Para lo que sirve la reforma

Seguramente se montará una vez más, como cada cuatro años o cada que se requiera, como en este caso, una gran puesta en escena, un conocido ritual en el que el pueblo, es decir el constituyente primario, la razón de ser del Estado, será invitado a jugar en el sacrosanto simulacro de la participación democrática

Por: Gloria Inés Escobar

Me uno al coro de indignados, hartos y asqueados ciudadanos que desde la aprobación del acto legislativo de la reforma a la justicia realizada por algunos honorables congresistas, no se ha callado. Sin embargo la reforma, considerada perversa en su totalidad, ya no a juicio de simples mortales como nosotros sino a criterio de connotados jurisconsultos, no deja de tener su lado positivo, o por lo menos, ilustrativo en la medida en que ella deja al desnudo, para muchos una vez más, en términos generales a la democracia que nos cobija y, en términos particulares, a la clase dirigente que nos gobierna. Desnudez que, claro está, algunos se empeñan en no ver como en el socorrido cuento del danés Hans Christian Andersen, El traje nuevo del emperador.

La reforma en efecto deja en cueros al remedo de democracia que sustenta nuestro sistema político. Con su aprobación queda claro, repito, una vez más, que no se legisla para el bienestar común, que la justicia se pone al servicio de la aristocracia –la vieja y la nueva- y, que el gobierno está dirigido a defender, consolidar y perpetuar los privilegios de dicha aristocracia de la cual hace parte. Lo demás es demagogia pura.

No nos llamemos a engaños, aquí desde el presidente, un mago del ilusionismo, la marrullería y la patraña, concentrado en comprar el favor del congreso para su futura reelección; los honorables congresistas que empeñan su respaldo a este deseo a cambio de privilegios, impunidad y fueros; hasta los también honorabilísimos miembros de las cortes que acallan sus conciencias a punta de prebendas económicas y laborales; todos, se sentían muy a gusto con la dichosa reforma porque cada cual obtenía así lo que realmente les importa, su propio y exclusivo beneficio. Lástima que se les aguó la fiesta, por ahora, pues de seguro ya encontrarán otro camino para llegar al cielo, no en vano la democracia está a su servicio, o debería decir, ¿a sus pies?

Nuestra democracia, esa de la cual se sienten tan orgullosos nuestros gobernantes, esa de papel, de mentira, de mera forma, les tirará el salvavidas que les permitirá con nueva cara obtener lo que buscan, pero eso sí, de manera consensuada, como es debido. Seguramente se montará una vez más, como cada cuatro años o cada que se requiera, como en este caso, una gran puesta en escena, un conocido ritual en el que el pueblo, es decir el constituyente primario, la razón de ser del Estado, será invitado a jugar en el sacrosanto simulacro de la participación democrática, en la ilusión de su existencia a través de plebiscitos, consultas, referéndums, o cualquier otro mecanismo de participación popular. Así todos quedaremos contentos, el pueblo porque habrá sido consultado y tenido en cuenta, es decir, porque habrá podido ejercer plenamente y con garantías su derecho a participar en el ejercicio de su soberanía, derecho consignado en el artículo 103 de la Constitución colombiana; y el gobierno y toda su cohorte por doble partida, primero porque cada cual habrá finalmente obtenido su cometido, acomodar y usar las ramas del poder público para su beneficio y, segundo, porque la democracia, esa que ellos enarbolan y representan, resultará nuevamente fortalecida y rejuvenecida para cuando se la vuelva a necesitar. ¡Qué maravilla!