GUSTAVOCOLORADODe entrada, la obra ganadora del último premio de novela “Aniversario Ciudad de Pereira” se resiste a cualquier  clasificación, de modo que voy eludir los tópicos sobre la desaparición de las fronteras entre los géneros y me ocuparé del lenguaje.
Por: Gustavo Colorado Grisales
“¿No te acuerdas que prometí escribirte este triste saludo para el  Día  de San Valentín?”, canta el poeta y músico norteamericano Tom Waits con esa voz suya de papel de lija  forjada con la materia  misma del dolor.
Cuando  uno termina de leer las escasas cien páginas del libro Anónimos, del joven escritor pereirano Alan González Salazar, experimenta la perturbadora sensación de asistir a parte de la respuesta a esa pregunta. De entrada, la obra ganadora del último premio de novela “Aniversario Ciudad de Pereira” se resiste a cualquier  clasificación, de modo que voy eludir los tópicos sobre la desaparición de las fronteras entre los géneros y me ocuparé del lenguaje. No sé si el autor de Anónimos, esa  palabra rodeada de  connotaciones en el mundo de la Internet, está familiarizado con el rock y su constelación de poetas de las sombras y el delirio. Pero en cada una de sus voces -porque no puede hablarse de personajes en el sentido convencional de la expresión- alienta esa estética herida, hecha de asfalto, drogas, alcohol y besos furtivos que ronda las canciones de gente como Patti Smith, Lou Reed, Frank Zappa,  Iggy Pop o el ya mencionado Tom Waits.
“La ciudad me resulta espectral… retorno a casa, al sueño, para despertar al medio día, no soportando ver nacer el sol, con plomo en la sangre y cenizas en los pulmones, los ojos abiertos, recordando con indecible dificultad los errores de ayer…”, nos susurra al oído el narrador con su aliento cortado por el miedo, el deseo, la desolación.
Sobre estas tres entidades está armado el relato. Concebido desde una conciencia atrapada entre las visiones del paraíso perdido y la herida abierta que es en el fondo toda comunidad humana, el discurrir de la novela nos asalta a cada instante con las  que un poeta definiera como “las visiones puras y diáfanas del infierno”. El infierno particular de los anónimos  habitantes de un planeta poblado de signos, de ruidos silenciosos, de llamados de auxilio, de preguntas sin respuesta.
El primer escenario lo ocupa el miedo. El miedo a  disolverse en  el vértigo cotidiano y perder  en ese tránsito la memoria, la mínima seña de identidad individual. Como antídoto aparece el deseo, el anhelo de un cuerpo entrevisto en la penumbra de la madrugada como una tibia promesa de redención que se disuelve en las primeras luces del alba: es la esperanza del vampiro aplazada una y otra vez. Al final  queda entonces la desolación del habitante de  las calles deshilachadas que vuelve a casa como el insepulto  a su tumba. El conde  Drácula desesperando de la sangre de una doncella cobra aquí una nueva dimensión: la del hambre de amor exacerbada por cada nueva experiencia.
Quizá sea mejor aproximarse a la breve  obra de Alan González como a un libro de poesía. Al fin y al cabo la visión poética atraviesa la literatura y la vida  toda como “un rayo que no cesa”, iluminando  por un instante nuestras más secretas  tinieblas. “Me preguntaba qué te  hacía huir de mis brazos, diligente y nerviosa esperaba el momento en que volvieras y al tener presente tus ojos inquietos, tu ánimo disperso y las palabras entrecortadas, no podía evitar el odio, la desilusión, que la vista se me nublase. Había escarcha en tu rostro y un  olor a flores impregnado en tu piel…¡Qué hipocresía! ¿Cuándo quedarías satisfecho? Incluso dormido parecías sobreestimar las cosas”, dice una Ella sin nombre ni lugar. El juego, claro, tiene doble dirección: a su vez él le da sentido a su aventura de  fantasma, de criatura siempre en entredicho.
Una de  las voces de la historia  ostenta el nombre de Malaver y oficia de dramaturgo. Usa las palabras como drogas y les devuelve  por ese camino su vieja condición de medicina y conjuro. Medicina para los desencuentros y conjuro frente a lo incomprensible de toda aventura humana. Al final descubrimos que Anónimos es en esencia eso: una búsqueda de los conjuros extraviados por el buen salvaje enajenado de su comunidad rural original en su lento deslizarse hacia ese territorio de individuos sin nombre ni rostro que es toda ciudad. En una de sus páginas el personaje -la voz- se asoma a la urbe “donde los transeúntes, observados desde lo alto, parecen camaleones en un calidoscopio; se ve el hormiguero humano reinventar su matemática vacua”, la misma vacuidad  cifrada que rodea a toda una tradición poética, desde los poetas malditos del siglo XIX hasta las canciones de Simon and Garfunkel.
PDT:  les comparto enlace a la citada canción de Tom Waits