Esta columna fue publicada originalmente en inglés. La autora decidió su posterior traducción al español. La difundimos ahora incluyendo ambas versiones del artículo.

 

Por: Alexandra García* 

 “Digamos que una tristeza encantada

de pronto se apoderó del corazón…”

Un dolor inefable te embarga cuando la muerte decide arrancarte un sueño. Me refiero al tipo de sueño que nadie en su sano juicio te aconsejaría seguir, al que le inviertes tus horas de ocio sin más interés que escapar el tedio. En nuestro caso, ese sueño era compartir una comida y una cerveza (o dos) con Anthony Bourdain.

There is a particular kind of sadness to your dreams being crushed by death. I’m not talking about the kind of dream you’d be wise to pursue or anyone would advise you to follow, but about the ones in which you invest your idle hours with no intent beyond escaping a dull reality. In our case, it was sharing a meal and a beer with Anthony Bourdain.

Tras horas de discusión, habíamos decidido el itinerario final de las exquisiteces culinarias de nuestro rinconcito del globo. Sabíamos que le encantaría la gama de frituras rellenas de proteína coronadas con salsa de ají. ¿Sería que sus años en las cocinas de Nueva York le alcanzarían para introducir un huevo en una arepa? El mote, una crema de ñame espino realzada por el queso fresco de nuestra sabana y, a pesar de lo que digan en Córdoba, un guiso donde el ají dulce brilla con luz propia, le alegraría el corazón. Y un ceviche acompañado de una cerveza vestida de novia le sacaría una sonrisa. No se decepcionaría de nuestro chicharrón, si bien no al nivel de aquel puerco tailandés asado por horas en leña mientras es bañado con agua de coco que aún nos hace agua la boca. Pero guardábamos la esperanza de que confirmaría que la nuestra morcilla, con el balance perfecto entre dulce y salado, su textura firme y los toques de verde de las arvejas y el cebollín, es la mejor del mundo. Esta es exclusiva del Estadero ‘Donde Walberto’, una humilde troja a orillas de la Cordialidad en Baranoa Atlántico. Pero definitivamente no incluiríamos ese disco duro e insípido conocido como ‘arepa paisa’ que le hicieron tragar la última vez que estuvo en Colombia (#SorryNotSorry Medellín). Todo esto iría acompañado de un análisis profundo de la desigualdad y la injusticia, la resistencia y la genialidad que nos hacen quienes somos.

Hours of discussion had settled the final itinerary to showcase the delicacies from our little corner of the globe. We knew he’d enjoy our array of protein-filled deep fried starchy goodies laced with spicy salsas. Would his years in New York kitchens enable him to introduce an egg into a fried circle of cornmeal dough? The creamy and cheesy yam soup with ragout would be a heart-warming filler; the ceviches accompanied with a wedding-dress class beer would certainly make him smile. Our crispy pork would satisfy, even if not to the standard of the slow roasted, coconut water basted Thai hog we still drool imagining. But we hoped he would concur with our assessment of our black pudding, with the right balance of sweet and savoury, its firm texture, and the specks of green provided by peas and scallions, as the best in the world. And no, it would definitely not include the tough, insipid circle of factory made cornmeal he was made to gulp down in his previous visit to Colombia (#SorryNotSorry Medellín). All of this while engaged in a deep analysis of the inequalities and the injustice, the resilience and the brilliance that have made us who we are.

¿En París? Le pregunté a mi esposo cuando me despertó a media noche para darme la noticia. El viento rugía contra la ventana. ¿Al final de la primavera? ¿El París en el cual nadie podría pasarla mal? ¿En el que sólo necesitabas ordenar un café á la crème y ver el mundo pasar por horas y horas? ¿El que habíamos elegido como primera parada de nuestro tour mundial post-balotto mientras sorbíamos un tinto escogido a la ligera y mordisqueábamos Brie de segunda categoría? Aunque estábamos conscientes de que no teníamos ningún derecho, nos sentimos traicionados. La revista ‘The New Yorker’ aclaró por qué: “Bourdain se sentía como tu hermano, el bacán de tu tío, el súper fresco de tu papá, tu amigo más legal, que salió a la calle después de unas frías y terminó en frente de unas cámaras de televisión y decidió quedarse ahí”.

In Paris? I asked when my partner woke me up in the middle of the night to break the news. The wind howled outside. In late spring? The Paris he argued no one in their right mind could have a bad time in? The one in which you could just order a café á la crème and watch the world go by for hours on end? The one we had selected as a starting point in our ‘just-won-the-lottery’ world tour while sipping on poorly selected red and subpar Brie? Although fully aware it was an emotion we were not in any way entitled to, it felt like a betrayal. The New Yorker made it clear why: “Bourdain felt like your brother, your rad uncle, your impossibly cool dad—your realest, smartest friend, who wandered outside after beers at the local one night and ended up in front of some TV cameras and decided to stay there.”

Pero últimamente, Bourdain se había convertido en algo más que la ‘cheveridad en pasta’. No fue en las idílicas visiones de viñedos croatas ni en las gotas celestiales de balsámico de Modena donde encontré al Bourdain por quien hoy estoy de luto. Empezó en el Haití devastado por el terremoto: sus comentarios sin una gota de desdén, su crítica sin compasión al desastre que terminó siendo su acto de caridad, su exploración de la belleza en el arte de una comunidad a la que muchos deshumanizan con escandalosa facilidad.

But fairly recently, Bourdain had become more than the ‘epitome of coolness’. It was not in the self-indulging visions of Croatian vineyards or the heavenly drops of balsamic from Modena where I found a sense of the Bourdain I am now mourning. It started in the earth-quake ravaged Haiti: his commentary, utterly devoid from condescension, his critical appraisal of his good-deed-gone-wrong, his exploration of beauty in the artworks of a community that so many find so easy to dehumanise.

 Y luego vino Mozambique: el asco, no físico, sino moral, ante la iniquidad de tres mil almas viviendo en la miseria sin nada más que una fosa séptica como fuente de agua. Y luego la escena que me sacudió hasta la médula. Un joven trata de controlar las lágrimas observando un podio de piedra en una plataforma de frente al mar abierto. El sitio es una otrora lujosa villa donde a sus ancestros les habían arrebatado su tierra y sus amores. “Cuando llegabas ahí, ya todo estaba perdido”. A pesar de años de indignación ante la abominación de la esclavitud, el salvajismo de la explotación, la atrocidad del abuso físico, había estado ciega al dolor de los lazos rotos con la tierra que guardaba las claves de tu identidad. Y fue justo en ese momento cuando Bourdain pasó de ser alguien con quien simplemente pasar un rato ameno a alguien cuya humanidad llegué a respetar y admirar.

And then there was Mozambique: the palpable shock and, not physical, but moral disgust at the iniquity of three thousand souls living in squalor with nothing more than a literal cesspool as a source of drinking water. And then the scene that moved me to my core. A young man struggles to fight back the tears at the sight of a single stone podium in an open sea facing platform in what once was a luxurious villa where his ancestors had had his land and his loved ones ripped away from them. “Once you reached that platform, it was all over”. Despite years of outrage at the abomination of slavery, the savage exploitation, the gruelling physical abuse, I had been blind to the pain of the severed ties to the land that held the keys to your identity. And it was then and there that Bourdain went from someone who’d just be cool to hang out with to someone whose humanity I truly came to respect and admire.

* @la_peroratosa