GUSTAVO COLORADO IZQCuando el mundo anglosajón acuñó la expresión Cultura Pop se refería a esos valores. Fue así como las canciones de Woody Guthrie y los salmos del profundo sur se incorporaron a la gran tradición importada desde Europa por los colonos que desembarcaron del Mayflower.
Por: Gustavo Colorado G.

Póngale el nombre que usted quiera: alborotos, rosetas, gallitos, pacones, poporopos, popcorn, crispetas  o palomitas de maíz. El  asunto es que la irrupción de estas golosinas de sal o azúcar en los teatros  de las élites representa para mí el peso de la cultura  popular y su irrenunciable aporte al sostenimiento de las estructuras simbólicas de la sociedad.

Hagamos memoria: la historia oficial nos dice  que sucedió en  Missouri durante la  Gran Depresión de 1929. Una mujer llamada Julia  Braden les solicitó a los administradores del Linwood Theater autorización para instalar un puesto de venta de palomitas de maíz,  un producto barato y llenador,  que pudieran pagar los empobrecidos ciudadanos de la época, necesitados de  un entretenimiento capaz de distraerlos de una realidad en la que reinaba la incertidumbre. Es fácil  concluir que la sobredosis de sal obligaba a su vez  a la compra de Coca-Cola, lo que dio lugar a uno de las parejas más célebres de todos los tiempos. Tan famosa, al menos, como la de Bonnie and Clyde,  Laurel  y Hardy, Lennon y MacCartney o Silvestre y Piolín.

Cuando hablo de cultura popular me refiero a los valores profundos de una comunidad, no a la vulgaridad rampante patrocinada por promotores de canciones  y productores de películas en las que la degradación del lenguaje y las relaciones entre las personas descienden a simas de imposible retorno.

Cuando el mundo anglosajón acuñó la expresión Cultura Pop se refería a esos valores. Fue así como las canciones de Woody Guthrie y los salmos del profundo sur se incorporaron a la gran tradición importada desde Europa por los colonos que desembarcaron del Mayflower. Algo similar sucedió con la pintura, la literatura, la poesía, el teatro. La célebre pintura de la lata de sopa Campbell´s o la fotografía multiplicada de Marilyn Monroe fueron postuladas por Andy Warhol -él mismo un subproducto de la cultura popular- como un intento, acaso fallido, de  redescubrir lo sublime en lo cotidiano.

A menudo olvidamos que lo  clásico-  concebido de forma maniquea  como opuesto a lo popular- en realidad echa raíces en este último. La obra entera de Shakespeare  abrevó en las tabernas y en los puertos, dos lugares donde la  cultura suele  acopiar nuevos bríos. Antes de ingresar a los salones parisinos el tango fue una épica de malandrines, putas y orilleros. Johannes Brahms  emprendió un viaje de vuelta a sus queridas danzas húngaras antes de tomar el camino de sus más celebradas sinfonías.

Vueltos a la tradición  de habla hispana, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha no es nada distinto a un paciente  recorrido  por  la tradición popular que nos lleva de los cuentos árabes a  los relatos judíos pasando -cómo no- por el fértil legado de los visigodos y de los innúmeros pueblos que surcaron la península. En el pasado reciente, en un desesperado intento por avivar los  nacionalismos, los militares  argentinos  artífices de la Guerra de las Malvinas prohibieron  la emisión de música en inglés, abriendo de paso las puertas para la expresión de quienes se les oponían  a través de sus canciones,  dándole así nuevo aliento a las  voces de millones de inmigrantes llegados  de todos los lugares de la tierra.

Volvamos a los años veinte: en sus albores, el cine carecía de sonido. Como el analfabetismo  reinaba, el acceso a las películas se reducía a las élites. Con la llegada de las películas sonoras el espectáculo se abrió  a otros sectores de la población: las masas de trabajadores y funcionarios creados por la revolución  industrial. Tras la crisis, lejos de morir, el  cine se convierte para muchos en  el séptimo arte, o el arte del siglo XX.  Décadas más tarde el jazz, el gospel, los spirituals , el folk y algunas vertientes de la música clásica mezclarán sus sangres para dar lugar a un fenómeno musical tan fascinante como el rock. Igual que las palomitas de maíz, las manifestaciones de la cultura popular están allí para insuflarle vida a lo que amenaza ruina.

PDT:  les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=wxiMrvDbq3s