De acuerdo, la lucha de los gays por ser tratados como seres iguales a los demás es válida y habrá que darla hasta que la sociedad lo acepte en el terreno de lo privado y lo público. Pero no más.

Por Gloria Inés Escobar

No hay acto más anodino que sentirse orgulloso de algo que no se busca, de algo que simplemente es sin el concurso de la voluntad. Uno no dice me siento orgulloso de tener dos ojos, a lo sumo diría me siento feliz. Nadie se siente orgulloso de ser humano o alto o flaco o lo que sea que no se haya elegido. Se siente contento o descontento, pero nada más. Uno se siente orgulloso de aquello que ha construido con esfuerzo, con paciencia, con tenacidad, con persistencia.

Por esta misma razón, resulta un sin sentido que una hembra humana o un heterosexual dijeran sentirse orgullosos de serlo. Nada de esto tiene ningún mérito. En ello no hay ninguna hazaña, ninguna proeza. Es un hecho que simplemente se asume y ya. Es más, y ya lo he dicho muchas veces antes, quien en esta sociedad machista se sienta orgulloso de ser hombre o mujer (entendidos estos conceptos como construcciones sociales), deja mucho que desear, a mi juicio, porque ambos roles, producto de una rigurosa educación sexista, son una desgracia. Esa separación tajante entre lo que la sociedad ha dicho que es ser mujer o ser hombre, no ha traído más que desdicha a los seres humanos.

De nuevo, ¿por qué en lugar de decir y sentir estupideces como esa del orgullo gay o del femenino o del masculino, no nos asumimos como seres humanos? Ese sí que es todo un reto. Relacionarnos como pares, aceptarnos con nuestras debilidades y fortalezas sin adjudicárselas por naturaleza a unos, respetarnos recíprocamente como personas independientemente de las diferencias, de eso sí sería lógico sentirnos orgullosos.

Las orientaciones o gustos sexuales no son motivo de orgullo o vergüenza, son hechos escuetos que en sí mismos no tienen ninguna trascendencia, de tal suerte que las marchas por el orgullo gay no sólo carecen de sentido sino que tácticamente pueden resultar contraproducentes.

Ahora bien, si lo que se busca con tal actividad es conmemorar la lucha por el derecho a la igualdad o reclamar tolerancia y respeto de la sociedad hacia las personas pertenecientes a las llamadas comunidades LGTBI, su nombre resulta totalmente errático, de igual manera que la marcha misma, tal como se hace.

La lucha por la no discriminación de las personas basada en su orientación sexual no solo es prioritaria por necesaria y urgente, sino justa y válida; sin embargo, las mencionadas marchas al privilegiar la forma sobre el contenido lo único que consiguen es sepultar las verdaderas y serias reivindicaciones que se persiguen; ocultan con su superficialidad, los argumentos de peso que existen para exigir no ser discriminados ni estigmatizados. La artificialidad y la excesiva afectación de la mayoría de los marchantes no hacen más que banalizar su lucha, poner el acento donde no lo debe tener.

Es como si para exigir el respeto a la mujer como ser humano, para reclamar sus derechos, se utilizara un reinado de belleza. Obviamente habría allí una contradicción que no haría más que desvirtuar la lucha. La defensa por los derechos humanos, cualesquiera sean los que se reclaman, tiene que concentrarse en la reflexión, en la concientización, en la discusión de lo que se considera fundamental, y marchas tan carnavalescas y folclóricas como la del orgullo gay no son precisamente una manera efectiva de lograrlo.

Por supuesto, estoy convencida de que los homosexuales no son enfermos ni personas raras ni seres especiales ni dañados, ni nada que se les parezca. Son seres humanos con una orientación sexual tan válida como cualquiera otra. No hay en esto nada de reprochable, pero tampoco motivo de orgullo.

Lo que hay que resaltar, por lo que hay que marchar, es por la defensa del derecho a ser tratados todos como humanos, sin discriminaciones de ningún tipo. Independientemente de cualquier hecho o circunstancia, todas las personas estamos formadas de lo mismo, todas pertenecemos a la misma especie y, por lo tanto, debemos ser tratadas con la misma consideración. En eso es en lo que hay que concentrarse y la manera de hacerlo no es a través de desfiles en los que se derrocha extravagancia y se exacerban estereotipos que en nada contribuyen a la reflexión seria.

De acuerdo, la lucha de los gays por ser tratados como seres iguales a los demás es válida y habrá que darla hasta que la sociedad lo acepte en el terreno de lo privado y lo público. Pero no más. Dejemos el orgullo para aquellos logros que nos destaquen como mejores seres humanos, como excelentes en cualquier campo intelectual o físico, como personas resaltables en el arte o en cualquier habilidad que constituya un aporte para el conjunto de la sociedad.

Reivindico, apoyo y defiendo los derechos de los homosexuales, pero no aplaudo para nada su fiesta del orgullo gay.