Esos versos breves son una declaración de principios. La piedra sobre la que Pessoa y sus otras personalidades -que alcanzan, según algunos estudiosos, las trescientas dieciséis- edificarán lo que, a falta de un nombre mejor, podríamos llamar una serie de biografías.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Ustedes ya conocen los rasgos más distintivos del poeta Aranguren.

Su jovialidad sin límites. Su fino humor costeño. Su amor por el Unión Magdalena. Su gusto por el aroma cerrero del ron Tres Esquinas. Su enrevesada dicción caribeña mezclada con regionalismos paisas.

Desde que nuestros caminos se cruzaron, hace cosa de veinte años, hemos compartido pasiones comunes: la  gran poesía de aquí y de todas partes. Los narradores norteamericanos de todos los tiempos. Los viajes en barco alrededor del mundo, siempre anhelados  y jamás realizados.

O a lo mejor sí: dado el talante ilusorio del mundo, quizá hemos repetido en sueños esos viajes una y otra vez y apenas los recordamos como un manojo de nubes grises y blancas que se deshilachan ante el embate de la más leve brisa.

Por eso nos gusta pararnos frente al mar a decirles adiós con la mano a unos seres desconocidos que podemos ser nosotros mismos: nuestra infinitud de vidas posibles.

Pues bien,  al caer la tarde del pasado lunes 14 de enero, Aranguren tocó a mi puerta blandiendo un ejemplar recién comprado de Pessoa múltiple, Antología bilingüe, publicado al alimón entre el Fondo de Cultura Económica y Camões – Instituto da Cooperação e da Língua, Portugal.

Olvidé decirles que la obra de Fernando Pessoa y sus heterónimos es otra de nuestras devociones.

Pienso que el título del libro es redundante: lo que define al poeta portugués es su multiplicidad.

Tocado desde su infancia por la lucidez, Fernando Pessoa asumió bien temprano que, para no sucumbir ante la futilidad del ser, uno debe forjarse muchas identidades. Todas las que pueda, porque al final éstas últimas también se desvanecerán.

Y nos dejarán desnudos a la vera del camino.

De modo que nos  sentamos en esa luminosa tarde de enero y abrimos  las páginas del libro en cualquier parte. En este caso, la numerada con el treinta y siete: un poema titulado Soy un evadido, firmado por Pessoa, digamos, en persona:

Soy un evadido.

Apenas nací en mí me encerraron,

Pero yo me fui.

La gente se cansa

Del mismo lugar,

¿de estar en mí mismo

no me he de cansar?

Mi alma me busca,

Yo me escabullí,

Ojalá que nunca señale: “está allí”

Ser uno es prisión,

Ser yo ya no  es ser.

Viviré escapando

Y así me hago valer

Esos versos breves son una declaración de principios. La piedra sobre la que Pessoa y sus otras personalidades -que alcanzan, según algunos estudiosos, las trescientas dieciséis- edificarán lo que, a falta de un nombre mejor, podríamos llamar una serie de biografías.

Aunque más bien podríamos hablar de una sucesión de máscaras que se superponen al modo de un palimpsesto y ocultan cada vez más la verdadera condición- que frase más equívoca-  del hombre nacido para el registro civil  en Lisboa el 13  de junio de 1888 y muerto el 30 de noviembre  de 1936.

Pero esos son sólo datos.

Lo esencial sólo podemos sospecharlo en la  suave cadencia de estos versos creados por Ricardo Reis, otra de sus máscaras:

Amo las rosas del jardín de Adonis

Amo las rosas del jardín de Adonis.

Amo, Lidia, esas efímeras rosas,

       Que el mismo día en que nacen,

        Ese  mismo día mueren.

La luz en ellas es eterna, porque

Nacen tras nacer el sol, y se acaban

               Antes de que Apolo deje

               Su recorrido visible.

Hagamos  nuestra vida  así un día,

Incientes, Lidia, voluntariamente.

    Noche hay antes y después

    De lo poco que duramos.

La fugacidad de la vida es un tópico de las literaturas de todos los tiempos.

Pero Pessoa y sus heterónimos tienen una forma de decirlo que nos devuelve, intacta, la esencia del misterio de nuestro tránsito por el mundo.

Aquí estamos frente a otro lugar  común: todos sabemos de esa transitoriedad, pero para no sucumbir a la certeza que, rumiada cada día, podría conducirnos a la locura, optamos por ignorarla.

Igual que Sísifo con su piedra nos empecinamos cada mañana en dotar de sentido a lo inabarcable.

Al menos es lo que se nos sugiere en este poema titulado Mar portugués:

¡Oh,mar salado, cuánta de tu sal

son lágrimas de  Portugal!

para cruzarte, ¡cuántas  madres lloraron,

cuántos hijos en vano rezaron!

cuántas novias quedaron por casar

para que fueses nuestro, oh mar!

¿Valió la pena? Todo vale la pena si el alma no es pequeña.

ir más allá del cabo Bojador

es ir más allá del dolor.

Dios al mar y el peligro dio,

pero en él fue que el cielo reflejó.

La vida y la muerte trenzadas en esa imagen resumen buena parte de las metáforas marinas que conocemos.

El mar como una conjugación de adioses y recibimientos.

“Ir más allá del dolor” parece ser la esencia del fado, esa música portuguesa donde se condensan todas las tristezas de un pueblo hecho de conquistas y derrotas en mares lejanos.

Una suerte de blues de navegantes.

El mar de lágrimas que complementa el valle de la plegaria católica.

El mar de Pessoa que el poeta Aranguren vino a evocar en mi casa esta luminosa tarde de enero.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada