual modo, quedó sonando el hecho de la discriminación a la comunidad afro por no haber tenido ni una sola nominación y que por fin le hayan dado un reconocimiento a Dicaprio. En esta ocasión, una sola película arrastra 14 menciones (de las 24 que ganarán), aunque con una factura admirable, en mi criterio se encuentra descontextualizada de las temáticas de orden político, y más bien, su cantidad de guiños y críticas a Hollywood, la hacen ser de peso. Pero si fuera así, con los más de 6 mil votantes para conceder los premios, el asunto también es político. Y se mueven una cantidad de intereses, pues Hollywood sigue siendo un trampolín para los tontos soñadores.

Los afros tienen su cuota y ya varias de las películas, como Talentos ocultos, Fences, Moonlight, La llegada, y el documental I am not your negro, pueden tener alguna premiación. Del mismo modo es cuestionable, que los votantes para la estatuilla sean mayores de 50 y en su mayoría blancos, presididos por una mujer afro. Lo particular, es que en Hollywood no dejan de promoverse esas virtudes de la propia idiosincrasia y que con el gran ojo han podido colonizar más que con las guerras. Por este año, dos historias suculentas e incluso la muy mentada La la land, ofrecen gala del que hacer norteamericano: una niña de provincia “triunfa”, y un joven sin muchas posibilidades logra hacerse un espacio. La de Talentos ocultos muestra la inclusión de los no figurantes en la historia de la Nasa y que ahora se les reivindica: “los llamados computadores de color”, y la tapa de la espectacularidad la da Mel Gibson con el desafiante hombre que no usó armas -siendo del ejército gringo-, y aun así fue a la guerra y combatió como el más grande héroe.

La llegada es la única que se sale de tono y nos entrega una historia de extraterrestres, con una trama imbricada y llena de inquietudes, pero que creo se diluye; luego otra más que está allí como una especie de islote es la de Sin nada que perder, que nos muestra ese legado del viejo Oeste, en el que esta vez, una familia intenta hacer lo propio para conseguir dinero. Como si fuera un gesto de arropar el cine de la India, se nominó Lion, la historia donde un niño de este país se congracia con volver a sus raíces, luego de haberse extraviado.

Creo que las otras historias son más anodinas, si de mejor película hablamos. Una de la cual no he podido despegarme y que comunica por su estruendosa pasividad es Manchester junto al mar, su actor Casey Affleck hace un papel tan dramático que puede estallar nuestros silencios, se trata de una historia que de repente sube todo el ambiente y nos deja tambaleando. Por el mismo lado, se encuentra Moonlight, salvo que esta es menos ambiciosa y refleja la historia de un cualquiera que no tiene muchas improntas y su modo de contar es sin mayores hechos dramáticos.

Los Oscar entonces son un espejo al que nos acercamos y nos contemplamos; la lluvia de estrellas engalanará la alfombra roja y como quizás no ha ocurrido por los científicos, se declaren los Oscar como el planeta ocho, luego del hallazgo tan significativo que hicieron hace poco. Las historias sobre lo que ocurre por fuera del planeta ya no son tan aportantes en esta ocasión, como sí parece la de héroes o la de la superación personal o el medio reconocimiento de las libertades individuales. Cualquiera de los ganadores contará con un megáfono planetario para colmar más espectadores, augurar una que otra ganancia e instaurar un símbolo respecto a la imagen y la manera de contar.

*Docente Universidad Tecnológica de Pereira

John.giraldo.herrera@gmail.com